Historias

Alicia, Una Madre Poco Común

Sandra Liliana Pinto Camacho

Sandra Liliana Pinto Camacho

Ingeniera Industrial PUJ & Administradora Hotelera AH&LA

Alicia tenía sangre azul por todos los costados: su padre era Luis de Battenberg, príncipe alemán; su madre, Victoria de Hesse, era nieta de la reina Victoria de Inglaterra; y estaba emparentada también con el zar de Rusia ya que su querida tía Ella, Elizabeth Feodorovna, era hermana de la zarina Alejandra, esposa de Nicolás II.

Lo que hace tan interesante la vida de Alicia nada tuvo que ver con sus cercanas relaciones con la nobleza.  Por el contrario, fue el sino del destino el que la llevo de la mano de su esposo Andrés, príncipe de Grecia y de Dinamarca, a tener que huir en un barco inglés y exiliarse tras la guerra contra Turquía en 1917, teniendo que vivir en una casa de la cuñada de su esposo, María Bonaparte, en los suburbios de Paris. Allí llegaron con cinco hijos, sus títulos de nobleza, pero despojados de su nacionalidad y sus cuentas bancarias.

Durante su niñez, las institutrices de Alicia habían descubierto una sordera congénita que había convertido en una fortaleza aprendiendo a leer los labios y a hablar en inglés, alemán, francés y griego.

Igualmente, con el advenimiento de las Guerras de los Balcanes, Alicia había actuado como enfermera, asistiendo en cirugías y ayudando a fundar hospitales de campaña, trabajo por el cual el rey Jorge V del Reino Unido le concedió la Real Cruz Roja en 1913.

Los conocimientos adquiridos como enfermera y sus habilidades con los idiomas le permitieron dedicarse a prestar ayuda en una tienda de caridad para refugiados griegos durante su permanencia en Paris.

Alicia admiraba a su tía Ella por su profunda religiosidad: había fundado un convento ortodoxo en Moscú y había sido asesinada por los bolcheviques en 1918. Siguiendo sus pasos en Francia, Alicia se obsesionó con la fe, se convirtió a la religión ortodoxa y pasó muchas horas absorta en sus rezos.

Su familia comenzó a preocuparse cuando vieron que Alicia pasaba horas en el suelo rezando. Cuando ella les comentó que estaba recibiendo mensajes directos de Jesucristo y que incluso se había convertido en su esposa, se alarmaron.

Freud recomendó radiar intensamente los ovarios y la matriz de Alicia hasta llevarla a la castración.

Marie Bonaparte, amiga de Sigmund Freud y psicoanalista ella misma, le pidió ayuda y este le recomendó el traslado de Alicia a la clínica Schloss Tegel en Berlín. A Alicia la engañaron para que accediera a ingresar en el sanatorio. El doctor Louros -hombre de su total confianza- le susurró al oído “el señor Jesucristo, vuestro marido, recomienda que pases una temporada allí”.

Alicia ingresó en aquel centro psiquiátrico vanguardista regentado por Ernst Simmel, uno de los creadores del concepto de neurosis de guerra y buen colega de Freud. Simmel consultó a Freud sobre el caso de Alicia y fue él quien aseguró que sufría de esquizofrenia a causa de una frustración sexual aconsejando que sometieran sus ovarios y su matriz a una intensa radiación con rayos X.

Años después se conoció que el colapso de Alicia tuvo que ver particularmente con su madre quien, poco antes de que la internaran, había descubierto que Alicia mantenía una relación amorosa con un inglés con el que compartía encendida correspondencia erótica.

Alicia estaba muy enamorada. Parece que su madre lo descubrió e intervino. La castración de Alicia buscaba que desaparecieran sus delirios, particularmente los relacionados con su relación amorosa con el inglés.

La esterilización no sanó a la princesa. Al contrario, Alicia estaba alicaída y débil, ayunaba “como penitencia a sus graves pecados”. Por lo que su madre y su marido decidieron su ingreso en el sanatorio Bellevue en Kreuzlingen (Suiza). Para trasladarla, la sedaron sin su consentimiento.

Aunque se escapó varias veces, casi lográndolo en una de ellas, pasó dos años y medio interna allí, hasta cuando finalmente su madre dio permiso para que saliera, encontrando que su esposo Andrés se había mudado a la Rivera Francesa con su amante.

Durante sus ausencias médicas, sus hijas se casaron, todas con príncipes alemanes, y ella no asistió a los enlaces.  Se convirtió en una pordiosera y con el tiempo regresó a Atenas, donde trabajó en un centro para pobres.

En 1937 se reencontró con su marido en un evento trágico: el funeral de su hija Cecilia, su yerno y dos de sus nietos, quienes fallecieron en un accidente de avión.

Cuando Grecia fue ocupada por los nazis en 1941, ella se valió de que los maridos de sus hijas eran nazis para que no hicieran nada, mientras iba ayudando a víctimas en distintos hospitales.

Durante un año ocultó a una familia judía en el último piso de su casa, para salvarlos del holocausto, algo que consiguió.

Después de la guerra, Alicia construyó la orden religiosa Hermandad Cristiana de Marta y María, asistiendo a la boda de su hijo Felipe con la entonces princesa Isabel vestida con los hábitos de su orden religiosa.

En 1967, y por motivos de salud, Isabel la invitó a vivir en el Palacio de Buckingham en donde a los dos años murió de la misma forma en que había nacido, en un Palacio.

Alicia murió sin pertenencias: lo había donado todo. Pidió ser enterrada con su querida tía Ella (santificada por la Iglesia ortodoxa) en Jerusalén, en el monasterio de Santa María Magdalena, en el monte de los Olivos.

En 1994, Israel la nombró Justa entre las Naciones por haber protegido a judíos. Su hijo Felipe viajó a agradecer el reconocimiento. Y la ensalzó en su discurso. Sin embargo, pocas veces hablaba de ella, era una madre poco común.

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