Historias

Anécdota viajera: cruzando frontera

Annie Navia

Arquitecta de profesión, viajera por vocación y soñadora a tiempo completo. Creo en el viajar como parte del aprendizaje sobre otras culturas. Escribo solo para recordar y compartir aquellas experiencias que enriquecen mis viajes y alimentan mi vida.

Una de las cosas que puede resultar más estresante a la hora de viajar es el cruzar fronteras, y es obvio que de estas circunstancias uno acumula muchas anécdotas.

Hace muchos años trabajé en una ciudad fronteriza de Colombia con Venezuela, y casualmente tengo familia venezolana. Así que por esa época tenía un primo de unos 13 años que viajaba de Cali a Valencia, pero no iba con conexión, sino que debía parar en Cúcuta (donde yo estaba) y pasar la frontera, para luego tomar un vuelo interno en que lo llevara a su destino final. Por supuesto me pidieron el favor de que lo acompañara en esta travesía, y yo de sapa acepté.

Tomamos un taxi para cruzar entre ciudades, y al llegar al puesto de control, nos hicieron bajar… empezaron a requisarnos y a hacernos preguntas, y como suele pasar en estos casos, así no debas nada… terminas poniéndote nervioso.

Los guardas civiles no suelen ser los más simpáticos, y muchas veces su apariencia física ya infunde respeto (por no decir terror) y esta vez no fue la excepción.

Un guarda se me acercó y mientras hacía preguntas, comenzó a revisar mi bolso, sacó mi billetera, la abrió y comenzó uno a uno a leer mis documentos… comenzó a llamarme por mi nombre y a querer obtener información (que para mí ya no competían a un control) pero sin perder en ningún momento su postura de autoridad… yo me sentía vulnerada, no podía creer que revisaran mi billetera con esa mezcla de poder y fetiche… y de paso mi primo no ayudaba, cómo típico adolescente comenzó a reírse y casi intuitivamente a motivar al guarda para que siguiera preguntando y revisando mis cosas.

Entre el seguir escarbando minuciosa (pero descaradamente mi billetera), encontró una tarjeta mía de presentación y preguntó si podía quedársela… yo boquiabierta no sabía que decir, pero el descarado de mi primo respondió por mí y muy jocosamente le dijo que por supuesto, que la tomara y que me llamara… yo no dije nada, aunque por un momento estuve tentada a abandonarlo en esa frontera…

El man guardó mi tarjeta en su bolsillo, cerró mi billetera y nos dejó seguir.

Mi primo seguía riéndose y yo me sentía indignada… Sin embargo, una vez dejé al culicagado en el avión de regreso a casa, traté de olvidar el incidente.

Pero al día siguiente tuve un patético correo que me lo recordó… y así por unos cuantos días más… recibía casi a diario un mensaje de alguien que quería conocerme y que arbitrariamente había tomado mi tarjeta y ahora tenía mi correo.

Pero ahora yo estaba en mi territorio, ahora las condiciones las ponía yo… y cómo no hay mal que por bien no venga, así fue que aprendí a bloquear remitentes.

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