Historias

Anécdota viajera: Mochileando con mamá

Annie Navia

Annie Navia

Arquitecta de profesión, viajera por vocación y soñadora a tiempo completo. Creo en el viajar como parte del aprendizaje sobre otras culturas. Escribo solo para recordar y compartir aquellas experiencias que enriquecen mis viajes y alimentan mi vida.

Después de casi 4 años de vivir en Barcelona, por fin mi mamá decidió ir a visitarnos.

Estábamos muy emocionados por su llegada, y no entendíamos porque a algunos de nuestros amigos no les causaba tanta emoción la visita de sus padres – y digamos por educación, que aún no los entendemos -.

Teníamos todo arreglado: cada día agendado, los lugares que visitaríamos, lo que comeríamos y ¡por supuesto un itinerario de viaje!

Quique no podía acompañarnos, porque debía estudiar. (O no sé si prefería descansar de la suegra, y de paso de la hija).

En ese entonces yo estaba acostumbrada a viajar de mochilera: maleta pequeña, hostales, comida barata, dormidas en tren… y todas aquellas cosas que, con tal de viajar, a algunos no nos importan. ¿Pero llevarte a tu mamá en este plan? Eso sí era una locura… pero así y todo lo hice, y debo reconocer que ¡NO lo volvería a hacer!

Sin embargo, descubrí con este viaje que mi mamá era más descomplicada de lo que me imaginaba (pues con decirles que llevó una maleta más pequeña que la mía, y eso ya es mucho decir). Realmente se comportó a la altura de cualquier viajero independiente: no puso peros por los hostales donde compartimos habitación; no le importó sentarse en una plaza a comerse un sándwich porque era más barato; no le dolió caminar y caminar para ahorrarse un tiquete de metro; no se aterró de visitar una de las ciudades más liberales del mundo; no se arrugó por no saber otro idioma (y peor aún…tampoco porque yo no lo supiera); no puso reparo a comer en un Mac Donald´s aunque no le gusta la comida chatarra; no le importó tener que compartir un postre porque el presupuesto no daba para dos; ni dormir en una litera en un vagón con 2 chuchentos!

Y de paso se tomó con naturalidad todas las adversidades: se le rompieron los zapatos, se le quebró un audífono y se le dañaron las gafas; pero a pesar de quedar casi ciega, sorda y coja, se disfrutó su viaje al máximo.

La cuidé por 15 días, no dormí velando su sueño, verifiqué que comiera bien, la escolté en cada paso y gocé de verla sonreír con cada lugar que descubría. Aprendí que era menos frágil de lo que creía y que en últimas yo era una guerrera como ella.

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