Historias

Anécdota viajera: Una noche de motelito familiar

Annie Navia

Arquitecta de profesión, viajera por vocación y soñadora a tiempo completo. Creo en el viajar como parte del aprendizaje sobre otras culturas. Escribo solo para recordar y compartir aquellas experiencias que enriquecen mis viajes y alimentan mi vida.

Llegábamos a Lisboa a eso de las 4 de la tarde, y como era normal en esa época, viajábamos la mayoría de veces sin saber dónde dormiríamos.

Muy confiadamente tomamos un metro hasta la zona hotelera, pero cuando salimos de la estación, percibimos inmediatamente que aquellos lugares no estaban a nuestra altura, por no decir que era nuestro bolsillo el que no se acomodaba a la oferta.

Después de mucho caminar nos íbamos alejando de la zona más pija y las tarifas comenzaban a bajar considerablemente, así que calculamos que, al caer la noche seguro encontraríamos un lugar.

Era un 11 de septiembre y era nuestro 4to aniversario, así que, aunque lo más importante en ese entonces era estar juntos (ay que ternura), esperábamos por lo menos tener un buen lugar para dormir.

Annie Navia y Quique – Foto Archivo personal

Llegó la noche y ya la apariencia de la ciudad había cambiado, edificios con fachadas desgastadas eran parte del paisaje y los nombres de “Hotel” habían cambiado por “Residencias”. Ya no queríamos voltear más, así que nos decidimos por el primero que coincidía con nuestro presupuesto.

El edificio era bastante viejo y debíamos tomar el ascensor para llegar a la recepción. Al subirnos debimos primero abrir una reja metálica, luego una cortina plegable y por último las puertas de madera, así mismo volverlas a cerrar. Al interior todo sonaba y parecía que aquella caja hermética fuera a desplomarse, la luz se encendía y se apagaba, y yo solo pensaba que quizás esa no era la manera más romántica de morir, así que pensé que por si acaso, al otro día bajaríamos por las escaleras.

En la recepción nos esperaba una pobre viejecita que no tenía nada que tomar, pues al parecer ya se lo había tomado todo y no paraba de hablar y de reír. A mí me pareció una borrachita simpática, pero a Quique le produjo desconfianza, así que al entrar a la habitación (como buen protector) no solo cerró la puerta con todos los cerrojos posibles, sino que también la trancó con nuestras maletas.

Ya más relajados en la habitación, no nos pareció tan mal, obvio no era el Dan Carton donde habíamos pasado la noche de bodas, pero el lugar era algo que nosotros llamamos como un modesto “motelito familiar”. Era limpio, sencillo y acogedor. Tenía espejos por todo lado y hasta un lindo detalle de rosas. (de plástico por supuesto, pero rosas, al fin y al cabo).

Y es ahí donde te das cuenta que no es el lujo lo que hace algo especial… pero aquí entre nos, ¡si que ayuda!

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