CiclismoCultura

Divagación sobre la espalda

Hernando Urriago Benítez

Director Escuela de Estudios Literarios

Facultad de Humanidades, Universidad del Valle.

En soledad, dentro de la cápsula interior que nace en el encierro personal, toma uno conciencia de su cuerpo. Para reconocerlo, para cuidarlo, para aislarlo del torrencial mundo en la intimidad del espacio donde la piel y lo que cubre guardan un reposo activo. El cuerpo, que la cultura occidental ha tensionado entre el hedor y el hedonismo, es convocado aquí gracias a una de sus partes más extensas y quizá más soslayadas.

Puestos a pensar, la espalda es en los humanos el otro lado de la luna. Es la parte del cuerpo menos visible, cuando no la más oculta; amplio y yermo territorio entre el cráneo y las nalgas donde nos colgamos la ropa y otros aditamentos con la ayuda de brazos, hombros y clavículas.

Convendrá usted conmigo en que la espalda declara a lo largo y ancho de sí misma la gran autonomía que tiene sobre las demás partes del cuerpo. Ella es única, sin par (como la cabeza, que pende del hilo que vertebra la espalda, sin la cual caería irremediablemente) y va casi siempre erguida, aunque a veces la veamos encorvada (como ahora, mientras escribo acerca de ella), doblada frente a la dulce cuna de un recién nacido o ante la inexorabilidad del féretro, cuyo habitante, es evidente, yace de espaldas.

Hablo de la espalda porque de pronto viene a mi memoria aquella mañana en la que sentí mi espalda en carne propia. Ese sábado el niño está en el colegio, a donde ha ido con sus padres, quienes asisten a una reunión mientras él los espera por aquí y por allá. El niño entra a un quiosco, observa los panales de avispas colgados en el techo, lanza la piedra, uno de ellos cae, y de repente su espalda se convierte en una de esas almohadillas donde la modista clava sus agujas.

Ahí fui consciente de mi espalda y de su singular naturaleza: no podía ver mi roncha, ni rascarme, ni palpar la rodela rosácea que seguramente circundaba al aguijón encarnado. Mi espalda permanecía oculta, no así mi dolor, al que había llegado a trompicones. A todas estas, ¿en qué estaba pensando a la hora de atacar las avispas? Siempre es que uno de niño comete muchas travesuras, tal vez porque gozosamente se vive un poco de espaldas al mundo.

Otro momento me obliga a pensar, a soportar mi espalda: el larguísimo instante del ascenso en bicicleta en busca de puertos de montaña a los que uno llega por puro masoquismo. Recuerdo que en algún lugar de Elogio del caminar, David Le Breton dice que al final de una jornada, “cuando la espalda ya no puede más”, el caminante parece cargar una mochila llena de piedras. Llevo a cuestas un maletín de hidratación que popularmente (al menos en México) es conocido como “camello” –una aclimatación de la marca Camelbak, que produce los mejores–, donde almaceno agua, alimentos livianos, ropa, herramienta y algún otro adminículo que sirva en la rodada. La espalda, estoica, soporta ese peso de más; a veces uno quisiera bajarse de la bicicleta, girar la cadera mientras las manos sujetan el cuello y desajustarse la espalda para llevarla a rastras hasta el fin de la cumbre. Pero como esto es imposible, toca cuidarla, lo que implica aminorar la carga abdominal, reducir la adiposis, fortalecer un poco los músculos dorsales, etcétera. Cuidarla para que no duela, porque si esto ocurre, o bien se trata de un lumbago, o bien nos asisten problemas económicos, según el esoterismo andante. En todo caso, el ciclo-turista que lleva a cuestas su maletín termina semejándose a esa especie de artiodáctilos, y no en vano quien llega muy cansado a casa, doblando su espalda en la poltrona más cercana, exclama: “¡Uff, qué camello el que tuve!”.

La espalda se oculta, se yergue, se dobla, se eriza (al ser rascada, desde luego que casi siempre por el otro) o se descama (cuando nos exponemos mucho al sol o cuando traemos el sol a las espaldas) y se desliza ante nuestra mirada; tanto así que cuando alguien logra un selfie de espaldas, en verdad está capturando la imagen de la imagen de la espalda en el espejo de atrás. (Claro, nunca nadie va con la espalda por delante). Además, la espalda no siempre fue toda la espalda. Me explico: los romanos, como cuenta la etimología –esa suerte de respaldo de origen de todas las palabras–, llamaban, en su latín de marras, spatula –de donde proviene la moderna espalda—sólo a los huesos triangulares que forman nuestros omoplatos. Entonces: ¿cuándo ocurrió la prolongación de la espalda? No me interesa esto tanto como pensar que no en vano en el deporte, particularmente en el ciclismo, los comentaristas hablan de “dorsales” para referirse al número que el competidor lleva en su espalda, aun si ese número está ubicado exactamente sobre el llamado triángulo lumbar.

Del único modo que tenemos noticias de nuestra espalda es mediante la mirada o el tacto del otro: está quien nos palpa la espalda para que arrojemos los gases de la más temprana infancia; o quien la rasca con resignada bondad; o quien la aprieta en ese abrazo “rompecostillas” que nunca va más allá de las cosquillas. Por lo demás, la humanidad acuñó frases como “clavar el puñal por la espalda” o “tener el cristo de espaldas” para denotar traición y mala suerte, o tal vez porque, como dicen los entendidos, al pecar le damos la espalda a Dios y entonces el creyente sufre y se duele. De ahí que el disciplinante flagele su espalda, sobre todo, anhelando remediar con su sangre la traición a la divinidad.

También está quien le da la espalda a todo, ya sea porque su actitud ante el mundo es una mezcla de rebeldía, irresponsabilidad y cinismo. Está también quien espera en su trabajo, semana a semana, el espaldarazo, palabra que nos recuerda el sutil toque con la espada en la zona dorsal de los hombros de quien se hacía caballero en la Edad Media. Otros habrá que siempre están sobajeando la espalda del papá, de la mamá, del jefe o de la suegra, así sea para vivir recostado y/o de costado, que es una de las esquinas de la espalda.

Una última consideración, esta vez desde otro costado, es decir, la esquina etimológica: decía adelante que espalda proviene de spatula, que en el mejor castellano conocemos como espátula, una especie de pala pequeña que podemos ver funcionando en diversas lides, entre ellas la construcción y la cocina. En ambas aquella limpia, alisa, perfecciona superficies. Tan tersa es la espátula como la mayoría de las espaldas, excepto aquellas que van tapizadas de cicatrices, tatuajes o lunares.

La espalda es el pasado inmediato del cuerpo.

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