Historias

Entre laboratorios y escenarios

Laura Valentina Vasquez

Laura Valentina Vasquez

Estudiante de Comunicación Social – Universidad de Ibagué.

Alejandra García siempre fue una niña extrovertida. Bailaba, cantaba y actuaba en todos los actos culturales de su colegio, con la misma energía con la que un día se preguntó: por qué el cielo es azul o cómo funciona el cuerpo humano. Creció en una familia berraca, humilde pero rica en amor, donde siempre supo que tendría que estudiar en una universidad pública, porque no había otra opción. Y no le pesaba: desde muy pequeña ya sabía que quería ser bióloga. Biología o biología. Así, sin plan B.

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A los ocho años, se subió por primera vez a un escenario en un concurso de teatro en la Universidad del Tolima. Y ahí se encendió la primera chispa. Pero años después, en plena mitad de su carrera como bióloga, Alejandra decidió volver al teatro, esta vez de forma profesional. Entró a estudiar en la EFAC. El primer día en clases, pensó: “¿Será que aquí es?”. Y sí, ahí era. Sentía que por fin estaba en casa.

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Con el tiempo, la biología y el teatro dejaron de ser caminos separados. Se entrelazaron como ramas de un mismo árbol. Lo que aprendía en una le servía en la otra. En una obra hablaba del cuerpo humano o de la importancia de conservar la naturaleza; en una clase de biología explicaba con la expresividad que le había enseñado el teatro. Todo encajaba. Cada trabajo en biología le llegaba por el teatro, y viceversa. Una conexión mágica, así lo llama ella.

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No fue fácil. Estudiar dos carreras al tiempo, trabajar en un hospital como regente de farmacia, cumplir con ensayos, laboratorios, presentaciones y aún así mantener becas en ambas instituciones, fue un acto de resistencia. Hubo momentos duros, de trasnochos, de no tener tiempo para comer o dormir. Una profesora le dijo una vez: “No se puede hacer dos cosas al tiempo”. Y Alejandra, sin dudar, le respondió: “Si usted no puede, no es mi problema. Yo sí puedo”.

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Hoy enseña teatro en la Universidad de Ibagué. Da clases en Bienestar Universitario, dirige el grupo de proyección teatral, y trabaja en un laboratorio. Corre de un lado a otro, cronograma en mano, y aunque a veces sueña con tener una gemela o que el día dure 72 horas, lo hace todo con gusto. Porque ama lo que hace. Y como ella misma dice: “No hago, soy. Yo soy biología y yo soy teatro, puro”.

Enseñar se volvió una pasión inesperada. Nunca pensó en ser profesora, pero la vida —esa que ella insiste en llamar mágica— la llevó hasta ahí. Y ahora, ver a sus estudiantes felices, inspirados, le produce más emoción que actuar en una obra. “Espero que todo lo que aprenda, lo pueda enseñar”, dice con los ojos brillantes.

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Alejandra respira arte, vive ciencia y no se ve un solo día sin crear. Cree profundamente que las tablas salvan vidas, que el arte es su esencia y que la ciencia es su polo a tierra. En un mundo que te obliga a elegir, ella eligió no elegir. Y por eso, todos los días, se levanta con una sola certeza: quiere seguir aprendiendo, actuando, enseñando, viviendo con los dos pies puestos, uno sobre el escenario y otro sobre la tierra.

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