Opinión

La derrota que celebramos todos: el espejismo del fútbol colombiano

Juan David Rincón Galindo

Juan David Rincón Galindo

Comunicador Social y Periodista
Especialista en Periodismo Deportivo
Socio ACORD – Tolima
Director Tolima Online

En Colombia nos volvimos expertos en celebrar sin ganar. En el fútbol —como en la vida misma— el folclor, el ego inflado y el consuelo disfrazado de burla han reemplazado la verdadera competitividad. Es triste, pero ya no celebramos títulos, sino derrotas ajenas. Ya no festejamos hazañas propias, sino fracasos de otros. Es el reflejo exacto de un país donde la mediocridad se volvió cómoda.

¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que un meme, un video viral o un chiste barato son suficientes para tapar la realidad? Mientras nos reímos de los cinco años que el América de Cali pasó en la B, nos olvidamos de que ningún equipo colombiano ha sido protagonista serio en torneos internacionales durante más de una década. Mientras nos burlamos de las finales perdidas por Deportivo Cali, Atlético Nacional, Junior o América, pasamos por alto que esos equipos al menos llegaron, mientras la mayoría ni siquiera compite con dignidad. ¿Cuándo fue la última vez que uno de nuestros clubes fue realmente temido en Suramérica?

El protagonismo del fútbol colombiano desapareció hace rato, pero nos resistimos a aceptarlo. Nos quedamos con las sobras: una clasificación agónica, un gol bonito, una eliminación “con dignidad” o una goleada ocasional a algún club del montón. Mientras tanto, las vitrinas siguen vacías. Los equipos de Brasil y Argentina siguen sumando trofeos y millones; nosotros, likes en redes sociales.

Somos tan ridículos, que hemos convertido la envidia y la «mufa» en nuestra identidad futbolera. Cada vez que un club colombiano cae, los hinchas rivales hacen fiesta. Se olvidan de que la derrota de uno es, en el fondo, la de todos. Porque en el exterior no nos miran como Nacional o América (con todo y sus 5 años en la B). Nos miran como Colombia, un país que alguna vez exportó talento y ahora exporta frustraciones.

La participación internacional de nuestros clubes ya no genera respeto, sino dudas. Los equipos colombianos se han vuelto comodines: esos rivales que parecen complicados, pero que terminan siendo un trámite para los grandes del continente. Y lo peor: nos acostumbramos. Nos conformamos. Nos resignamos.

Entonces, sigan celebrando las derrotas de los otros, sigan riéndose en redes, sigan diciendo “ese equipo nunca gana nada”. Pero recuerden que, al final, la vergüenza es compartida, porque seguimos siendo parte de un mismo país que, tristemente, ha hecho del fracaso una costumbre… y de la burla, su único trofeo.

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