Opinión

La Ermita: el dolor producto del descuido

Adriana Bermúdez

Adriana Bermúdez

Creyente en que con la verdad, todo se puede. Comunicadora social, Magíster en Administración.

Lo ocurrido el pasado miércoles 6 de mayo en la iglesia La Ermita, es un golpe a la tradición y a la historia caleña. Que un hombre haya tenido la osadía de entrar al emblemático templo gritando que era el diablo y haya destruido alrededor de siete imágenes, no debe verse como un hecho menor, producto de una persona que tiene un desequilibrio mental, no. Este acto vandálico debe verse como lo que es: un llamado de auxilio para el sistema de salud mental de nuestra ciudad.

En Cali, las personas que sufren de desequilibrio mental no están realmente protegidas. Es más, me atrevería a decir que, por las condiciones que atraviesa actualmente nuestro sistema de salud, ningún colombiano que afronte una enfermedad mental atendida por el plan obligatorio de salud, está realmente protegida, porque el sistema no es eficiente ni tiene verdadera continuidad en sus tratamientos, pero eso hace parte de otra historia.

La gravedad de lo ocurrido en La Ermita se agudiza cuando uno piensa en por qué una persona que tiene una enfermedad mental y que se encuentra en semejante nivel de deterioro, puede salir a la calle a hacer daño sin que nadie cercano y consciente de su condición, tenga la oportunidad de detenerlo y hacerse responsable de su estado. Y, si lo pensamos con más detenimiento, si eso pasa con las personas que tienen una familia que, bien o mal, ve por ellas, ¿qué puede pasar con las personas que habitan en calle y que carecen de quién vele por ellas?

Y allí es donde quiero que empecemos a poner nuestros ojos, porque el grave problema por el que estamos atravesando es que las personas con problemas mentales, no están siendo correcta y completamente atendidas por nadie que tenga la capacidad económica y el conocimiento, para ayudarles a ser funcionales en la sociedad.

Ni qué decir de lo que pasa cuando esa persona es un habitante de calle. No hay cómo controlar la situación ni qué hacer para mejorarla. Lo que está pasando en Cali con estas personas es que están y siguen en las calles, repartiendo, muchos de ellos gritos, improperios y hasta agresiones que lo único que hacen es dejar en evidencia lo deteriorada que está su cabeza.

Estamos llegando a un punto en el que parece que la salud mental, no hace parte de las prioridades de nuestra sociedad. Nuestro sistema está permitiendo que las personas afectadas, en muchos casos, afronten esta situación solas, sin verdadero apoyo que les indique cómo pueden tratarse. Y no descuidemos a esos colombianos a quienes el abuso de sustancias los ha dejado, no sólo inestables mentalmente, los ha convertido en un problema para la sociedad debido a que son incapaces de seguir normas y respetarlas.

El sistema de salud está en crisis, pero la más grave crisis por la que atravesamos es la indiferencia que, frente a nuestros ojos, estamos cultivando en quienes dirigen la salud. No podemos seguir permitiendo que, aquellos problemas que carecen de soluciones reales, sigan en las calles creciendo aún más. No podemos permitir que aquel que carece de razonamiento para acogerse a las normas de la sociedad, tenga la libertad para escoger cuáles son las directrices que le complace seguir y cuándo. Como sociedad, debemos ser capaces de tomar decisiones por ellos que garanticen su entorno y el de quienes los rodean. No podemos permitir que situaciones como la ocurrida en La Ermita se vuelvan comunes. Mañana, el enfermo ingresa a una casa, agrede a cualquiera y lo único que podremos hacer es lamentarnos, porque será verdaderamente tarde para tomar medidas.

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