Noviembre de 1985
1985 fue el año de la muerte de mi padre y del nacimiento de mi hijo Daniel Humberto. El año de la muerte de mi tío Walter en un accidente aéreo y del nacimiento de 3 de mis sobrinas. El año de Lucho Herrera en el Tour de Francia y del Suramericano de Paraguay. El de las grandes tragedias del Palacio de Justicia y de Armero. Después de diez meses de un constante carrusel de emociones en aquel año, llegó el mes de noviembre de aquel año, el cual trataré de recordar en esta crónica.
Al comenzar ese año tenía 27 años, estaba recién casado, con un bebé de pocos meses y otro en camino. Trabajaba en un banco como Jefe del Departamento de Análisis de Crédito y estaba contento con mi vida, mi trabajo y mi familia recién formada. A mediados del año mi vida había cambiado con la muerte de mi padre el 31 de marzo de 1985, el nacimiento de mi hijo el 23 de julio de 1985 y la tragedia aérea donde falleció mi tío Walter, el 24 de julio de ese mismo año.
A finales de julio de 1985 me ofrecieron un puesto en el Banco del Comercio, donde había hecho un curso en Banca en 1982, muy especial pues allí conocí a mi esposa. La posición que me ofrecían era muy interesante, con mucho más sueldo que el que tenía en ese momento y la acepté sin dudarlo. Mi puesto era de Asistente del Vicepresidente de Regiones y Mercadeo del banco, con lo que mi jefe era el segundo hombre de la organización. Para un muchacho de 28 años era un puesto muy interesante, donde me codeaba a diario con los ejecutivos importantes del banco. Mi oficina privada estaba en el piso de vicepresidentes y tenía acceso al comedor privado de los mandamás. Estaba encantado. En medio de las tragedias familiares, el ascenso laboral era un alivio y una luz de esperanza.
EL TRÁGICO NOVIEMBRE DE 1985
Las tragedias de noviembre de 1985 comenzaron para nosotros a mediados de septiembre. El 19 de septiembre de 1985 ocurrió un fuertísimo terremoto en la ciudad de México, que sufrió grandes destrozos. Durante varios días estuvimos en vilo buscando a mi cuñada Martha Albornoz, que estudiaba allí. Finalmente la pudimos localizar, sana y salva, después de pasar mucha angustia. Murieron 10000 personas en el Distrito Federal.

El miércoles 6 de noviembre de 1985 me encontraba trabajando en el Banco del Comercio, en mi oficina del cuarto piso de la calle 13 con carrera octava de Bogotá. A las 11:30 de la mañana oí unos disparos, que venían del sur, hacia la plaza de Bolívar. Me asomé a la ventana, pero no vi nada extraño. Pocos minutos más tarde comenzaron a llegar rumores que algo estaba pasando en el Palacio de Justicia, situado a dos cuadras del banco. Recordé que muchas veces en ese año había almorzado en su cafetería, en compañía de un amigo abogado.
No le di mayor importancia y salí a almorzar en un restaurante del centro. Regresé hacia la una de la tarde al banco y ya la situación estaba mucho más complicada. Había grupos de manifestantes en la carrera octava, que fueron repelidos por grupos de policías antimotines, con descargas de gases lacrimógenos. El edificio del banco se llenó de gases y tuvimos que evacuar hacia la 1:30. Ya se sabía que un grupo de guerrilleros había tomado el Palacio de Justicia, pero se desconocían sus demandas. En mi cabeza estaba el asalto al Congreso de Nicaragua en 1978, que había conducido a la caída del dictador Anastasio Somoza.

Extrañamente, esas manifestaciones que vi con mis propios ojos al inicio del asalto, que siempre he pensado formaban parte del plan de ataque del M-19, no son mencionadas por los analistas históricos del asalto al Palacio. Mi tesis es que el M-19 buscaba generar un apoyo popular con “manifestantes” que estaban bien entrenados. Igualmente siempre me ha parecido extraño que llegara rápidamente la policía a disolver esas manifestaciones, arrojando de una vez gases lacrimógenos y acabando con la posibilidad de una revuelta. Qué pasó en la carrera octava aquel día? No lo sé todavía, después de 35 años.
Yo salí a buscar mi carro, que estaba en un parqueadero en la carrera quinta y tomé la ruta de los cerros orientales, pues ya estaba cerrado el tráfico en las vías cercanas al Palacio. Paré donde podía mirar la Plaza de Bolívar. Ya salía humo del Palacio de Justicia y se veían llegar helicópteros y tropas hacia la Plaza. En ese momento ya pensaba yo que se daría una gran tragedia. El gobierno colombiano no podía permitir que pasara lo de Nicaragua 7 años atrás. Cuando esperábamos noticias esa noche, el gobierno ordenó transmitir el partido Millonarios – Unión Magdalena, que no estaba previsto en la programación de televisión de ese día.

Regresé al día siguiente, 7 de noviembre, en una de las pocas flotas intermunicipales que prestaron servicio de transporte ese día, pues los buses desaparecieron en Bogotá. Llegué como pude a la Jiménez con séptima, donde había barricadas que impedían el paso hacia el sur. Estábamos allí buscando noticias, cuando se oyeron tremendos cañonazos en el Palacio. Salimos todos corriendo. Regresé a mi casa y me puse a oír noticias, cada vez peores.
Al día siguiente, viernes 8 de noviembre de 1985, el panorama era desolador y trágico. Un incendio había devorado la noche anterior el Palacio de Justicia y 17 magistrados estaban muertos. 42 civiles y la totalidad de los guerrilleros del M-19 también habían muerto. La magnitud de la tragedia era incalculable. Esa noche, el presidente Belisario Betancur asumió la total responsabilidad por lo sucedido, en un discurso de media hora por los tres canales de televisión que existían en ese momento. Pero todos sabíamos que la demencia del M-19 había causado el holocausto de la justicia.

Ese fin de semana permanecimos en la casa, nadie podía creer lo que había pasado. Todos pensábamos que era muy grave lo que había ocurrido en Colombia y que era muy difícil que algo peor nos pudiera pasar como país. El lunes 11, martes 12 y miércoles 13 todavía estaba muy restringido el paso hacia la zona del Palacio, con dificultad podíamos llegar al edificio del banco, donde trabajábamos para intentar recuperar la normalidad.
El jueves 14 de noviembre de 1985 me levanté temprano y puse en la radio las noticias, como hacía todos los días. No entendía muy bien de que estaba dialogando Yamid Amat con un piloto, que decía algo sobre Armero. Puse cuidado y quedé estupefacto: el piloto estaba diciendo que Armero, una ciudad con 31000 habitantes, había desaparecido. Una gran mancha de lodo cubría lo que había sido hasta ese día una de las ciudades más lindas de Colombia.

Desperté a mi hermano Juan Manuel, que vivía con nosotros. “Juanma, Armero desapareció”, le dije entre sollozos. “La guerrilla?”, me dijo Juanma. “No, hermano, una erupción del Nevado del Ruíz”, le dije. Oímos las primeras noticias y no podíamos creer lo que estaba pasando en nuestro bello Tolima.
Salí de todos modos hacia el banco, donde todo era consternación. Teníamos dos oficinas en el área de desastre, Líbano y Mariquita. Todos los esfuerzos se hacían para localizar a nuestros empleados, pero las comunicaciones estaban cortadas. Hablé con mi mamá en Ibagué, quien me contó que todos los hospitales de la ciudad estaban en alerta, esperando heridos. Mi hermano Juan Carlos, apenas convaleciente del grave accidente donde murió mi papá, trabajó 72 horas seguidas atendiendo heridos. Temíamos por la suerte de un primo de mi esposa, José Luis Albornoz, que se encontraba en pleno centro del área de desastre, una finca cercana al Río Lagunilla, por donde entró el flujo de lodo del volcán a la ciudad.

Esos 4 días los recuerdo con mucho dolor. Las historias que llegaban de Ibagué, las noticias en los periódicos, radio y televisión, la agonía de la niña Omaira Sánchez, la visita de Belisario, con el pelo completamente blanco después de esas dos inmensas tragedias. La aparición sano y salvo de José Luis fue una gran alegría después de las espantosas noticias. Armero representó la muerte de más de 23000 personas, en uno de los mayores desastres naturales de la historia colombiana. Familias muy cercanas a la nuestra habían perdido muchos parientes.
JOSÉ LUIS Y ANA SOFIA
La historia de José Luis Albornoz y su novia Ana Sofia Rebolledo resume un poco lo que fue la noche de horror del 13 de noviembre en Armero. Estaban juntos en la histórica hacienda El Puente, a la entrada del Río Lagunilla hacia la ciudad. Un poco antes de la medianoche comenzaron a oír gritos, diciendo que el río se había desbordado y venía hacia la finca. Se montaron en un Renault 4 y comenzaron a alejarse de la avalancha. Como en una película de terror, el Renault 4 avanzaba por la carretera, con una pared de lodo detrás de ellos, cada vez más veloz y cercana. Un par de kilómetros adelante de la finca, la avalancha los alcanzó y el pequeño Renault 4 comenzó a flotar. Desesperados, se bajaron del carro y subieron al árbol más cercano, donde ya había familias enteras. En una noche de terror, varios niños cayeron al lodo durante las largas horas de oscuridad. Cuando amaneció, Armero era una inmensa explanada de lodo.
Como muchas otras personas, debieron esperar a que un helicóptero los rescatara, para llevarlos a Lérida. Allá llegaron cubiertos de lodo de pies a cabeza, fueron bañados con manguera y les dieron ropa y alimentos. Lograron comunicarse con la familia en Bogotá, después de 3 días de no saber nada de ellos.

LOS MÉDICOS EN IBAGUÉ
Mi hermano Juan Carlos había vivido un año 1985 lleno de fuertes emociones. Matrimonio a comienzos del año, accidente en marzo con la muerte de mi padre y múltiples heridas y lesiones para Juan Carlos, padre en julio, apenas se recuperaba de sus fracturas y lesiones a comienzos de noviembre.
En el Federico Lleras las noticias de Armero llegaron en la madrugada del jueves y comenzaron los preparativos para recibir a los sobrevivientes. Con el médico “Tatareto” Robledo, hermano del hoy senador, fueron encargados de montar un puesto de salud cercano al Hospital, pues se esperaban miles de personas con necesidad de ayuda médica. El jueves y viernes montaron un puesto en una escuela, en el Barrio Magisterio de Ibagué.
El viernes en la tarde llegó una primera oleada de 300 pacientes, desbordando la capacidad del pequeño puesto. Los dos médicos trabajaron sin descanso casi 100 horas seguidas, atendiendo pacientes, buscando comida y ropa, localizando parientes, etc. en un esfuerzo titánico, lograron trabajar los 4 días sin perder una sola vida. Al final de la noche del martes, llegaron refuerzos desde Bogotá, estudiantes y médicos de la Universidad Nacional. Sólo entonces pudieron descansar. Al igual que ellos, todo el personal de salud de Ibagué soportó varios días de trabajo casi sin ningún apoyo externo. Al igual que en estos tiempos de pandemia, en 1985 los médicos, enfermeras y personal auxiliar de la salud fueron héroes anónimos de aquella inmensa tragedia.
LAS ALEGRÍAS EN MEDIO DE LAS TRAGEDIAS
1985 nunca se olvidará en Colombia, al igual que este duro 2020. En aquel año el país sufrió dos grandes tragedias, también a nivel familiar lloramos a mi padre y a mi tío. Pero llegaron 4 niños a nuestra familia, que hoy nos llenan de alegría. También vibramos en enero en el Suramericano Juvenil de Fútbol y en julio con los triunfos de Lucho Herrera y Fabio Parra en Francia.
Un grupo de muchachos dirigidos por Luis Alfonso Marroquín inició su participación en un suramericano juvenil de fútbol, el 13 de enero de 1985, ganando 2-1 a Bolivia. El 16 de enero lograron un importante empate 1-1 contra Argentina. El 19 de enero empataron nuevamente 0-0 contra Brasil. La apoteosis llegó el 20 de enero, ganando 3-0 a Chile, con lo que logramos pasar por primera vez a una segunda fase en un campeonato juvenil, eliminando a Argentina. El Mundial se veía muy cerca y los nombres novedosos de René Higuita, J.J. Tréllez, John Edison Castaño y Wilmer Cabrera se hicieron famosos en Colombia.
La fase final era contra Brasil, Uruguay y Paraguay, pasaban 3 equipos al Mundial Juvenil organizado por la Unión Soviética. El 25 de enero jugamos contra Paraguay, logrando un empate 1-1, partido que hubiéramos podido ganar de no ser por el arquerito de Paraguay, un muchachito llamado José Luis Chilavert, que nos sacó gran cantidad de jugadas de gol. El 27 de enero perdimos 2-1 contra Brasil, en un disputado partido. El 30 de enero, en un partidazo, Colombia logró la clasificación al Mundial venciendo 4-1 a Uruguay, con 2 goles de Tréllez y uno de John Edison Castaño. No se veía nada igual en Colombia en muchos años de fútbol.

A comienzos del mes de julio se llenó de alegría el país con triunfos internacionales en ciclismo. El 9 de julio Luis Herrera ganó una etapa que terminaba en Avoriaz. El 10 de julio se dio el 1-2 colombiano en Lans-en-Vercors, ganando Fabio Parra, con segundo lugar de Lucho Herrera. El sábado 13 de julio Lucho Herrera ganó en Saint Étienne una etapa inolvidable, pues después de ganar el premio de montaña se cayó en la bajada y terminó bañado en sangre. El país estaba paralizado de emoción con las hazañas de los escarabajos en Francia. Lucho Herrera fue campeón de la montaña y logró el séptimo puesto en la general. Fabio Parra logró el octavo puesto en la general. Recuerdos muy especiales, que todavía mojan prensa.

Ninguno de esos triunfos deportivos se compara a las tragedias de noviembre de 1985. Pero igualmente hay que recordarlos. La vida sigue, cómo seguirá después de esta dura pandemia. Armero vive en nuestro recuerdo, como vive mi padre en sus nietos y bisnietos, cuya vida comenzó en 1985 y cada día crece más, llenando nuestra vida de alegría. Siempre habrá esperanza, siempre habrá personas como aquellos héroes médicos de 1985 y 2020.




