Pecas, el alma libre de la Universidad De Ibagué

Hay memorias que no se guardan en libros, sino en pasillos, en rincones, en la mirada de quienes fueron testigos de una vida que caminó junto a la nuestra. En esta universidad hubo un perro que fue más que eso: fue presencia, fue símbolo, fue compañía. Se llamaba Pecas, y durante veinte años convirtió este campus en su casa, aunque nunca dejó de pertenecerle también a las calles de Ibagué.

Pecas alguna vez tuvo un hogar. Lo cuidaba una señora mayor que lo alimentaba y lo quería como a un hijo. Pero un día ella murió y, con su ausencia, él quedó a la deriva, condenado a caminar sin rumbo. De esa orfandad nació el perro que después sería de todos: un día cualquiera apareció en la universidad y nunca más se fue.
No entraba por cualquier lado, siempre esperaba que los celadores le abrieran las puertas principales. Solo esas. Como si supiera que pertenecía al mismo lugar que los estudiantes y profesores que lo miraban pasar. Le pusieron “Pecas” por el color de su pelaje y, desde entonces, el nombre se volvió eco en la boca de todos: “ahí va Pecas”.

No hubo quien no lo conociera. Profesores, estudiantes, personal administrativo. Todos lo habían visto alguna vez caminar despacio, dormir bajo un árbol o aparecer de pronto en un salón de clases.
Durante años, el profesor Mauricio Vargas y la profesora Luz Patricia Naranjo fueron los guardianes más cercanos de su salud. Lo llevaban al veterinario, lo alimentaban, lo cuidaban. Pero Pecas nunca fue un perro atado a un dueño: era, más bien, un perro que se dejaba cuidar sin perder su libertad.

Con el tiempo, la responsabilidad pasó a manos de Jaider Pérez, de la dependencia de Gerencia de Sostenibilidad. Desde entonces, Pecas y él se volvieron inseparables. Lo esperaba cada mañana en la entrada para recibir su comida, lo seguía por oficinas, y hasta tenía un locker propio con su champú, su comida y sus cosas. La universidad asumió sus gastos porque ya no era solo un perro: era su mascota, su emblema silencioso.
A pesar de los cuidados, Pecas nunca renunció a su independencia. “Siempre fue un alma libre”, recuerda Jaider. Durante el día habitaba el campus, pero en las noches se perdía en la ciudad. Algunos lo vieron dormir en discotecas, otra vez lo encontraron deambulando por Cádiz, otros caminando sin rumbo por las calles. Al amanecer, regresaba a la universidad como quien vuelve al lugar donde siempre lo esperan.

Pecas tenía algo de gato: recibía cariño solo cuando quería, se dejaba tocar cuando lo permitía, desaparecía para volver a aparecer como si supiera que todos, al final, lo extrañarían. Y aunque su cuerpo con los años se fue adelgazando, aunque cada comida se le iba rápido y sus pasos se volvían más pesados, nunca dejó de andar. Caminaba aunque el tiempo le pesara en cada pata.
Con los años llegaron las críticas. Algunos lo veían delgado y pensaban que estaba descuidado. No sabían que tenía todas sus vacunas, su cama limpia, sus alimentos al día. No entendían que la vejez también se instala en los animales, que la fragilidad no es sinónimo de abandono.
Jaider guarda un recuerdo que lo marcó: un día vio a Pecas caminar con dificultad, esforzándose por seguir a su lado, negándose a quedarse atrás. “Ese día lloré —dice—. Los animales son incondicionales. Y Pecas lo fue hasta el último momento.”
Cuando ya no había otra salida, la universidad tomó la decisión de inducirlo a descansar. Fue un acto de amor y también de tristeza infinita. Pero Pecas se fue como vivió: con la libertad intacta, sin haber sido nunca retenido por nadie.
Este 17 de diciembre se cumplirán dos años de su partida. Y sin embargo, sigue aquí. Lo evocan los pasillos que recorría, las puertas que abrían solo para él, las mañanas en que esperaba paciente su alimento, las noches que se perdía en la ciudad como un fantasma alegre.
Pecas fue más que un perro: fue compañero, fue guardián silencioso, fue un espejo de lealtad y libertad. Su historia recuerda que la universidad no solo está hecha de clases, de trabajos y de exámenes, sino también de vidas que la habitan y la humanizan.
Al final, todos los que lo conocieron lo saben: Pecas no se fue del todo. Sigue presente en la memoria colectiva, como un espíritu que camina sin dejar huella, pero que nunca se deja olvidar.





