Opinión

Clases virtuales: El mal necesario

María José Alvis Castillo

Miembro de la OCE e Impulso Juventud

“Varias niñas de nuestro salón ni siquiera tienen internet; mucho menos un computador. Por ejemplo, yo solo tengo mi celular en esta casa, y no entiendo cómo carajos quieren que hagamos una evaluación que literalmente definirá nuestro período”, argumenta Ana Sofía, una estudiante ibaguereña que se encontraba cursando el grado décimo.

Para nadie es un secreto la problemática que afrontamos a día de hoy; el COVID-19 o coronavirus se ha extendido rápidamente a nivel mundial, afectando no solo a las personas que lo contraen, sino a la población completa. Con una tasa de mortalidad de más de 150 mil personas y cerca de los 2 millones infectados, este virus nacido en Wuhan, China, tiene temblando hasta a los gobernantes más poderosos.

«Quédate en casa» es la frase que más se ha dicho en estos últimos meses, además de ser la medida considerada como segura para evitar que las cifras aumenten negativamente. Por este motivo, las actividades de las distintas personas han tenido que cesar en seco, incluyendo por supuesto a los estudiantes. Al no haber posibilidad de salir, las clases virtuales han sido vistas como “la salvación” para continuar el año lectivo de aquellos que se envuelven entre los lápices, los trabajos y el estrés. No obstante, las opiniones no se han hecho esperar: ¿Realmente es posible manejar todo virtualmente en un país como Colombia?

“La educación virtual es considerada en los países como la estrategia ideal para mejorar la sociedad. […] es por esto que el único requisito que se necesita para acceder a esta modalidad es un computador y un manejo básico de Word y Excel”, dice Gloria Herrera, directora de educación virtual de la Universidad El Bosque en el artículo Mitos y realidades de la educación virtual.  No obstante, el “facilísimo” requisito que nombra Herrera se ve irrumpido por los casi 20 millones de colombianos (cifra confirmada por Iván Mantilla, viceministro de conectividad y digitalización) que no cuentan con acceso a internet. Teniendo en cuenta que hay más de 48 millones de habitantes, esta cifra representa un 41% de la población total del país. Además, ante esta problemática, las instituciones deberían brindar calidad y velar por todos sus estudiantes, sobre todo por los más desamparados; pero, por un motivo u otro, no se está haciendo.

Y es que no solamente está el inconveniente del acceso a internet; los estudiantes también aquejan el exceso de trabajos que se están dejando, como si únicamente tuviesen que lidiar con una materia o como si el estrés, los ataques de pánico y la elevación de tasas de violencia intrafamiliar debido al encierro se solucionasen solos. Aun así, hay docentes que entienden la situación: esta cuarentena es mucho más que tarea para dar y convidar. Varios de los jóvenes van al colegio, sí; sin embargo, viven en una situación de pobreza, en la que bien sea ellos o sus familiares deben salir a trabajar para su sustento diario. Al no haber posibilidad de estar afuera, el hambre, la angustia y la necesidad se hacen visibles en los hogares colombianos. “Soy docente de matemáticas, pero también soy madre. En este momento, me importa más que mis estudiantes y sus familias estén a salvo y tengan qué comer. En una situación de necesidad, lo que menos interesa es un trabajo de matemáticas o inglés. Díganme: si se me mueren mis alumnos, ¿A quién le dicto clase yo?”, afirma Diana, pedagoga ibaguereña. A pesar de ello, se debe tener en cuenta que, por más que decidan oponerse, los docentes no son del todo los culpables; gran parte de ellos solamente se someten a órdenes, que si no cumplen, tampoco podrán llevar el sustento a sus hogares.

Debido a la situación, el odio de los aprendices recae directamente sobre sus hombros. Desde  extensas horas de trabajo, el deber de aprender (para quienes no manejan las plataformas) de ceros a desenvolverse en los medios virtuales, presión del Ministerio y una gran desconsideración por parte de las directivas de sus Instituciones, quienes manejan la situación como si no estuviésemos en confinamiento por una pandemia, los maestros también viven una Odisea ante “el mal necesario”. Han tenido que verse obligados a tomar medidas que, aunque no sean las mejores, pueden facilitar y brindar a los estudiantes los conocimientos necesarios, sumado a su papel como formadores de personas útiles para la sociedad.

Ellos son conscientes: saben que el ambiente no es el mejor, y que el internet será terrible debido a las millones de conexiones; sin embargo, no hay opción. El Ministerio, en un aire muy «cójanla suave, pero enseñen-involucren las familias, y que todos estudien”, los presiona, para después presionar al estudiantado. “Yo entiendo que muchas critiquen a los docentes por poner trabajos, pero primero habría que aclarar que es lo que pretenden las administradoras del Colegio: si hacer educación virtual haciéndonos los tontos como si no hubiera una crisis social, o hacer la educación virtual paso a paso y de a pocos, para que sea una experiencia algo más amable, y que ustedes y nosotros aprendamos de esto”, menciona Óscar Melo, maestro bogotano que vive en Ibagué.

Por más que se trate de llevar las cosas de la mejor manera y entender, las clases virtuales son la realidad de la educación del país.

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