Historias

Recuerdos desde el estómago

Juan Carlos Aguiar

Juan Carlos Aguiar

Periodista

Para escribir estas líneas hablé con tres viejos amigos para que me refrescaran la memoria, porque los años no pasan en vano. Cuando supo de qué se trataba, Sayo Chávez me dijo, con tono de protesta: «Usted no puede escribir de lo que hacíamos sin hablar del Metropol o del cinema en el Pasaje Real». Y es que, despues de 30 años de haberme ido de Ibagué, hoy no sé adónde van los jóvenes a ver sus películas, pero si sé que aquellos fueron nuestros teatros de moda. Es más, ya ni recuerdo qué comíamos en el cine, pero si se me llega a la mente aquel letrero que decía, a mitad de película: «Gustosos los esperamos en nuestra dulcería». Increíble que partieran la película en dos. Eso ni que fuera el Netflix de ahora. Hoy creo que las costumbres de aquellos que rondamos los cincuenta, para arriba o para abajo, son muy distintas a las de los jóvenes de hoy en día. Y solo han pasado unas tres décadas.

Casi como un ritual religioso, al salir de rumbear, la parada obligatoria era en la 42, abajito de la quinta, donde estuvo el primer puesto de El Chuzo. A las 2 o 3 de la mañana llegábamos en los carros de los afortunados a los que se los prestaban y, con el baúl abierto y la música a todo volumen ojala con un radio Punto Azul porque sonaba más duro, disfrutábamos un perro caliente con papas a la francesa, bañadas en tantas salsas que parecían una verdadera sopa.

Increíblemente yo, que me siento más ibaguereño que muchos, solo viví en Ibagué unos pocos años. Nací allí y a los meses me llevaron para Girardot. Regresé a Ibagué cuando tenía 14 años y me fui a los 18. Tiempo suficiente para que muchos de los que me conocieron piensen que viví allí toda la vida. Debe ser por eso que John Mejía fue el que me dijo que no podía pasar por alto las famosas arepas, también de la 42, y que estuvieron allí mucho antes que El Chuzo, unos metros abajo de La Pantera Rosa y Mi Cuate. Un puestico callejero atendido por una señora vestida con delantal blanco y que vendía arepas con todo. Estaba allí todas las noches y las madrugadas de los fines de semana. La base del relleno era una ensalada de papa a la que se le agregaba carne desmechada, pollo, chicharrón, con igual variedad de salsas, como si estas fueran mágicas para acabar con los estragos de las intensas fiestas de mi juventud.

Noches de fantasía que se construían al ritmo de Erasure y Culture Club, o Wilfrido y Sergio Vargas. Jornadas apoteósicas en medio de la miniteca de moda local, Rumba Night de Neco Castro, o The Best y Reina de Corazones que llegaban de Bogotá en gigantescos camiones que anunciaban lo que se viviría en cuestión de pocas horas.

Ibagué es, por decir lo menos, inolvidable. Recorriendo sus calles conocí a quien fue mi primer amor, un noviazgo de pocos meses que inició luego de que asistiera a sus fiesta de 15 años en el Campestre. En esas mismas calles aprendí a tomar Tapa Roja, cuando precisamente su tapa era roja y no se les había dado por inventárselo con otros colores y sabores. ¿De dónde se sacaba dinero para seguir? Nunca lo he sabido, pero siempre quedaban algunas monedas para cumplir con la «vaca» que se hacía para «el último botello». Y si no había monedas sobraban amigos que alcahuetearan unas horas más en la calle o hasta terminar la parranda junto a la Plaza de Bolívar, en el Centro Social en Cádiz o frente a la casa de cualquiera en Piedra Pintada o La Pola. Pero mejor no me desvío del tema inicial y sigo con lo que comíamos cuando éramos muchachos.

Recuerdo que en la parte alta de la ciudad había dos sitios infaltables para nuestra gastronomía local. El primero, que aún existen aunque entiendo que en otra dirección, era la Gogó con sus infaltables mojicones. Todavía hoy cuando alguien me visita de Ibagué, lo único que le pido que traiga son estos panecillos rellenos ligeramente de queso y cubiertos con una sutil capa de azúcar. Se compraban en una vieja casa en la Calle Sexta con Carrera Segunda. A pocas cuadras, en la esquina de la Calle Séptima con Carrera Cuarta, quedaba La Perrada de la Pola, donde Paola nos atendía con una sonrisa cómplice cuando apenas esbozábamos los planes de qué haríamos en cada fin de semana. Imposible compararlos con los de El Chuzo porque los dos eran muy buenos cada perro con sus diferencias.

No era lo único inolvidable de la gastronomía de los adolescentes en la década de los 80 en Ibagué. Y pensar que eso fue en el siglo pasado. En el Centro Comercial Combeima, donde hice mis pinitos en el modelaje, con Ibis y CP Company, una parada inevitable era en Yel Coctail, a comer empanaditas con avena. Si, leyó bien, empanaditas, porque una sola era apenas medio mordisco aunque de un sabor inigualable.

Si queríamos endulzarnos un poco, bastaba caminar hacia el primer local de Dunkin’ Donuts que hubo en Colombia y que magistralmente inició el papá de Oscar y Juan Carlos Caicedo en la entrada del Combeima en la Carrera Tercera. Si queríamos algo más típico, bajábamos un poco hasta la Carrera 5 con calle 15, a la Heladería El Trópico, donde tenían una maravillosa variedad de helados en la que resalto los de ron con pasas, caramelo, guayaba agria, chocolate, salpicón, coco. Recuerdo que era justo al lado de la casa de Glalu, frente a las viejas oficinas de Velotax.

Con John y Sayo hablamos también de otros sitios mientras nos reíamos con los recuerdos que se atropellaban en nuestras cabezas. Pensamos en Lima Broaster en la Carrera 5 con 37, en el primer piso de un edificio. El mejor pollo a la broaster de la ciudad en aquel entonces. Pero si de pollos se trata, muy cerca de la redoma de Mirolindo, se sigue manteniendo una tradición, despues de décadas: El Carnaval del Pollo con su inigualable ají, yuca y platano maduro. Eso por no mencionar que venden la mejor longaniza del mundo.

Lo que si no tengo claro es cuando fue la última vez que disfruté, porque no es simplemente comer, un buen plato de lechona. Con seguridad son más de seis años y medio. Y digo no recuerdo, porque en este tiempo he comido algunos platos que no han sido los verdaderos: sin arroz y con ese inmejorable sabor que tiene la lechona de Ibagué. Sin arroz, porque así algunos pretendan asegurar lo contrario, ponerle arroz a la lechona tolimense es un sacrilegio. Lo mismo pasa con el tamal tolimense que tampoco lleva arroz así exista quienes lo preparen diferente contrariando nuestras más viejas cotumbres. La abismal diferencia entre estos dos manjares de mi tierra, al menos para mi, es que en Miami, donde vivo, si consigo un excelente tamal. Es más, en el mismo lugar donde me lo venden, tienen un pan aliñado para acompañarlo, que cada que lo disfruto me hace chuparme los dedos. Es «tabliado» y de buen tamaño, acompañado de una colombiana para que le dé ese toque de nostalgia que se siente cuando se vive lejos del terruño que tanto queremos. De tamales y lechona hablé con Michel Orozco, quien tiene, hasta hoy, el record de haberme traído de Ibagué a Miami la mayor cantidad de mojicones de la Gogó. Tantos que no sé cómo no le pusieron problemas al momento de entrar a Estados Unidos. Y lo hablé con él porque con los años, por los negocios que ha tenido, se ha convertido en un experto en comidas, tanto que si hoy volviera a Ibagué, además del plato de lechona, de los mojicones y muchas cosas más, me comería una de sus hamburguesas que dicen los que las han comido, son una verdadera delicia. Mientras tanto, pues sigo saboreando mis recuerdos.

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