Historias

Una blanca anciana que pierde sus canas

Julián David Dussán Bonilla

Estudiante del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Ibagué

Cuenta la leyenda que cuando la cacica Dulima fue condenada por los conquistadores españoles a morir en la hoguera, se convirtió en una deidad cuyo espíritu pasó a vivir eternamente en las profundidades del Nevado del Tolima.

La montaña Dulima, como solía ser conocida por aquellos que fueron exterminados en estos territorios por los españoles, se levanta con una majestuosa prominencia de 1233 metros. Su forma de cono blanco es inconfundible para todos los que la avistan a la distancia; ¡y qué distancia! pues en ocasiones, desde la mismísima capital, a 235 kilómetros, han sido testigos de su imponencia.

Dentro del vecindario del Parque Nacional de los Nevados, que circunda entre los territorios de Risaralda, Tolima, Caldas y Quindío, el del Tolima es el segundo más alto, por encima del Nevado de Santa Isabel y por debajo del Nevado del Ruíz. Pero, sin lugar a dudas, es el que más espacio ocupa en el corazón de los que vivimos a sus pies.

Pareciese que el espíritu de la aguerrida Dulima realmente permanece allí; descansando en la gran montaña y cuidando a su tribu, a la que abastece con el líquido de la vida: Totare, San Romualdo, Toche y Combeima son los ríos que nacen del glaciar y abastecen a todos los que, de una u otra forma, llevamos la misma sangre de los Pijaos que entregaron su vida.

Hoy se vive otro tipo de exterminio; una masacre sin lanzas, escudos, arcos ni flechas. Sin sangre. Sin tribus ni conquistadores. Una matanza silenciosa y, por esta misma razón, letal. Hay documentos del siglo XIX que dan cuenta de la existencia de 19 nevados en el país y, solo en el siglo pasado, se extinguieron 8: el Galeras, Sotará, Cumbal, Chiles, Puracé, Cisne, Quindío y el Galeras. Los eruditos sobre el tema dicen que cada nevado tiene su propia personalidad, la cual varía de acuerdo a un sinfín de factores. Así pues, no es descabellado pensar que ocho deidades fueron asesinadas por el cambio climático acelerado por las industrias del hombre.

Deterioro del glacial del Nevado Santa Isabel (1980 – 2019) Foto: IDEAM. 

El próximo nevado en desaparecer será el de Santa Isabel y, según expertos, la antigua Dulima será la siguiente en perder la totalidad de su manto blanco. Más de medio millón de ibaguereños bebemos de la cuenca del río Combeima, y otras decenas de miles se abastecen de los demás afluentes que emergen del nevado. ¿Qué pasará con los ríos y la gente que vive de ellos? Aún es un escenario hipotético, pero el veloz deshielo hará que, tarde o temprano, se convierta en una realidad.

¿Velamos por nuestros nevados tanto como ellos lo hacen por nosotros?, ¿es posible cuantificar el valor real de un recurso natural como el agua pura de un glaciar?, ¿con qué moneda estamos pagando la vida que le robamos a nuestras montañas? Un día, el desenfrenado ritmo de consumismo llegará a su límite; y ahí, sólo ahí, el ser humano no tendrá vuelta atrás (si es que aún la tenemos).

La ambición y la codicia, en muchas ocasiones, sobrepasan al hombre, quien en su afán de izar la bandera del ‘desarrollo’, no tiene reparos a la hora de llevarse por delante todo lo que sea necesario. El daño medioambiental está tornándose irreparable. Es probable que seamos la última generación de colombianos que conozcan glaciares como el de Dulima en nuestro país. Si eso no es motivo suficiente de preocupación, no sé qué más lo sea.

Los papeles se han invertido. Después de que nuestros ancestros Pijaos defendieron a muerte este mismo territorio, hemos pasado a ser los verdugos del mismo. Dulima no puede defenderse por sí sola; junto a ella, todos los ecosistemas del país están pereciendo con una velocidad alarmante. Así que, ¿le daremos la estocada final, o le tenderemos nuestra mano?

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