A nuestra suerte

Así es como sentimos los colombianos que el presidente Petro nos está dejando, al quitar el respaldo de la ley que aporta en la construcción de una mejor sociedad. La derogación el pasado 7 de diciembre, del Decreto 1844 de 2018, que era el que prohibía “poseer, tener, entregar, distribuir o comercializar drogas o sustancias prohibidas”, abre la puerta no solo al consumo, que ya estaba legalizado con la aceptación de la dosis personal, sino también a la comercialización, porque cantidades de cualquier tipo de sustancia psicoactiva no podrán ser decomisadas por la policía para evitar que estén en las calles.
Esa situación es la que más nos angustia como ciudadanos, básicamente, porque sentimos que los derechos de aquellas minorías que con sus comportamientos afectan a las mayorías, son los que están primando. ¿Cómo hará la policía, de ahora en adelante, para controlar la venta de sustancias psicoactivas en las inmediaciones de los colegios, por ejemplo, si no puede capturar a los expendedores de drogas que las comercializan, para dejarlos fuera de las calles?
Aunque la idea planteada por el ministro Osuna en Noticias Caracol, de explicarle a los niños por parte de los padres “cuáles son los riesgos de consumir drogas, por qué es nocivo hacerlo” suena razonable, porque son los padres los principales responsables de la formación de sus hijos; no parece tanto, cuando sugiere que si el niño o joven va a decidir hacerlo “lo haga en determinadas circunstancias, por ejemplo, en la casa que es mejor que en la calle…”. Decirle a un niño o joven que no consuma, mientras se le abren las puertas para hacerlo, no parece muy coherente.
Estas declaraciones del ministro me llevan a pensar en que, en muchas ocasiones, somos incoherentes en nuestros comportamientos. Lo digo porque hace años, fumar era una costumbre no solo bien vista, sino hasta promovida, a través de comerciales de televisión y cine, que podía desarrollarse casi en cualquier lugar, sin mucha restricción. Hoy, debido a todos los problemas de salud que se ha descubierto que ocasiona en quienes lo consumen de manera activa y pasiva, es una costumbre rechazada y, aunque no está penalizada, sí es un comportamiento prohibido en muchos lugares: centros comerciales, edificios, unidades residenciales, al punto que su olor es condenado por las personas y al consumidor se le indica la prohibición de su consumo y, en caso de lugares habitacionales (edificios, unidades), se le puede hasta sancionar. En cambio, estamos permitiendo el consumo de alucinógenos y psicoactivos casi en cualquier parte.
Lo contrario ocurre con el consumo de alcohol, que está legalizado y cuyos impuestos patrocinan la salud en nuestro país; sin embargo, no siempre es socialmente aceptado, por lo que las conductas de quienes lo consumen en exceso son ampliamente rechazadas por la mayoría de las personas, al punto que, en muchas reuniones empresariales, no se permite o se patrocina con reserva. Quienes promueven el consumo de sustancias psicoactivas, en muchas oportunidades lo comparan con el consumo de alcohol, argumentando que las personas pueden decidir si lo consumen o no y que igual, puede hacerse con alucinógenos o psicoactivos, lo que me genera la inquietud ¿Se hizo lo correcto con el permiso y consumo de alcohol? ¿Su legalización nos hizo una mejor sociedad? ¿Nos fortaleció?
Es por eso que, con la derogación de este Decreto, el presidente nos deja a nuestra suerte, porque nada de lo ilegal que terminamos permitiendo, al final del día nos permite crecer como sociedad y ofrecer un mejor futuro a los más pequeños. Lo que sí termina ocurriendo, es que se fortalecen las entidades criminales, los delincuentes y las actividades que pueden llegar hasta a destruirnos como sociedad. Ojalá haya una entidad o autoridad que nos ayude a recuperar el rumbo, antes de perderlo del todo.



