Historias

Anécdota viajera: Agustín vuela muy alto

Annie Navia

Arquitecta de profesión, viajera por vocación y soñadora a tiempo completo. Creo en el viajar como parte del aprendizaje sobre otras culturas. Escribo solo para recordar y compartir aquellas experiencias que enriquecen mis viajes y alimentan mi vida.

Este es el título de un libro que tiene mi hijo, que trata de un ratoncito silvestre que quiere conocer nuevos lugares, así que siempre me recuerda a mi pequeñín, que cómo su mamá, también sueña con conocer el mundo y se disfruta cada experiencia viajera.

Hoy (y siempre), él quiere que escriba una anécdota que lo incluya, y aunque no es que tenga tantas, hoy quise darle gusto. Los que lo conocen saben que casi no le da pena nada y que le encanta la recocha, así que con sus 10 años me ha dado autorización para que escriba esta pequeña historia.

Para introducirlos un poco, les cuento que Agus tiene un tono de voz bastante fuerte (lo cual yo adjudico a la maduración pulmonar que le hicieron cuando yo estaba en embarazo), así que cuando habla, se le puede escuchar a varios metros a la redonda.

Cuando tenía 4 años, pasamos la semana santa en Bogotá y sus alrededores, y el día de nuestro regreso, tuvimos que tomar un vuelo muy temprano, así que cómo suele pasar a esas horas de la mañana algunos duermen y otros simplemente se están despertando.

Ya llevábamos 20 minutos de vuelo y estábamos entrando al Valle. Frecuentemente este pequeño tramo produce algo de turbulencias, y esta vez no fue la excepción… el avión comenzó a moverse bastante y todos tuvimos que abrocharnos los cinturones, la gente regreso a sus puestos, algunos pasajeros comenzaron a rezar y otros simplemente cerraron los ojos. Ya habíamos iniciado nuestro descenso, y supongo que, debido al susto, todo el avión estaba en ABSOLUTO silencio.

Entonces de repente hubo una pequeña caída de vacío… y a nuestro pequeño hijo solo se le ocurre decir a grito herido (de paso):

– Ay, ¡me dolió el pene!

Quique y yo nos miramos y no podíamos de la risa, los de al lado también se rieron y poco a poco uno que otro más, así que por lo menos ayudó a distensionar la situación.

Después en voz baja le explicamos que lo que había sentido se llamaba vacío y que por lo general no se sentía ahí, sino más arribita…

O bueno, no sé si es que los hombres lo sienten en otro lado.

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