Opinión

Beethoven, ¿el primer “Freelance”?

Sandra Liliana Pinto Camacho

Sandra Liliana Pinto Camacho

Ingeniera Industrial PUJ & Administradora Hotelera AH&LA

“Divino Creador, tú que puedes mirar en lo más profundo de mi alma, sabes que allí vive el amor hacia el hombre y el deseo de hacer el bien.” L. Beethoven.

Viena, mayo 7 de 1824. La realeza, los nobles, la aristocracia y la élite cultural se congregaron en el Teatro Imperial y de la Corte Real de la ciudad para lo que sería un evento extraordinario, el estreno de la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven quien no había aparecido sobre el escenario en 12 años.

De espaldas al público, Beethoven dirigió a los músicos con una pasión desenfrenada, sacudiendo su cuerpo y agitando sus brazos al compás de la música.  Al final de la actuación una de las solistas lo giró para que pudiera ver al público que emocionado se ponía de pie en medio de una estruendosa ovación después de escuchar lo que muchos consideran la mejor pieza orquestal jamás escrita.

“Durante los últimos tres años, mi audición se ha vuelto cada vez más débil… en el teatro tengo que acercarme mucho a la orquesta para entender a los intérpretes, y… desde la distancia no escucho las notas altas de los instrumentos y las voces de los cantantes «, decía Beethoven a sus más allegados en 1801, veintitrés años atrás, cuando apenas tenía 30 años. Como sabemos ahora, se estaba quedando sordo.

“Usted es príncipe por azar, por nacimiento; en cuanto a mí, yo soy por mí mismo. Hay miles de príncipes y los habrá, pero Beethoven solo hay uno.” Es la respuesta del genio a su mecenas y amigo, el Príncipe Lichnowsky, cuando éste le ordena que se siente al piano. Lo anterior es una clara demostración de porqué Beethoven ha sido considerado el “primer músico libre” de la historia de la música, lo que lo llevó a que, además de ser compositor, se dedicara con éxito a ser pianista en los salones vieneses, demostrando especialmente sus dotes como improvisador y su facilidad para leer las partituras a primera vista; profesor de muchas jóvenes de familias pudientes durante sus primeros años en Viena y hasta representante de si mismo, adelantando exitosamente negociaciones con sus editores, cuyas constancias documentales, en algunos casos, no dan una imagen muy positiva del compositor.

A pesar de su directa respuesta al Príncipe Lichnowsky, es a él a quien dedica su Segunda Sinfonía que compone en su mayor parte en el verano de 1802, habiéndose trasladado a las afueras de Viena, en Heiligenstadt, en un vano intento de preservar parte de su oído que se deteriora rápidamente.

Beethoven está en el proceso de aceptación de su prematura sordera. Meses después, en octubre, escribe su “Testamento de Heiligenstadt”, carta dirigida a sus hermanos que nunca entregaría y guardaría entre sus cosas el resto de su vida «… hace casi seis años he sido golpeado por un mal pernicioso que médicos incapaces han agravado… Debo vivir como un proscrito. Si me acerco a la gente, me atenaza en seguida una angustia terrible: la de exponerme a que adviertan mi estado».

«¡Ah! cómo confesar la debilidad de un sentido que en mí debería existir en un estado de mayor perfección, en un nivel de perfección tal que muy pocos músicos la hayan conocido», declaraba angustiado.

Para poder escuchar su propia interpretación, golpeaba los pianos con tanta fuerza que a menudo los dejaba destrozados. «En los pasajes “forte”, el pobre sordo golpeaba las teclas hasta que las cuerdas tintineaban», escribió su colega compositor Ludwig Spohr, agregando, “me entristeció profundamente un destino tan duro».

Beethoven les confió a sus amigos que, sin sonido, su vida no tendría sentido. Alguien cercano a él escribió sobre sus lamentos: “Es un grito de rebelión y de dolor desgarrador; uno no puede escucharlo, pero se siente conmovido por la piedad. Está dispuesto a acabar con su vida; sólo la rectitud moral lo detiene».

En la última década de la vida de Beethoven (murió a los 56 años), su sordera era total, por lo que la música solo podía residir en su imaginación. Y para asombro de todos, fue durante ese período, en el que Beethoven escribió la música que definiría su estilo único y le daría un legado como uno de los más grandes compositores de todos los tiempos.

Totalmente sordo, Beethoven escribió sus mejores cuartetos de cuerda (con notas más agudas que en obras de la década anterior), su magistral “Missa Solemnis” y su mayor triunfo de todos, la Novena Sinfonía.

Que Beethoven compusiera una “Oda a la Alegría” en uno de sus momentos personales más difíciles es una muestra del sentido de esperanza que había en su corazón. Durante mucho tiempo, desde su juventud, había querido musicalizar el poema homónimo de Schiller y había buscado muchas maneras de hacerlo hasta que le encontró un espacio dentro de la Novena Sinfonía. “Hacer felices a otros hombres: no hay nada mejor ni más bello”, decía.

En el presente año, en que se tenían preparadas todas las merecidas conmemoraciones del vitalicio 250 del genio musical el cual se celebró el 17 de diciembre, como si fuera un sino del destino, no han podido llevarse a cabo debido a los cierres de los teatros y el distanciamiento social, sin embargo, sus palabras nos recuerdan la inmensidad de su legado: “consideremos a las dificultades como peldaños para una vida mejor”.

Y es que precisamente en estos tiempos de pandemia en que los artistas han tenido que guardar sus instrumentos, que en las academias de música se impone el silencio y los ingresos de este gremio se han visto disminuidos por la falta de escenarios para expresar su arte, recordar la difícil vida de Beethoven nos inspira a mantenernos firmes ya que como él mismo lo decía: «La música es el vino que inspira nuevas creaciones y yo soy Baco que prensa este delicioso vino para los hombres y los embriaga espiritualmente” y es que es menester de los artistas embriagarnos espiritualmente con sus obras y en este año de confinamiento, ¡cuánta falta nos ha hecho!.

Aunque parece un misterio que Beethoven se volviera más original y brillante como compositor en proporción inversa a su capacidad para escuchar su propia música y la de los demás, algunos aseguran que en la medida que su audición se deterioró estuvo menos influenciado por las modas compositivas predominantes y más por las estructuras musicales que se formaban dentro de su propia cabeza: «la sordera liberó a Beethoven como compositor porque ya no tenía la banda sonora de la sociedad en sus oídos. Quizás ahí haya una lección para cada uno de nosotros»[i].

En “A Life in Nine Pieces” (Una vida en nueve piezas), Laura Tunbridge, biógrafa del artista, lo describe como un furibundo amante del café: “Una dosis de 60 granos molidos por la mañana lo mantenía en pie el resto del día y le daba la capacidad para lidiar con las alegrías y los tormentos de quien no tenía patrón fijo ni sueldo estable, sino que se ganaba el estipendio de forma “freelance””.

Hoy los invito a que nos tomemos un cafecito bien cargado, apaguemos la banda sonora de la sociedad y nos mantengamos en pie el resto de los días, siguiendo el consejo de quien se ha mantenido vigente durante más de dos siglos: “El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación”.

[i] “This holiday season, we can all learn a lesson from Beethoven”, Washington Post, diciembre 13 de 2019.

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