Opinión

El antidemocrático

Juan Carlos Aguiar

Juan Carlos Aguiar

Periodista

Hay mucha diferencia entre Dinamarca y Cundinamarca. Y aunque parece una obviedad, es una frase cercana a la actitud —antidemocrática, quizás— de Iván Cepeda, candidato perdedor de las recientes elecciones presidenciales en Colombia.

El hoy senador electo, cargo que ostentará por haber quedado en segundo lugar, hizo un llamado a la desobediencia civil en Colombia como una medida de presión para que el presidente electo, Abelardo de la Espriella, renuncie formalmente a la ciudadanía estadounidense. Cepeda considera que esta doble nacionalidad es incompatible con la dignidad del cargo presidencial. Y fue más lejos. Exige que De la Espriella explique públicamente si ha sido colaborador de agencias de inteligencia de Estados Unidos, como la CIA o la DEA. Esto, sumado a que exige que el gobierno entrante cese cualquier intento de persecución contra el presidente saliente, Gustavo Petro, además de detener la judicialización o persecución de dirigentes y sectores de oposición.

Para Cepeda, si esas condiciones no se cumplen, la desobediencia civil «pacífica» seguirá adelante y se desconocerá la autoridad política de De la Espriella. Como todo en Colombia, en materia política, las opiniones están divididas, incluso en las filas del Pacto Histórico, donde algunos sectores no ven con buenos ojos esta forma de hacer oposición.

¿Descubrió Iván Cepeda que el agua moja? No, no y no. Nada de lo que plantea el aprendiz de revanchista se está descubriendo. Hay hechos comprobados, como la ciudadanía estadounidense del nuevo mandatario. Otros son viejos rumores que nunca han sido comprobados, como la presunta colaboración de De la Espriella con agencias estadounidenses.

Este episodio deja un claro tufo de mal perdedor. ¿Por qué Iván Cepeda, cuando cabalgaba sobre lo que parecía una inminente victoria, mientras era bendecido por las encuestas, nunca dijo nada? ¿Por qué evadió debates y entrevistas en los que pudo haber aireado estos temas a su antojo? Es simple: porque se sentía tan ganador que incluso inundó los medios de comunicación con un mensaje que decía: «Soy Iván Cepeda y quiero ser su presidente en primera vuelta». Y no lo fue. Esa petulancia antes de la primera vuelta le pasó factura. Llegó la segunda vuelta y, aunque estuvo cerca de lograrlo, le faltó aire en la recta final, a pesar de dar un giro radical a su campaña.

Lo grave de esta desobediencia civil, lo que Cepeda desconoce abiertamente, es que es muy difícil, casi imposible, saber dónde, cuándo y cómo puede terminar una propuesta tan osada y peligrosa. Una enorme incertidumbre en un país con antecedentes tan violentos como Colombia. Aunque Cepeda ha sido enfático en asegurar que es «pacífica», las primeras alarmas ya suenan.

Recientemente, Alexander Chalá, un sargento retirado del Ejército, con pretensiones de influencer y una mezcla de militancia política, teorías conspirativas y cercanía al movimiento del presidente Gustavo Petro, publicó un video que debe ser investigado. Chalá, en tono amenazante, dijo: «Las reservas en Colombia todos estamos armados, y si nos toca darnos plomo con ustedes, pues nos vamos a dar plomo. Porque así tiene que ser. Pero ustedes aquí no van a venir con esas mafias elitistas, miserables, a acabar con todo lo que se hizo durante estos cuatro años. Y claro que vamos a estar preparados para enfrentarlos. Y ustedes también tienen que estar preparados».

Y mientras tanto, Iván Cepeda permanece callado ante unas afirmaciones que pueden considerarse como instigación a delinquir, delito contemplado en el artículo 348 del Código Penal. ¿Será este el talante de la oposición pacífica? ¿Garrote para los cercanos a De la Espriella y zanahoria para los afines al petrismo?

En campaña sostuve que, a mi forma de ver, Abelardo de la Espriella era la versión más radical de la derecha en Colombia. Pero, quizás equivocado, fui benevolente al decir que Cepeda se había caracterizado por ser un hombre moderado y respetuoso de las leyes. Hoy encuentro, sorprendido, que Cepeda parece una versión más radical de la izquierda en Colombia. Su forma pausada y suave de hablar dista mucho de lo que sus palabras pueden desatar.

La desobediencia civil no es nueva en el mundo y los ejemplos abundan. La Marcha de la Sal, con la que Mahatma Gandhi caminó sin violencia hacia el mar Arábigo para recolectar sal de forma ilegal, desafiando el monopolio y los altos impuestos del gobierno colonial británico, inspiró a todo un país hacia la independencia. El boicot de autobuses de Montgomery, en 1955, que comenzó tras el arresto, en Estados Unidos, de Rosa Parks por negarse a ceder su asiento a un pasajero blanco, llevó a que la comunidad afroamericana, liderada por Martin Luther King Jr., organizara un boicot masivo al sistema de transporte de Alabama durante más de un año, detonando el movimiento por los derechos civiles y llevando a que la segregación en el transporte público fuera declarada inconstitucional. O, no menos importantes, las campañas sistemáticas de desobediencia que llevaron, tras décadas de lucha, a la caída del apartheid en Sudáfrica, dieron a Nelson Mandela el Premio Nobel de Paz y sentaron las bases de una Sudáfrica democrática.

¿Rechazará Iván Cepeda la posibilidad de posesionarse como senador y, desde el Congreso, liderar una oposición verdaderamente pacífica? La verdad, no lo creo. En los últimos días, con su actitud, ha demostrado estar tan antojado de poder que parece haber roto sus principios. Aceptar la silla de senador es ir en contra del sistema y de las instituciones que hoy enfrenta con su desobediencia civil.

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