Opinión

El sentido de las palabras

Adriana Bermúdez

Adriana Bermúdez

Creyente en que con la verdad, todo se puede. Comunicadora social, Magíster en Administración.

Esta ha sido una semana muy difícil para el país, sobre todo para el Valle del Cauca. Infortunadamente, no creo que sea la última para nadie, mientras sigamos en manos de un Comité del Paro que dice que el Gobierno no quiere negociar, pero desde antes de sentarse a la mesa, ya ha citado a nuevas marchas. Esta semana, al cese de operaciones de Alimentos Enriko, Eternit, Comestibles Aldor, Comercializadora Marden, Grupo Familia, Alpina en Sopó (Cundinamarca), se sumaron Goodyear, Cementos San Marcos, Levapan, y se avecina el despido de 39.000 personas en el Cauca, todo esto debido a que las empresas que carecen de producción no pueden continuar sosteniendo los salarios de sus colaboradores. Lo más grave es que, aunque se levante el paro, muchas de estas empresas no podrán recuperarse. Perdieron la confianza de los mercados internacionales, sus mayores compradores, porque, como todos sabemos, la confianza es esencial para sostener cualquier relación.

Sin embargo, es muy triste ver cómo algunas personas están más preocupadas por, a través de la narrativa, justificar los daños y destrozos que han ocasionado unos cuantos, cuando ese no es el verdadero objetivo de la protesta. Confundir un paro, una protesta, el derecho a manifestarse, con la agresión, el daño, el acabar con lo construido, no puede ser el objetivo. Utilizar frases como “Yo apoyo al “vándalo”” o “Esos “vándalos” son mis amigos” o mis estudiantes, desdibuja el verdadero carácter de la protesta. No podemos, en medio de la desesperación, sumar peras con manzanas. Los manifestantes, los marchantes, los que están en paro y tienen derecho a él, son las personas que no agreden, que no cierran vías ni cobran por usarlas, que no detienen camiones con provisiones, con gasolina, que no obstruyen el paso de ambulancias. Los demás son vándalos, porque dañan el sistema masivo de transporte, porque montan barricadas y deciden quién pasa y quién no, si es que la suma de dinero no les convence, porque destrozan los almacenes de pequeños y medianos comerciantes e, incluso, de grandes, los verdaderos responsables de generar empleo en el país.

La narrativa nos ha llevado a que “La gente de bien” se vuelva una frase ofensiva para algunos, cuando lo único que buscaba representar era a las personas cansadas de esta situación que querían volver a trabajar, continuando con su oportunidad de dar trabajo a otras, que también lo necesitan. Infortunadamente, el desespero por los desmanes y la destrucción ocurrida hizo que algunos actuaran de forma errada. ALGUNOS, como pasa en las marchas, donde se camuflan vándalos tras los manifestantes para hacer de las suyas. Y, ante tanta inconformidad con la frase y tanta distancia, me pregunto ¿hay alguien que no se considere “gente de bien”?

Algo similar ocurre con “Los buenos somos más”. También cayó en desgracia una frase que solo vino a decir que nuestro país está compuesto por más gente buena, a la que le gusta hacer el bien, que quiere ver a los demás crecer y superarse. Porque los colombianos no nos dejamos amilanar por dificultades, por situaciones que parecen no tener solución. Un colombiano siempre encuentra cómo reinventarse y lo hace de la mejor manera, para él y para los suyos.

Y ni hablemos de en dónde va la sonada “privilegios”. Siento que cambiamos el “Bendecida y afortunada” por “privilegios”, como si los esfuerzos hechos para lograr estudio, trabajo, estabilidad, cayeran de los árboles. Creo que nos equivocamos. Es cierto que en lo que tenemos puede haber un poco de suerte, no lo niego, y ahí puede estar el privilegio, pero, definitivamente, somos el fruto de nuestro esfuerzo. La lucha por un país mejor y con más oportunidades debe continuar, pero no podemos pensar que si tenemos un techo dónde resguardarnos no nos lo merecemos, lo tenemos porque trabajamos para lograrlo. Lo que debemos buscar es un país donde todos aquellos que trabajen tan duro como nosotros, logren tener aquello que merecen, como nosotros lo obtuvimos, ese es el verdadero objetivo. Como dijo Gene Wolfe, “Cuando un regalo es merecido, no es un regalo sino un pago”.

En conclusión, debemos llamar a las cosas por su nombre. Evitemos desviar la narrativa para justificar lo que tanto daño nos está haciendo. Comencemos por desarmar el corazón, solo así entenderemos lo que el otro, a través de ellas, quiere decirnos.

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