El túnel

En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida.
(Ernesto Sabato)
Sobre historias de túneles hemos leído y escuchado un montón. Por si fuese poco, hemos visto en el cine otro tanto y, si nos vamos por la línea de la religión y lo espiritual, el cuento no se detiene ahí porque siempre habrá una luz al final del túnel. No obstante, el escritor Ernesto Sabato escribió una de las novelas más recordadas de todos los tiempos: El túnel, en donde el protagonista, Juan Pablo Castel, nos lleva a través de su tormentoso mundo y terminamos tan dementes como él.
Castel en verdad que nos enreda, nos desespera, nos deprime y hasta experimentamos su profunda decepción en contra de María, una mujer extremadamente enigmática a quien le gusta jugar juegos peligrosos llevando al protagonista al punto del delirio en donde se convence, de manera involuntaria a lo mejor y por supuesto injustificada, de asesinarla.
Sí, nada justifica el asesinato, de nadie; sin embargo, así es la historia que se convirtió en un referente de la literatura del siglo XX. Ahora bien, cuando uno comienza a detallar el estado mental del personaje, por más uno sepa que está mal, uno le encuentra la razón y hasta nos compadecemos de su tortura. Tal vez porque de una u otra manera ese túnel, que es su vida, es el mismo túnel en el que a veces nos encontramos; un irremediable túnel con una pequeña luz al final que nos hace avanzar a unos o, simplemente un túnel oscuro sin principio ni fin.
Ahora bien, la metáfora del túnel funciona en lo personal y también en lo social ya que, como lo mencioné al principio, de túneles hemos escuchado y visto demasiado, pero, ninguno de estos túneles de la literatura, de la música o el cine, es tan famoso como el túnel de la línea, un “proyecto” que inició hace muchos años y que, cual si fuese un personaje atormentado por la misma sociedad en la que se desenvuelve, se convirtió en la gallina de los huevos de oro de gobiernos y administraciones locales de turno. Dicho en otras palabras, el túnel de la línea es ese personaje maltratado, abusado, desesperado, corroído por la avaricia, el uso y el abuso.
Guillermo, nombre ficticio, de un ex trabajador ibaguereño encargado de la contratación de materiales para la construcción del túnel hace un par de años, me contaba la manera tan descarada cómo robaban unos y otros.
—El problema a la final no es que se roben el dinero, el problema es que, por ejemplo, dicen que le metieron el material que se necesitaba para la construcción cuando realmente no lo hacen; o han comprado la peor calidad o le han metido menos de la cantidad requerida ¿Usted por qué cree que se caen los puentes? Eso es un peligro, unas obras a medias que no cuentan con la calidad para soportar terrenos como el de la línea y cualquier cosa puede pasar.
Guillermo tuvo que decidir entre firmar algunos contratos para legalizar material que no se iba utilizar o quitarse del medio para no terminar como muchos en nuestro país cuando se convierten en la piedra en el zapato de los ampones de cuello blanco.
—Me dijeron que pidiera una casa en Ibagué, que dijera cómo la quería. Les dije que no, que yo prefería pagar arriendo toda la vida antes de ir a parar a la cárcel. Luego, me llevaron una maleta con dinero, les dije que no otra vez; y, al final, cuando esos hijueputas vieron que no podían comprarme, me dieron que o renunciaba o me atenía a las consecuencias porque había más de uno molesto. Necesitaban avanzar con la vuelta y yo estaba interfiriendo.
El túnel, el de Sabato o el de la línea son muy parecidos, una novela psicológica, dramática, llena de enredos, algunos mentales, porque no es posible que ahora quieran presentar la gran obra a nombre de un inepto como Duque o escuchar decir cosas como: “Uribe comenzó la obra y Duque la terminó”.
Roguemos entonces que este túnel, con un solo sentido, sea realmente beneficioso para el país y que no se vaya a convertir en otra historia de horror que arrastre incluso con la vida de quienes no tienen la culpa de la maldita corrupción. Esperemos entonces que este túnel no sea solamente el codicioso afán de unos cuantos por tomarse la foto.



