La primera nevada

La primera nevada tomó a los recién llegados por sorpresa, al punto que muchos dejaron sus empleos por salir a ver cómo descendían del cielo los copos de algodón blanco. A los nacionales, por su parte, no les sorprendió tanto porque, aunque aman el invierno, todos saben que no es más que la mentira que han querido crear para soportar la oscuridad y el frío suicida. Por eso, siguieron con sus rutinas como si nada.
Entonces, la nieve, la pequeña y juguetona nieve, se escabulló por cada casa, por cada rinconcito y esquina y encontró a los que mienten por conveniencia, a los que juran amor eterno, a los que se inyectan fantasías de libertad feminista, a los esclavos del sistema, a los adictos al porno y otros demonios e incluso, se topó con la eterna y lujuriosa guerra contra el Patriarcado.
Se tropezó también con aquellos que cuentan cada invierno y hasta con los que piensan que la actitud de Madre Nieve es una verdadera putada.
De hecho, ese día, cuando la tarde se tiñó de gris y se abrió la boca del cielo para dejar caer sobre los mortales y todo lo que habita sobre la tierra esa escarcha blanca, un grupo de personas protestaban por el centro de una ciudad llena de chinches y otros vicios, por la situación de la pobre Hildegard, esclavizada, al parecer, en su propia casa y esclavizada en el trabajo que Madre Nieve le daba año tras año.
En medio de arengas se les escuchaba decir que eso de sacudir la cobija de la matrona en mención para que se forme la nieve no lo hace cualquiera. Que no es un trabajo para una mujer, no importa que las feministas un rato hablen de igualdad y otras veces hablen de trabajo forzado y mal remunerado para las de su género.
Gritaron además que Madre Nieve solo le pagaba el mínimo. Otros aseguraban que la Hildegard trabaja por debajo de cuerda, cash o en negro, palabra prohibida por estas tierras.
No pudieron faltar las feministas por conveniencia que aprovecharon el momento para referirse a su condición de mujer; según ellas, ganaba menos que los hombres por el simple hecho de ser una fémina.
Finalmente, alguien por ahí dijo que ese trabajo tan pesado para aquella mujer y que consistía en sacudir la cobija de plumas de Madre Nieve en aquella ventana todo el tiempo para que la ciudad este atiborrada de nieve y así puedan disfrutar de las actividades de invierno, era cosa sería; y que Madre Nieve tenía que pagarle mejor o contratar a alguien que le ayudara o simplemente que Hildegard se buscara otro trabajo como hacen la mayoría en el paraíso en donde todo es posible.
Un silencio lúgubre y gélido invadió a la turba. El último reclamo se había quedado dando vueltas en la mente de los protestantes. Entonces, una mujer gorda que parecía la reencarnación de la Bolduc, gritó con cierto tono característico del turlutte, que si Hildegard renunciaba ¿Quién iba a sacudir la cobija para que cayera la nieve?
Agregó, además, que la situación del año pasado había sido realmente cruel ya que, por la escasa nieve, las ciudades tuvieron que buscar nieve prestada para poder patinar y hacer todas esas actividades de invierno.
Alguien entonces gritó que si no tenía algo que ver el calentamiento global pero inmediatamente la muchedumbre lo mandó a callar como suele suceder, porque es más fácil creer que una bruja o diosa nórdica y una muchacha son las encargadas de producir nieve, que ponerle el ojo a la situación del planeta por supuesto.
Fue así como uno a uno de los manifestantes se fueron retirando mientras la nieve seguía dando saltos como una niña malcriada entre los charcos. Regresaron a sus casas sin saber que, Hildegard, como la gran mayoría de inmigrantes, había aceptado el trabajo porque, primero, no tenía el idioma; segundo, porque su situación no le permitía estudiar y debía trabajar para llevar la comida a la casa y tercero, porque se le presentó la oportunidad y como en el país del norte el tema de las ayuditas varias ha creado cierta animadversión por todo lo que tenga que ver con lo laboral entre propios y extraños, sin contar que Pierre y Marie-Claude andan medio locos, pues no todo el mundo se le mide a una labor tan particular y eso hacía que la muchacha tuviese la oportunidad de conservar su trabajo por un buen tiempo. Dicho en otras palabras, no era más que una estrategia.
En fin, la primera nevada dejó al descubierto muchas cosas como, por ejemplo, que, a la gente, a la hora de la verdad, no les importa tanto si Hildegard es o no explotada, un inmigrante más o un inmigrante menos no le hace daño al negocio.
Evidenció además que la humanidad, ni antes ni después del Covid, no ha aprendido absolutamente nada. También, que seguir creyendo e inventando cuentos es más fácil que asumir la responsabilidad de los actos destructivos que a la final, nos pasará una enorme factura que llegará con impuestos incluidos.
La primera nevada llegó y poco a poco irá haciendo lo suyo en la eterna sociedad de consumo y en el imaginario de la vida norteamericana; siempre y cuando, por supuesto, exista una o un Hildegard que venga por estas tierras y haga bien su trabajo para que todo funcione como debe funcionar, para que los de afuera sigan pensando que aquí no pasa nada.



