Opinión

La redención de los bien nacidos: Abelardo presidente

Juan David Rincón Galindo

Juan David Rincón Galindo

Comunicador Social y Periodista
Especialista en Periodismo Deportivo
Socio ACORD – Tolima
Director Tolima Online

Después de la elección de Gustavo Petro como presidente, con cada viaje que hacía a Colombia comprobaba lo que llevaba muchos años sospechando: que el nuestro es un país “conservador”. ¿Eso qué significa para mi?

Significa que creemos, fundamentalmente, que hay seres humanos que nacen más valiosos que otros o, en su defecto, que eligen, haciendo uso de su libre albedrío, desperdiciar su valía y vivir vidas miserables. De ahí que no estudien para sacar buenas notas en el colegio, duerman hasta tarde en lugar de levantarse temprano a trabajar, se vuelvan adictos al alcohol o a otras drogas, roben, maten y acaben en la cárcel o en la impunidad.

Al parecer, en Colombia tuvimos la mala suerte de ver nacer a varios de los segundos, dado nuestro ranking de criminalidad…

Así es como ese grupo de desvalidos seres humanos lo conforman quienes se volvieron guerrilleros; se dedicaron al negocio de la cocaína y a otras actividades de explotación ilegal; las llamadas mujeres prepago, que en lugar de levantarse a trabajar todos Los días, optan por la alternativa “más fácil” de alquilar sus cuerpos para obtener un ingreso. También, claro, los empresarios y políticos corruptos (pero solo algunos, porque varios de rimbombantes apellidos son ignorados —o eso pareciera—); así como cualquier individuo de comportamiento amoral (a menos que vaya a salvar la patria); cualquier ladronzuelo. Etc. La lista nos la sabemos de memoria.

Dentro de esa lógica del pensamiento, Gustavo Petro, un ex militante de la desmovilizada guerrilla M-19, no merecía la Presidencia sino la cárcel.

Pero la doble moral también es característica de ese talante conservador; puesto que otros ex militantes del mismo movimiento no son tratados de la misma manera. Pero eso es porque esos sí se arrepintieron, o al menos se les da el beneficio de la duda porque predican la palabra de Dios en la Biblia y conservan sus familias. Como el difunto Rodolfo Hernández conservaba la suya, a pesar de sus honorables reuniones de negocios en la bahía de Biscayne, en Miami. No como Petro, que además de su pasado guerrillero cuenta ya varios matrimonios.

Por todo lo anterior, a mi no me extrañaba, sumados los delirios del perturbado Gustavo Petro, que un “desparpajado” abogado del Caribe colombiano, envuelto en marcas de reputada fama; aspirante a cantante de ópera y quien, desde su villa italiana, donde afinaba las notas de su ópera y amasaba las uvas de su cava, viajaba en avión privado a atender los negocios de su firma de abogados de jugosa clientela (claro, al país al que por mala suerte le tocaron tantos criminales), llegara tan cerca de convertirse en el próximo presidente de Colombia y residente de la Casa de Nariño con su familia de toda la vida.

Bueno, casi. A cualquiera se le perdona un primer fracaso. Qué digo, no a cualquiera: a quien se haya arrepentido y predique la Biblia, bien vestido.

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