Opinión

No más miedo

Juan Carlos Aguiar

Juan Carlos Aguiar

Periodista

No recuerdo hace cuánto voté por primera vez en unas elecciones. Esos datos, que pocas veces se usan, se olvidan fácilmente. Lo que sí sé es que voto desde muy joven. Procuro cumplirle a la democracia como si fuera un deber. He votado en Colombia y en delegaciones consulares en Venezuela y en Estados Unidos, los otros dos países en los que he vivido.

Este domingo, 21 de junio de 2026, es la primera elección en mucho tiempo en la que no podré votar. Me encuentro de viaje y, por primera vez, tuve un interés superior al de la patria, lo que no es fácil: cumplirle un sueño a mi esposa. Tampoco creo que Colombia pierda mucho con mi voto: iba a ser en blanco, y es una decisión que tengo desde los resultados de la primera vuelta.

Pero confieso que me asusta el rumbo de nuestra democracia. A la corrupción, el narcotráfico o la violencia, ahora hay que sumarles el fanatismo. Pareciera que seguir a Abelardo de la Espriella o a Iván Cepeda se convirtió en una especie de religión en la que no se puede decir nada en contra de los nuevos mesías de Colombia. Como si ellos no tuvieran una historia, un pasado, en el que algunas o muchas de sus actuaciones pudieran ser cuestionadas. Y ese fanatismo va en aumento.

Los colombianos no salimos a votar este domingo con esperanza. No, lo hacemos con miedo. Miedo a De la Espriella o a Cepeda y a lo que ellos representan. Desde cada orilla se demoniza al otro. Y, lo que es más grave, se demoniza a quienes los apoyan.

Entre mis amigos, las opiniones están divididas. Hay quienes quieren votar por De la Espriella, por Cepeda y en blanco. Y no imagino a ninguno votando para dañar la democracia, o para afectar al país, o mientras se llenan de deseos negativos contra la nación que les ha dado todo.

No. Votan convencidos de que ese candidato es la mejor posibilidad para lograr el futuro con el que sueñan. Pero también votan con miedo y contra algo. No votan por un programa de gobierno. Votan por De la Espriella por miedo a que el comunismo llegue a Colombia, como si no se hubieran dado cuenta de que, tras casi cuatro años de gobierno de Gustavo Petro, esto no ha sucedido. O votan por Cepeda por miedo a que se repitan los falsos positivos o la militarización que se vivieron en la Seguridad Democrática, como si no se hubieran dado cuenta de que después de Uribe vinieron Santos y Duque, de centroderecha o derecha, y esto no se repitió.

Pero una buena parte del electorado prefiere un comportamiento de manada: moverse en masa. Abandonaron el sentido crítico. Necesitan el respaldo de quienes los rodean para tomar decisiones trascendentales. No importa qué propone un candidato en economía, salud, educación o seguridad. Solo quieren verse al espejo y encontrar el reflejo de Cepeda o De la Espriella. Los expertos lo llaman “voto identitario”. Existen amplias investigaciones que llevaron a conocer esta tesis con diversos nombres, como política identitaria o identidad partidista. Significa que muchas personas no votan por un proyecto, sino por aquello que confirma quiénes creen ser o con quiénes encuentran un sentido de pertenencia.

En los años 60 y 70 se planteó que bastaba dividir personas en grupos de forma arbitraria para que estos individuos desarrollaran lealtades hacia un líder y buscaran favorecer a ese grupo. Además, también buscaban exagerar las diferencias con el grupo que consideraban rival. Y así creaban enemigos. Fue mucho antes de Facebook o X. Ahora esto se multiplica en las redes sociales, con un algoritmo que solo le muestra al consumidor lo que quiere ver o leer y que le reafirma lo que piensa o cree.

Es como si la identidad política fuera heredada, al igual que la religión o las aficiones deportivas. El que nace en un hogar liberal o conservador se forma así para su vida adulta. Igual que alguien profesa una religión o es hincha de un equipo de fútbol porque sus padres también lo fueron.

Lo grave es que ahora convertimos la política en una especie de religión en la que los líderes se convierten en salvadores y quienes no los ven de esta forma son demonios llenos de antipatriotismo. Y nada más peligroso que llenarnos de enemigos imaginarios. La historia está llena de episodios en los que el enemigo imaginario costó cientos de miles o millones de vidas.

Hoy es más fácil compartir una idea, una imagen, un avatar, y despertar indignación, miedo, desprecio. Desaparecieron las ideas.

Años atrás se hablaba de política en reuniones familiares, en la calle, en la iglesia. Hoy es a través de las redes y no hay nada más fácil que dejar de mirar el celular cuando una información no reafirma lo que creemos. Desapareció el debate, la discusión, el intercambio de ideas, y dio paso a una imposición digital de ideas diseñadas para manipular a las masas.

Las redes sociales no inventaron el voto identitario. Esto ya existía. Lo que hicieron fue algo mucho más grave: lo hicieron visible, permanente y muy rentable. Lo que no entendemos es que todos podemos coexistir y ser sinceros. Dejemos a un lado la polarización que nos llevó a ver al adversario como un enemigo peligroso y más bien entendamos que es otro colombiano con la misma dosis de sueños y anhelos. Volvamos a la época en que escogíamos gobernantes por esperanza y no por miedo.

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