La tergiversación de nuestros valores

Es triste ver la manera en que, poco a poco, nos degradamos como sociedad. Dejamos a un lado el preocuparnos por un bien común y pasamos, sin darnos cuenta, a tener en nuestra agenda la preocupación por unos cuantos que no son minorías, son disidentes de nuestros principios y valores.
Hoy, vemos a una parte del país ampliamente preocupada porque el presidente camina entre muertos, en una caminata en la que nadie tocó los cuerpos, nadie los vilipendió, nadie los ultrajó, todos los respetaron, aunque, en vida, abusaron, atentaron y dañaron al pueblo colombiano durante décadas y que fueron dados de baja bajo las normas que el legítimo uso de la fuerza permite.
También están preocupados porque la directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF, quiere eliminar de la narrativa la frase «los niños y las niñas» y cambiarlo por «la niñez», sin que ni siquiera se hayan preocupado por conocer cuáles son las medidas de fondo que plantea para cuidar a la infancia, sólo están concentrados en repetir que, con ese cambio, se pierden todos los derechos de las niñas.
Pero la mayor preocupación de esos colombianos ahora, radica en excusar a aquellos que han robado al pueblo y utilizado el dinero que era de todos, a título personal. Hoy, condenamos a un presidente porque quiere recuperar la ley y el orden en nuestro país y mostrar ante los delincuentes que, con el legítimo uso de la fuerza, la impunidad ante el delito se acabó; a una mujer encargada de cuidar la infancia por modificar una frase, pero nos congraciamos y condolemos con quien le ha robado al país desde las más altas esferas del gobierno, no solo dinero, también el respeto por las instituciones académicas y la confianza de una juventud que sí tiene que luchar día a día por salir adelante, demostrando de lo que es capaz.
Ver cómo una parte de nuestro país juzga tan duramente a un presidente que actúa en el marco de la ley, pero se congracia con una mujer que ha roto todos los estándares de dignidad y respeto, es la muestra clara de cómo hemos invertido nuestros valores en los últimos tiempos.
El caso de Juliana Guerrero no debe mirarse como un caso de corrupción más. No estamos hablando de un presidente que nombró a su compañero de universidad o a un familiar en un alto cargo del Estado con un generoso pago. Estamos hablando de una mujer que, sin la preparación adecuada y con el apoyo directo del propio presidente, pudo llegar a altos cargos dentro del Gobierno a manejar los hilos del Estado que, como ciudadanos de a pie, ni siquiera sabemos que existen.
Es hora de hacer un alto en el camino y mirar hacia dónde nos lleva y dónde nos deja este caso, porque no podemos seguir diciéndole a las nuevas generaciones, a los más pequeños, que el estudio, el sacrificio, el trabajo duro y el esfuerzo, son los que los llevarán lejos, cuando, desde el mismo Estado, les estamos demostrando con ejemplos claros, que no son esas las cualidades evidentes en quienes ocupan altos cargos.
Y no consiste en graduar a nadie en un comportamiento sentimental o íntimo, como justificación a sus alcances o logros. Consiste en ser claros en qué tipo de profesionales y personas queremos dentro de los liderazgos del Gobierno, como responsables de manejar el país. Porque tergiversar o invertir nuestros valores no es el camino que, como país, debemos seguir.




