Llegó la hora

Perdí la cuenta de cuántos insultos y descalificativos he leído en las últimas semanas en redes sociales. Mensajes con los que se atacan unos a otros, escondiendo la infamia detrás de la pantalla luminosa de un computador, una tableta o un celular. Agresiones bajo la simple premisa de que quien piensa diferente es ignorante o bruto, por el simple hecho de ser distinto. De creer distinto. De soñar distinto.
Perdimos el mundo de la decencia y le dimos paso al inframundo del odio, donde la irracionalidad alimenta la discusión política sin importar la esquina en la que nos ubiquemos. No hay que ir lejos. Basta sentarse frente a un ordenador para comenzar a leer el resentimiento y la agresividad con la que deshumanizamos al otro. Le quitamos su sagrado derecho a existir.
En la era de la estigmatización, los colombianos hemos caído en el juego de las bodegas de bots diseñadas para agredir, para humillar, para destrozar al rival. Convertimos en enemigo al vecino, al amigo, al familiar. No nos tomamos el trabajo de entender qué hay detrás de una idea; lo único que importa es que la nuestra es mejor. Y eso no se discute. Y punto.
Repetimos sin cesar discursos plagados de rabia, sin un respiro para analizar que quien los planeó o los dijo solo busca un voto que allane el camino para conquistar el poder.
Señalamos quién o quiénes son los culpables de una situación que todavía podría revertirse o agravarse. Claro que hay culpas y responsabilidades en muchos políticos del país. Sus mentiras y sus verdades a medias, en busca de aplausos enardecidos, logran su cometido. Repiten y repiten tantas inexactitudes y engaños que, al mejor estilo de Joseph Goebbels, jefe de la propaganda nazi de Hitler, convencen a sus seguidores de repetir sus mentiras y los convierten en verdaderas bombas de tiempo que están a punto de estallar.
Lo que no entendemos es que todos somos responsables. Así como leyó. Por acción u omisión, caímos en un juego que se asemeja a una espiral venenosa que se hunde cada vez más y nos lleva a tomar peores decisiones.
En 2018 pusimos en la Presidencia a Iván Duque, un hombre preparado en el papel, pero totalmente inexperto en el ejercicio real del poder. Lo increíble es que se enfrentó a candidatos con trayectoria y experiencia como Germán Vargas, Sergio Fajardo y Humberto de la Calle. Duque jamás dimensionó el estallido social de 2021, lo que fue caldo de cultivo para que Gustavo Petro aprovechara el inconformismo por una reforma tributaria impuesta a la brava, que se sumó a las protestas causadas por la desigualdad, el desempleo juvenil y la falta de educación, salud y oportunidades. La reacción policial desmedida agravó la crisis, aumentando la llama del discurso populista de Petro. Apenas salíamos de la pandemia cuando las protestas y la respuesta oficial dejaron decenas de muertos y cientos de heridos.
En 2022, para la segunda vuelta, se enfrentaron el izquierdista Gustavo Petro y el derechista Rodolfo Hernández, un millonario constructor que se hizo más famoso por cachetear a un concejal que por su trabajo como alcalde de Bucaramanga. Por primera vez ganó la izquierda, teniendo como protagonista a un guerrillero desmovilizado, algo que parecía imposible años atrás.
Presidentes no muy brillantes, escogidos entre las balas que años atrás asesinaron a figuras de lujo como Luis Carlos Galán o Álvaro Gómez, y procesos electorales dictados por la violencia y la corrupción. Nosotros permitimos esta realidad por no escuchar al otro. La misma realidad de la que hoy nos quejamos y culpamos a diestra y siniestra.
Somos, en parte, responsables de nuestra desgracia. Preferimos el fracaso del político elegido, así se lleve por delante nuestra golpeada democracia, antes que reconocer que nos equivocamos.
A este peligroso cóctel se agrega la abstención. Aunque en 2002 era de 53,55 % y para 2022 ya había bajado a 45,08 %, sigue siendo muy alta. Un poco menos de la mitad de los colombianos aptos para votar no ejercieron este derecho y permitieron que otros decidieran su futuro.
Este 2026 la amenaza pende con más fuerza sobre nuestra maltratada democracia. No sé si aguantemos un período más de subir la llama del odio visceral entre colombianos. En el siglo XX, no muy lejos, esto nos costó cientos de miles de muertos.
Nos empujan otra vez a escoger entre dos modelos extremos: el senador Iván Cepeda, sucesor de Gustavo Petro, y el polémico abogado Abelardo de la Espriella, quien se presentó en el programa “Los Protagonistas”, de Caracol Radio, con Gustavo Gómez, como el hijo rebelde del expresidente Álvaro Uribe, o el “Uribe del 2002, pero costeño y más bacán, con sentido del humor”. Cada vez se alejan más los extremos, se potencian los epítetos de desprecio hacia los contrincantes, se sube el volumen de la abominación.
Esto tiene que cambiar y es ahora. Este 31 de mayo, no se quede en la casa. Tómese un tiempo para disfrutar de la fiesta democrática y, con su voto, cambiar un panorama turbio, pero que de la mano de todos podemos devolver a la senda del bienestar y retomar una nación en la que la paz y la prosperidad sean la constante en nuestras vidas cotidianas y no simples palabras en panfletos de campaña que buscan adeptos. Son muchos más candidatos que Cepeda y De la Espriella. ¡Decida! Puede que nos equivoquemos, pero lo haremos participando y construyendo la autoridad moral que necesitamos para dar discusiones de fondo, sin importar que sea desde las redes sociales, pero con el cambio de tono que nuestra democracia se merece.



