Opinión

Primero Colombia

Juan Carlos Aguiar

Juan Carlos Aguiar

Periodista

La foto me hizo sentir vergüenza. Iván Duque, expresidente de Colombia, sonríe mientras posa de estadista —que evidentemente no lo es— junto al primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu. El encuentro no era oficial, ni mucho menos una representación de Colombia ante ese gobierno, pero es indecoroso, por decir lo menos, que un colombiano de tan altas dignidades —al menos por el cargo que ocupó— se reúna, con bombos y platillos, con un hombre que tiene orden de captura internacional por lo que hoy muchos califican de genocidio.

No se trata de cualquier delito: a Netanyahu lo investiga la Corte Penal Internacional (CPI) por crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos en Gaza. Está acusado de generar hambruna como si se tratara de un arma, además de asesinato, persecución y actos inhumanos durante la guerra, si es que así se le puede llamar a una masacre ordenada por él.

Duque no se caracteriza por ser el más acertado en el cuidado de las formas en el ejercicio de la diplomacia internacional. Basta recordar el ridículo que hizo en el Palacio de la Zarzuela, en Madrid, cuando le dijo al Rey de España, Felipe VI, sin asomo de pena: “le mandó muchos saludos su gran amigo el presidente Uribe, lo quiere mucho”. Hágame el favor, “lo quiere mucho”; lo dijo como si se tratara de un adolescente entregando un mensaje en el pasillo del colegio. Nada más alejado de la forma en la que debe actuar un presidente, porque para aquella oportunidad ya había sido elegido. Y remató su mensaje agregando: “también, ¿sabe quién le mandó muchos saludos? El presidente Pastrana”.

Pero esta fue la opción que en su momento elegimos los colombianos. Y ya sabemos cómo terminó: con el triunfo de Gustavo Petro ante el descontento de un importante sector que sentía una total desconexión entre el inquilino de la Casa de Nariño y los menos favorecidos. Las protestas en el gobierno de Duque, que terminaron en violentos disturbios en los que muchos jóvenes —uno solo ya es mucho— perdieron sus ojos por las acciones de la policía antidisturbios, le pasaron una muy costosa factura a la derecha política del país que hoy pagamos todos los colombianos. Y Duque ni se inmutó por controlar los desmanes de la policía o exigir respeto por los manifestantes, que en su inmensa mayoría ejercían su derecho a la protesta garantizado por la Constitución de Colombia.

Y digo pagamos, porque si en algún momento pensamos que con Duque habíamos tocado fondo, se comprobó que la Ley de Murphy existe y que, si teníamos una situación mala, esta era susceptible de empeorar. Y sucedió. Llegó Gustavo Petro.

El ahora jefe de Estado está llevando a Colombia a un camino que podría no tener retorno. Primero, desde su incontrolable cuenta de X, peleó con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, algo muy peligroso para la estabilidad económica de Colombia. El gigante del norte no solo es el principal socio comercial de nuestro país, sino la primera potencia económica y militar del mundo. Las Fuerzas Militares estadounidenses son superiores a las pertenecientes a las otras nueve naciones que siguen en la lista: China, Rusia, Alemania, India, Reino Unido, Arabia Saudita, Francia, Japón e Italia. ¿Alguna otra razón para no pelear con el Tío Sam?

Petro también rompió relaciones diplomáticas con Israel, perjudicando una conexión histórica. El pueblo de Israel es mucho más que Benjamin Netanyahu, y las exportaciones de carbón son las más afectadas, restándole un importante ingreso de dinero a Colombia. Además, el 74 % de los israelíes piden que se termine la guerra en Gaza.

Las disputas de Petro han ido más lejos, afectando sustancialmente las relaciones con países amigos, al pelear con los presidentes de Argentina, Javier Milei, y de Perú, Dina Boluarte.

Pero de todo esto lo más grave es el apoyo que le ha prestado en las últimas semanas a Nicolás Maduro, por quien Estados Unidos ofrece una recompensa de 50 millones de dólares, acusándolo de ser el jefe del Cartel de los Soles. Aunque Petro no lo ha reconocido oficialmente como presidente de Venezuela, tras las elecciones en las que fue derrotado por Edmundo González, el mandatario colombiano prefirió alinearse con Maduro luego de que Estados Unidos moviera una gran fuerza naval, perteneciente al Comando Sur y a la Cuarta Flota, hacia el Caribe suramericano, bastante cerca de Venezuela, para combatir el tráfico de drogas ilegales.

Con todos los problemas internos y externos que ya tiene Colombia, nada más errado que enfrascarse en una nueva disputa con el presidente Donald Trump. Colombia históricamente ha sido el principal aliado de EE. UU. en la región. Ahora, cuando el ocupante de la Casa Blanca maneja sus relaciones con garrote y zanahoria, siendo el garrote la imposición de aranceles a los países que considera contrarios a sus deseos, el gobierno colombiano no puede exponerse a una represalia de esa índole. Sería un golpe certero a las pequeñas, medianas y grandes empresas nacionales que exportaron a EE. UU., solo en 2024, más de 13 mil millones de dólares. Cuánta falta le hace al país que tanto el presidente en ejercicio como todos los expresidentes se alineen a una sola voz para defender los intereses nacionales. Que sus disputas personales no interfieran en el crecimiento económico de Colombia. Es el bienestar de millones de colombianos el que se pone en juego cada vez que Petro o Duque, por mencionar solo dos de los principales actores políticos del país, anteponen sus caprichos para lograr titulares de prensa escandalosos que, incluso en medio de la dictadura de las redes sociales, aumentan la polarización rampante que nos consume y amenaza con degradarnos cada día más como sociedad. Es hora de pensar primero en Colombia.

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