Opinión

¡Que viva la música!: cuando un libro convierte a Cali en memoria, ritmo y literatura

Juan David Rincón Galindo

Juan David Rincón Galindo

Comunicador Social y Periodista
Especialista en Periodismo Deportivo
Socio ACORD – Tolima
Director Tolima Online

Hay libros que uno lee y después olvida. Y hay otros que, muchos años después, siguen sonando en la memoria como una canción. Para mí, ¡Que viva la música!, de Andrés Caicedo, pertenece a esa segunda categoría.

Por eso la reciente controversia alrededor de Sergio Esteban Vélez, director del Instituto Caro y Cuervo, me llevó inevitablemente a regresar a sus páginas. En videos difundidos desde las cuentas oficiales del Instituto, Vélez relacionó la rebeldía de Caicedo y su rechazo a las normas con su trágico desenlace, calificando su autodestrucción en términos morales. Sus declaraciones generaron cuestionamientos de escritores, académicos y lectores, especialmente por el uso de canales institucionales para expresar esa interpretación personal.

Leer a Caicedo es regresar a Cali. Es caminar por sus calles, escuchar rock y salsa, reconocer una ciudad contradictoria y descubrir que la literatura también puede hablar con el lenguaje de los jóvenes, de la noche, de la música y de la rebeldía. La novela, publicada en 1977, convirtió a Cali en un personaje y a María del Carmen Huerta en una protagonista que atraviesa mundos sociales y culturales diferentes. Y esa obra trascendió. La Biblioteca Luis Ángel Arango registra que se convirtió rápidamente en un símbolo para los jóvenes y que posteriormente fue publicada en Italia. Además, llegó al inglés en una traducción de Frank Wynne, quien contó que necesitó años para descifrar la jerga caleña, las referencias musicales y el lenguaje de aquella época. Wynne llegó a recomendar que Caicedo fuera leído nuevamente en diferentes momentos de la vida.

Por eso considero que Caicedo ocupa un lugar fundamental en la literatura vallecaucana y colombiana. Su obra rompió con buena parte de las miradas tradicionales y llevó a la narrativa una Cali urbana, musical, juvenil y profundamente propia. Estudios académicos han destacado precisamente la presencia del rock, la salsa y las subculturas juveniles en la novela.

Para mí, sin embargo, hay una historia todavía más importante.

En 1991, cuando estudiaba en el Colegio San Antonio María Claret de Cali, tuve al profesor Drigelio Aroca Cocuy enseñándonos español y literatura. Con el paso de los años comprendí que aquellos profesores que consiguen despertar la curiosidad por un libro dejan una huella mucho más profunda de lo que imaginamos cuando somos estudiantes.

Por eso hoy reivindico algo tan sencillo y poderoso como leer.

Leer a Caicedo no significa imitarlo. Tampoco significa justificar cada decisión de su vida. Significa acercarse a una obra, conocer su contexto, descubrir sus virtudes, discutir sus contradicciones y sacar nuestras propias conclusiones.

Quizás ahí esté la verdadera enseñanza: un libro no necesita ser una lección moral para ser una gran obra literaria.

Y cada vez que vuelvo a ¡Que viva la música!, también regreso a Cali, a mis años de colegio y a las clases de mi gran maestro, amigo, formador y director de Once B, Drigelio, quien nos defendía a capa y espada contra el que fuera.

A veces un maestro no sabe exactamente qué semilla está sembrando.

Pero décadas después, uno descubre que aquella semilla sigue viva.

Y que, como en la novela de Caicedo, todavía hay razones para decir: que viva la música y que viva la lectura.

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