Tocar fondo para recordar quien eres

El cartón crujía bajo su espalda, las gotas de lluvia rodaban por sus mejillas. La calle era dura, la luna era su techo y la soledad su compañía. Seis años habían pasado desde que cruzó la frontera, dejando atrás a su familia, su madre, sus amigos y su hogar. Su cuerpo estaba débil y delgado, sus manos lastimadas; un par de dientes perdidos en peleas y su ojo izquierdo empezaba a ver oscuridad. Esa noche, fue más agotadora y fría que de costumbre, pero estaba tranquilo, porque en la siguiente mañana ya no habría más dolor. La decisión ya estaba tomada.
El 30 de agosto de 1984 en Valencia, Venezuela nace Rubén. Su hogar, a simple vista parecía como cualquier otro. Rodeado de lujos, colegios de buen nombre, ropa de marcas muy reconocidas y sus clases de piano que nunca faltaban. Una familia en apariencia perfecta, pero en el fondo algo estaba lastimando su corazón. Su padre, el hombre que debía protegerlo, le dejó un dolor imborrable…
El abuso no solo dejó heridas físicas. De igual manera, causó en él una confusión durante mucho tiempo. Su padre le hacía creer que el abuso que estaba viviendo era normal entre padres e hijos y creció con esta idea, con el peso del silencio de una infancia diferente.
El tiempo pasó y la misma vida le fue ofreciendo escapes a estos recuerdos dolorosos. Asus 20 años conoció el mundo de las discotecas, la vida nocturna, el alcohol y las drogas.Este entorno lo satisfacía , la sensación de libertad que le permitían sentir estos narcóticos. “La sensación de la primera vez fue como un éxtasis, algo inexplicable. Creo que se activan todos los sentidos” dice Ruben, mientras se palpa los bolsillos con ademanes ansiosos. Le hacían olvidar aunque fuera por un momento el eterno dolor que llevaba consigo. Después de todo, estás sensaciones se iban al siguiente día. Luego, todo era vacío.
Su adicción fue escalando. Ya no eran solo las noches, ahora era su día a día. Sus padres dejaron de darle dinero creyendo que de esta forma no podría entrar más en ese mundo,pero las adicciones son más fuertes de lo que pensamos. Rubén, debido a la falta de dinero y en su intento desesperado por seguir brindándole estás sustancias que su cuerpo pedía, comenzó a robar a sus padres.
Robaba objetos de lujo, instrumentos, joyas de su madre y todo lo que pudiera encontrar de valor. Con los años empezaron a ser objetos más costosos. Cuando iba a cumplir treinta años sus padres se cansaron de la situación y se vieron obligados a pagarle la renta en un pequeño apartamento. Le seguirían suministrando mensualmente lo indispensable para vivir y naturalmente estarían siempre atentos a él.
Al ser una convivencia tan difícil, la mejor opción era que tuviera su espacio. Pero lo que parecía una oportunidad para rehacer su vida y adquirir responsabilidades fue totalmente diferente. Al principio, era un lugar de refugio para él. Sus amigos le visitaban y lo felicitaban por su independencia y de paso consumían estas sustancias con él con el tiempo para ellos este sitio se convirtió en su lugar de ir a consumir, ya no era la visita a su amigo Ruben, ahora este espacio estaba destinado solo para eso.
Esporádicamente llegaron amigos de sus amigos, hasta que empezaron a llegar personas que incluso no conocía. Poco a poco su hogar se transformó en una olla, un sitio donde las drogas y la desesperanza se mezclaban en cada rincón. Sus vecinos se quejaban. Era un lugar sin reglas y al parecer el tiempo dejó de existir allí.
Una vecina suya le pidió ayuda para afrontar una situación compleja: ella debía viajar a Colombia a ver a sus nietos, puesto que la madre de ellos murió debido a un cáncer terminal. El padre de los niños también había muerto tras caer de un séptimo piso. Los nietos de la vecina habían quedado huérfanos. Aunque eran ya unos adultos jóvenes, necesitaban compañía. Rubén vio está oportunidad una razón para moverse. Aunque, en el fondo ni él conoce el propio motivo de esta decisión.
“ El motivo del viaje a Colombia es un misterio. A lo mejor, mi subconsciente ya sabía lo que me esperaba, pero yo nunca planeé eso”, comentaba Rubén . Su amiga no tenía recursos para viajar a Colombia, así que Rubén decide hablar con su hermana quien siempre además de sus padres ha suplido las necesidades económicas que pueda tener Ruben. El logra convencer a su hermana de que le permita acompañarla y así mismo asumir los gastos de ambos que este viaje conllevaba. Logra cumplir su objetivo y es este apenas el inicio del verdadero sumergimiento de Rubén en las calles.
Al emprender este viaje, llegan directamente a Fusagasugá, ciudad jardín de Colombia. Un lugar muy tranquilo, con gente amable y noble, dispuestos a ofrecer la ayuda a otros. Allí era donde vivían sus nietos, Rubén vivió algún tiempo con ellos hasta que su amiga cuyo nombre es Gertrudis Castillos, más conocida como “Linda” decide emprender un nuevo viaje junto con sus nietos a Perú. “ Me dejaron solo. Lo que “Linda” alegaba era que se escapaba de sus manos ayudarme allá. Ella me pidió perdón, pero de verdad no tengo nada que decir. Ella me asistía en Venezuela cada vez que caía en las drogas”, comentaba Rubén .
Fue entonces cuando Rubén empieza a vivir solo y a deambular por las calles de Fusagasugá. En Venezuela, solo por días había experimentado vivir en la calle. Puesto que, siempre su familia le acudía rápidamente.” Vivía en la calle pero muy poco tiempo cuando me escapaba, porque mi familia me asistía rápidamente, me llevaban a lugares especiales. Rodeado de lujos, lugares costosos. Pero bueno chico, ya sabes no sirvió de nada”, Expresa Rubén con el acento que lo caracteriza. Es en esta nueva ciudad cuando vive la realidad de la soledad y de la condición de calle.
Rubén en esta nueva etapa en la que se encontraba, sin la ayuda de nadie, comienza a pedir limosna, para conseguir el dinero para su consumo. Luego comienza a observar que la mayoría de habitantes de calle en Fusagasugá vivía del reciclaje. Decide aprender acerca del reciclaje para poder cubrir los gastos que su adicción le pedía.
Así comenzó su nueva vida, rebuscando entre los desperdicios de la basura, aprendiendo a distinguir entre lo que podría vender y lo que no. Empezó a comprender los códigos de quienes vivían en la sombra de la ciudad. Sin embargo, en él siempre hubo algo diferente, él no fue nunca como las demás personas de calle y eso las personas lo podían notar.
Fue así como con su personalidad, se fue ganando el cariño de muchos fusagasugueños con el tiempo. A pesar de ver en sus ojos tristeza, su mirada perdida y su aspecto un poco deteriorado por las condiciones en las que vivía, se notaba su su noble corazón y por su historia, él no venía de cualquier lugar. Todo aquel que lograba tener una conversación con él, podía darse cuenta que era una persona diferente a lo que acostumbraban a tratar.
Él nunca perdió aquella esencia que siempre lo destacó, ante todo nunca olvidó que fue un hombre con lujos, con educación acompañado siempre de su piano y su melódica voz. Su pasado contrastaba con su presente completamente, que cuya persona que lo conociera no podía evitar sentir empatía por él.
“ Me fui ganando poco a poco el corazón de las personas del lugar. Hasta el punto que una gran parte me aceptaba en sus hogares, mi proceso aunque fue doloroso fue lleno de mucho amor por parte de los lugareños, he llegado a la conclusión de que no he conocido gente más noble que los Colombianos. Tuve la dicha de que si me enfermaba tenía medicina segura, si tenía hambre tenía arepa o hamburguesa segura, si quería conversar tenía a mi gran amigo Javier Silva que siento que es parte de mi vida”, expresaba Ruben con nostalgia.
Ruben logra hacer muchos amigos en esta pequeña ciudad quienes están muy agradecidos de conocerlo y nunca haberlo juzgado por su apariencia “ Uno lo veía bajar por el barrio con su talego en la espalda, siempre se acercaba y yo le regalaba dos panecillos. Me daba tristeza que estuviera tan delgado”, comenta Rigo con agrado, el panadero del barrio Tejar.
“A Ruben le vi por primera vez una mañana en la que tomaba tinto en la panadería de la esquina, marchaba afanado con un costal en sus hombros ataviado de reciclaje, caminaba como si fuera tarde, cantaba alguna canción que ya no recuerdo, estaba extremadamente delgado y con ropas ajadas un poco sucias , y así pasó varias veces hasta que su cara se me hizo familiar.
Una noche escuché sonidos raros y me asome en el balcón y era Ruben con sus tarros reciclados .lo vi buscando colillas en el piso y fue entonces cuando le ofrecí un cigarro y así empezó una amistad muy azarosa y espiritual, logrando ver al ser humano que sufre tras de una adicción y su locura.” Expresa Javier Silva, el amigo mas cercano de Rubén.
Sin embargo, la dureza de la calle no tiene perdón. En sus últimas estadías por las calles de Fusagasugá, se encontraba muy débil, estaba cansado, agotado de aquella vida que tenía. Es entonces, cuando decide comunicarse con su familia e inmediatamente llegan por él. No le dió ni tiempo de despedirse de todos sus amigos, pero la decisión estaba tomada.
Una tarde llega su amigo Javier Silva del trabajo, al entrar en el barrio donde vive él y donde más transcurría Rubén, una vecina se acerca y le dice que Rubén le dejó una nota, le entrega ese pedacito de papel donde le decía que ya se había marchado con su familia y un número telefónico con el indicativo de Venezuela, con el que se podría comunicar con el. “El a veces perdía la esperanza de salir de ese mundo, me decía, lo único que quiero es soplar y soplar como el viento en invierno, y un día de estos no despertar jamás. El orgullo que siento por el, es inexplicable.” Javier Silva
Aunque fue difícil para Rubén los primeros meses controlar la abstinencia, ha logrado durar casi un año sin volver a consumir. Llegó a Venezuela y al poco tiempo de estar recuperándose su madre falleció y su padre ya había muerto hace unos años. “Se que está tranquila, por qué su deseo fue que no volviera a consumir y así lo hace, dure 20 años exactos en esta lucha y la muerte de mi padre me ayudó a aliviar el dolor intenso que sentía en mi” Rubén.
El principio del fin de esta adicción es la parte más compleja para él. Los primeros días,los cuales son los más difíciles de sobrellevar, estuvo encerrado en una casa de alquiler que su hermana de nuevo le consiguió. Allí tenía solo su cama, mucha comida y su viejo amigo, el piano. El mismo quiso obligarse a permanecer en este aislamiento para evitar posibles recaídas..
Este nuevo hogar, aunque humilde y silencioso, se convirtió en su refugio. Desde el primer día Ruben se dedicó a sanar su cuerpo y su mente. Mejoró su alimentación, en tan solo 15 días ya ha aumentado a gran escala su peso. Se veía y se sentía totalmente diferente. Retomo viejos acordes que creía nunca más recordar y dejó que la música fuera su voz en el silencio.
Aunque esta casa no era de su propiedad quiso renovarla. Se convirtió en un reflejo de su proceso interno. Con brochas prestadas y pintura, empezó a renovar las paredes desgastadas, como si con cada brochazo renovará también su alma. Una vez terminó los arreglos, aumentó su peso, decidió salir después de tanto tiempo. En compañía de su hermana, fueron al salón de belleza y cortó finalmente sus largos crespos, cambió su look, en el dentista reemplazan los dientes que le faltaban, ya era una persona completamente diferente.
“Al principio fue duro, no te voy a mentir. Estar solo, lejos del ruido y de todo lo que conocía, dolía más de lo que imaginaba. Pero también sabía que si quería vivir de verdad, tenía que aguantar. Era mi decisión, nadie más podía hacerlo por mí.” Comentaba Rubén con sus ojos cristalizados
Rubén volvió a la música y a su fiel compañero el piano. Ahora tiene un restaurante y desde entonces no ha vuelto al consumo. Es un hombre completamente diferente que conoce el abismo pero también el valor de una segunda oportunidad de volver a empezar. La vida de una persona puede cambiar si así lo decide.





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