48 reales, pero no impolutas

Las llamadas “mariposas amarillas” de Gustavo Petro, que al parecer son unas 48, siguen apareciendo en medios para contar sus historias. Mujeres dedicadas al oficio más antiguo de la historia y que han sido pagadas, al menos los últimos cuatro años, con recursos del Estado, de todos, han buscado cómo acercarse al nuevo gobierno y contar lo vivido junto al anterior presidente de Colombia.
Parece que el cambio de jefe de Estado, el pasado 7 de agosto, ocasionó que el miedo y el arrepentimiento afloraran en muchas de ellas. Después de años de beneficiarse con contratos del Estado, decidieron apelar a sus principios y valores y, como pudimos verlo en la entrevista que le hizo Vicky Dávila a Deicy Jiménez el fin de semana, traicionar a quien era su proveedor o pareja sentimental, porque así llegaron a verlo, a pesar de saber su real situación.
Debo decir que, en este caso, no estoy de acuerdo con lo que argumentan algunos frente a la instrumentalización de estas mujeres. Por primera vez, apoyo aquella frase de las feministas que usan en errados frentes y que sí obedece a lo que ocurre con estos casos: “Mi cuerpo, mi decisión”. Si a esas mujeres les pareció correcto vender su cuerpo para obtener beneficios o contratos, porque eso fue lo que hicieron así queramos ponerle otro nombre, estaban en libertad de hacerlo. Como estaban en libertad de buscar otras opciones menos riesgosas, más éticas con ellas mismas, con el país y no lo hicieron.
Celebro que haya llegado el día en que se dieron cuenta de que aquello que hacían no estaba bien, que era incorrecto y hasta ilegal, pero no podemos caer en el juego de comernos el cuento que son ‘pobrecitas’ y que lo hacían porque no tenían otra opción. Es cierto que nuestro país atraviesa dificultades, carece de opciones para todos y, en muchas ocasiones, no ofrece las soluciones que necesitamos, pero dedicarnos a delinquir bajo el modelo que sea, es una decisión que toma cada quien. Y cada uno de nosotros debe estar en capacidad de responder por nuestros actos.
Igual sucede con todas aquellas mujeres que estuvieron junto al poder, lo aprovecharon y, ahora que sienten “pasos de animal grande” por todo lo que puede destaparse ante el cambio de gobierno, deciden hablar y contar la cantidad de delitos que presenciaron en silencio y a los que les sacaron partido. Porque desde el primer momento en que usted sabe que se infringe la ley y no dice nada, usted se convierte en cómplice. Y cuando hablo de “decir” lo hago pensando en el calor del momento, cuando alguien es testigo de que se comete un delito y es capaz de enfrentarse al delincuente o infractor para pedirle que no lo haga, que deje esas actividades y recobre el cauce. Al no ser escuchado, su deber como testigo es acudir a las autoridades.
Infortunadamente, lo que pasaba en esta red era contrario. Los delitos se cometían y lo que hacían quienes los presenciaban era callar, porque no iban a correr el riesgo de perder el trabajo que, sin ningún mérito profesional, habían conseguido. Además, estas mujeres evidenciaron que su capacidad para hacer que el bien general prime sobre el particular, es inexistente. Todas ellas sabían que lo que pasaba, lo que presenciaban era ilegal e inmoral y no les importaba. Podríamos casi que jurar que, para ellas, “el fin justifica los medios” y, por eso, decidieron aprovechar la oportunidad y continuar con la estafa que perpetraban al país. Ellas son tan responsables de toda esa corrupción, como el propio delincuente que la incentivaba.




