¿La historia se repite? El fantasma de Laureano vuelve a Colombia

La llegada a la Presidencia de Abelardo de la Espriella, con el respaldo del Movimiento de Salvación Nacional, fundado por Álvaro Gómez Hurtado, hijo de Laureano Gómez, no es una simple coincidencia.
Fundado en 1990, el partido político de la familia Gómez, parece estar devolviendo al país al oscurantismo de los años cincuenta, cuando, durante la presidencia del patriarca, desde los púlpitos y mediante la fuerza de las armas del Estado, se intentó someter al país a una visión jerárquica del orden social, a una férrea defensa de los valores tradicionales que restringían derechos fundamentales y a una concepción autoritaria del Estado.
Antes de que Laureano Gómez fuera reemplazado por el único dictador que ha tenido Colombia, el general Gustavo Rojas Pinilla, mediante un acuerdo entre todos los sectores políticos de la época incluido a su vicepresidente, Roberto Urdaneta Arbeláez, la violencia partidista y las restricciones a las libertades civiles habían escrito el que sería su vergonzoso legado que hoy sus descendientes tratan de limpiar incluso, descolgando obras de arte de los muros del Museo Nacional.
Las elecciones adelantadas que desembocaron en su llegada a la jefatura del Estado, el 27 de noviembre de 1949, estuvieron rodeadas de un ambiente de desasosiego y sospecha. Dos días antes de los comicios, el candidato presidencial del Partido Liberal, Darío Echandía, sufrió un atentado en el que asesinaron a su hermano Vicente. El hecho contribuyó a que Echandía retirara su candidatura, dejando el camino libre para que Gómez llegara a la Casa de Nariño como candidato único.
El 9 de abril de 1948, apenas un año y medio antes, el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, durante el gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez, había sumido al país en una de las etapas más violentas de su historia republicana. Con el paso de los días, los discursos pronunciados desde los púlpitos contribuyeron a profundizar las divisiones, mientras la violencia se extendía desde las ciudades hacia los campos de distintas regiones del país. Allí eran frecuentes las confrontaciones a muerte entre liberales, conocidos popularmente como cachiporros o rojos, y conservadores, llamados godos o azules.
El discurso de quien era el candidato conservador a suceder a Ospina Pérez, resulta en extremo parecido al que ahora utiliza su nieto, Enrique Gómez Martínez, actual director del Movimiento Salvación Nacional. Aunque, a diferencia de su sobrino, las duras críticas de Laureano Gómez iban dirigidas al liberalismo, los discursos y escritos de ambos, utilizan un lenguaje fuertemente confrontacional, en escenarios de confrontación política que, tanto entonces como ahora, ya tienen consecuencias violentas.
Era de esperarse que la llegada de Laureano Gómez al poder profundizara la guerra civil, lo cual sucedió con la aparición de los chulavitas, policías conservadores con licencia para asesinar a diestra y siniestra, y los pájaros, grupos paramilitares protegidos por el gobierno, vinculados a la persecución y violencia contra adversarios políticos liberales.
No resulta extraño que al excesivo uso de la fuerza armada le siga la censura a los medios de comunicación para que no exhiba los medios que justifican los fines de los gobiernos autoritarios. El mismo mes de su llegada al poder, el periódico El Tiempo, informaría en su portada que su edición había sido censurada por el gobierno de Laureano Gómez, y que no podía informar libremente sobre la muerte de Vicente Echandía, hermano de quien era su contrincante liberal. Este mismo mes, Luis Cano, director de El Espectador, renunció cuando las autoridades también impidieron su circulación.
La llegada de El Tigre a la Casa de Nariño ondeando las banderas del movimiento de los descendientes de Laureano Gómez que aún mantienen vivas sus ideas, más que un hecho aislado corresponde a una coincidencia con las ideas que llevaron a que los políticos de la época lo considerarán una amenaza para la estabilidad del país prefiriendo reemplazarlo por un dictador.
El escaso respeto que ha demostrado De la Espriella por los derechos humanos, las libertades individuales, la libre expresión y el sometimiento del poder a la Constitución y la ley alimenta la preocupación de quienes advierten el posible regreso de rasgos del oscurantismo laureanista. Frente a ese escenario, resulta legítimo preguntarse si una alianza entre los distintos partidos políticos, como la que contribuyó a poner fin al gobierno de Laureano Gómez mediante el golpe militar de 1953, podría frenar una deriva autoritaria.




