Historias

Anécdota viajera: Un tren, no llamado Deseo

Annie Navia

Arquitecta de profesión, viajera por vocación y soñadora a tiempo completo. Creo en el viajar como parte del aprendizaje sobre otras culturas. Escribo solo para recordar y compartir aquellas experiencias que enriquecen mis viajes y alimentan mi vida.

Era nuestro primer día en África, comenzábamos un viaje por Marruecos y conocer una nueva cultura nos llenaba de emoción. Esa noche tomaríamos un tren nocturno desde Tánger a Marrakech.

Marruecos – Foto Annie Navia

Pero lastimosamente los percances que acompañan a cualquier viajero no se hicieron esperar, y al llegar a la estación nos dimos cuenta de que el tren estaba retrasado y había muchísima gente que al parecer tenían nuestro mismo itinerario.

Después de un par de horas de espera y de estar en una sala atiborrada de lugareños y turistas, anunciaron su llegada.

El tren se estacionó, abrieron las puertas, y todo el mundo salió en estampida para subirse lo más pronto posible. De repente prevalecía la ley del más fuerte; se empujaban unos a otros intentando entrar por las pequeñas puertas y hasta por las ventanas. Nosotros un poco aterrados (tal vez “asustados”, sea la palabra) tomamos un poco de distancia y decidimos no caer en ese juego… muy civilizadamente (e ingenuamente) pensamos que seguro habría un lugar para nosotros al subir.

¡Que equivocados estábamos!  Todos los compartimientos estaban ocupados y tuvimos que conformarnos con sentarnos en el piso de un estrecho pasillo.

Era una noche fría, así que las ganas de entrar al baño no se hicieron esperar. ¡Tenía que ir! Atravesé el vagón, abrí la puerta y entré. Fue toda una experiencia, pues no estaba preparada para tanto protocolo: Primero que todo tuve que doblarme el pantalón para que no se me mojara, pues el piso estaba cubierto por una sutil mezcla de agua, orín y mierda que le dieron un toque bastante trascendental a mi currículo de baños. Una vez doblado el pantalón, debía buscar de donde agarrarme, pues por el zarandeo del tren temía terminar en el piso, cuya idea no era nada alentadora. El problema es que las paredes tenían el mismo acabado de los pisos, así que en ese caso correr el riesgo del equilibrio fue mi mejor opción. Por último, al salir debía ir arrastrando los pies para limpiar mis zapatos. Arrastrarlos por aquel pasillo que nos había acogido y donde al día siguiente seguro se sentarían otros infelices que como nosotros se quedarían sin puesto.

Así y todo, tuve que entrar otras 2 veces más.

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