Basta de Desprecio

Los seres humanos llegamos a este mundo con un único propósito: ser amados. Nada más. Por eso nacemos tan bien provistos para el llanto. Lo sabe cualquiera que haya sido madre, padre, o haya sostenido alguna vez entre sus brazos a un recién nacido.
Por eso también, lo peor que puede ocurrirnos es el desprecio.
A pesar de ello, nos hemos organizado en torno a sistemas de valores que facilitan el desprecio e, incluso, lo normalizan. Es así porque, como en una fábula, nos creímos que unos seres humanos son más valiosos que otros. Que hay quienes son más bellos, más inteligentes, más importantes. Y así, con ese falso pedestal como excusa, nos creemos con derecho a señalar, juzgar, ridiculizar al otro: por feo, por torpe, por no encajar.
No solo nos herimos en los campos de batalla que salpican el planeta; también lo hacemos en el hogar, entre amigos y en las redes sociales.
La situación política, económica y social del mundo exige que desarmemos esas ficciones. Todos, sin excepción, llegamos a este mundo con el mismo llanto y la misma hambre de cuidado y ternura. Nadie vino aquí a ser evaluado, ni corregido, ni puesto en fila según méritos imaginarios.
Vinimos a ser queridos. Y cuando eso ocurre —cuando el amor, la empatía y el respeto nos alcanzan—, algo se acomoda. En cambio, cuando nos desprecian, lo contrario sucede: se instala el caos.
Quizás la única revolución que hoy valga la pena sea un acto de bondad.



