Colombia, un solo corazón: entre los escombros también nació la esperanza

Hay tragedias que dejan ciudades heridas, familias destrozadas y recuerdos que ningún colombiano podrá borrar. Pero hay tragedias que, al mismo tiempo, consiguen sacar de nosotros algo que parecía haberse perdido entre tanta división: la capacidad de mirarnos como hermanos.
El terremoto que sacudió a Colombia el pasado 10 de agosto nos dejó un país de luto. Detrás de cada cifra hay un nombre, una historia, una familia, un sueño que quedó suspendido entre los escombros. Hay padres que ya no regresarán a casa, hijos que quedaron esperando, parejas que fueron encontradas abrazadas y familias enteras que desaparecieron en cuestión de segundos.
Por eso, antes de hablar de reconstrucción, debemos hablar de memoria.
Debemos rendir homenaje a Lenny, que hasta el último momento estuvo junto a su amado perro. A las familias que se perdieron completas. A esos padres que murieron dejando a sus hijos huérfanos. A quienes tenían planes para casarse, para conocer a sus nietos, para volver a casa después del trabajo. A quienes tenían una vida por delante y la tierra les arrebató ese mañana.
Pienso también en la familia de las trillizas, en quienes perdieron a sus padres y tuvieron que enfrentarse de golpe a una ausencia imposible de comprender. Pienso en Juan Felipe, en sus sueños, en el hijo que lo esperaba, en la boda que ya no llegará. Pienso en cada madre, cada padre, cada hermano, cada abuela y cada niño que hoy debe aprender a vivir con una silla vacía.
A todos ellos: Colombia no los olvida.
Pero en medio de esa oscuridad ocurrió algo extraordinario.
Cuando todavía se escuchaban los ecos del desastre, miles de colombianos comenzaron a moverse.
Unos llegaron con palas. Otros con camillas. Otros con agua. Algunos llevaron alimentos, café, almuerzos y bebidas calientes para quienes trabajaban durante horas entre los escombros. Hubo personas que abrieron las puertas de sus casas, conductores que transportaron ayudas, empresarios que donaron recursos y ciudadanos que simplemente preguntaron: “¿Qué puedo hacer?”
Y esa pregunta, tan sencilla, se convirtió en una cadena de solidaridad.
También llegaron nuestros héroes de cuatro patas.
Perros rescatistas que entraron donde nosotros no podíamos entrar, que olfatearon entre toneladas de concreto buscando una señal de vida, que trabajaron junto a sus guías mientras Colombia entera contenía la respiración esperando un milagro.
A esos perros y a quienes los entrenaron, cuidaron y guiaron: gracias.
Gracias también a nuestros bomberos, policías, soldados, organismos de socorro, médicos, enfermeros, voluntarios, ingenieros, psicólogos y rescatistas. A quienes estuvieron horas y días bajo el sol, el cansancio y el dolor.
Y gracias a quienes llegaron desde otros países.
Los Topos Azteca de México, que se encontraban trabajando en Venezuela y decidieron venir a Colombia al conocer la magnitud de nuestra tragedia, son un hermoso ejemplo de que cuando la vida está en peligro, las fronteras dejan de importar.
También debemos reconocer la solidaridad internacional que ha acompañado a Colombia. Países, organizaciones y personas de distintas partes del mundo han enviado recursos, equipos y ayuda humanitaria.
Y aquí quiero detenerme en algo que considero fundamental.
No miremos solamente lo malo
En Colombia tenemos una costumbre peligrosa: podemos pasar días enteros buscando aquello que salió mal, señalando al adversario y convirtiendo incluso una tragedia en una batalla política.
Claro que debemos vigilar. Claro que debemos exigir transparencia. Claro que cualquier error debe señalarse y cualquier recurso público debe ser protegido.
Pero no podemos permitir que nuestras diferencias ideológicas sean más grandes que nuestro amor por Colombia.
En medio de esta emergencia también debemos ser capaces de reconocer aquello que se está haciendo bien.
El Gobierno Nacional ha estado presente en los territorios afectados. El Presidente ha recorrido municipios y ciudades golpeadas por el terremoto junto con miembros de su gabinete, gobernadores, alcaldes y organismos de socorro. La Primera Dama ha acompañado y liderado iniciativas para movilizar ayuda humanitaria hacia las zonas afectadas.
El Gobierno también ha puesto en marcha mecanismos para atender a los damnificados y avanzar en la reconstrucción.
¿Significa esto que todo está perfecto?
No.
Significa que en una tragedia de semejante magnitud también debemos ser capaces de reconocer los esfuerzos que están funcionando.
Porque criticar cuando corresponde es sano para una democracia. Pero reconocer cuando algo se hace bien también lo es.
No podemos convertir cada muerto, cada casa destruida o cada persona damnificada en un argumento para atacar al que piensa diferente.
Hoy no debería existir izquierda ni derecha.
Hoy debería existir Colombia.
Hoy la bandera debería ser más grande que cualquier partido político.
Hoy deberíamos recordar que el terremoto no preguntó por quién votamos.
Los escombros no preguntaron qué ideología teníamos.
El dolor no preguntó a qué partido pertenecíamos.
Entonces, ¿por qué nosotros sí seguimos haciéndolo?
Mujeres que lideran en medio de la tragedia
En medio de esta emergencia también vale la pena detenernos en aquellas mujeres que han demostrado que el liderazgo no necesita estridencias, sino carácter, sensibilidad y capacidad de trabajo.
Quiero hacer un reconocimiento especial a Nubia Carolina Córdoba, gobernadora del Chocó, una mujer joven que ha asumido esta emergencia con una enorme tenacidad.
El Chocó es un departamento que históricamente ha enfrentado enormes dificultades y necesidades. Por eso resulta especialmente valioso ver a una gobernadora trabajando incansablemente por su gente, coordinando esfuerzos y articulando acciones con el Gobierno Nacional y con la Primera Dama para que la ayuda llegue a quienes más la necesitan.
Su gestión nos recuerda algo importante: cuando se trata de salvar vidas y reconstruir un territorio, las diferencias políticas no deberían convertirse en barreras.
También debemos reconocer el trabajo de los alcaldes de las ciudades y municipios afectados, de la gobernadora del Tolima, de la alcaldesa de Ibagué y de tantos mandatarios locales que han puesto sus equipos y recursos al servicio de las comunidades.
Cada territorio tiene sus propias dificultades, pero todos están enfrentando una misma tarea: ayudar a su gente a levantarse.
El otro dolor: un Tolima que se quema
Mientras todavía intentamos asimilar la tragedia del terremoto, mi departamento, el Tolima, enfrenta otra emergencia que también debería estremecernos.
Nuestros bosques están ardiendo.
Arden montañas, cultivos y pastizales. Mueren animales. Se destruyen hábitats. Familias campesinas pierden sus vidas y parte de su sustento, y hay ganaderos que se quedan sin alimento para sus animales.
Y detrás de cada hectárea quemada no hay solamente árboles.
Hay vida.
Hay nidos.
Hay madrigueras.
Hay aves.
Hay pequeños animales que no tienen cómo escapar.
Hay familias que durante años trabajaron una tierra que de repente queda convertida en ceniza.
Las autoridades han advertido que una gran proporción de los incendios tiene origen humano y actualmente se investigan posibles acciones criminales detrás de algunas conflagraciones. Incluso se ha señalado la posible participación de estructuras armadas ilegales, entre otras hipótesis que deberán ser investigadas y demostradas por las autoridades.
Por eso hago un llamado desde estas líneas:
Si usted ve a alguien provocando un incendio, no se quede callado. Denúncielo ante las autoridades.
No arriesgue su vida enfrentando a nadie. No se convierta en héroe imprudente. Pero tampoco permita que el miedo nos vuelva indiferentes.
Porque quemar nuestros bosques no es una travesura.
Es atentar contra la vida.
Y mientras nuestros bomberos, soldados, campesinos, voluntarios y organismos de socorro enfrentan las llamas, los tolimenses seguimos mirando al cielo esperando la lluvia.
Yo también la espero.
La pido.
La anhelo.
Y le pido a Dios que tenga misericordia de esta tierra que amo, que mande lluvia sobre nuestras montañas, que calme el fuego y que permita que nuestros ríos vuelvan a respirar.
Levantarnos de las cenizas
Colombia está herida.
Eso no podemos negarlo.
Pero Colombia también está de pie.
Está en ese rescatista que vuelve a entrar a un edificio cuando todos los demás ya salieron.
Está en la mujer que prepara veinte almuerzos para desconocidos.
Está en el campesino que lleva agua.
Está en el perro que busca vida bajo una montaña de concreto.
Está en los médicos que no duermen.
Está en los jóvenes que cargan cajas.
Está en el empresario que dona.
Está en el extranjero que cruza una frontera para ayudar.
Está en el Gobierno cuando cumple con su deber.
Está en el ciudadano que vigila y exige transparencia.
Está en quien piensa diferente y, aun así, extiende la mano.
Eso también es Colombia.
Y quizás esta tragedia nos está dejando una lección que no deberíamos olvidar cuando pase el dolor: podemos pensar diferente sin odiarnos; podemos cuestionar al Gobierno sin negar sus aciertos; podemos defender nuestras convicciones sin perder la compasión.
Porque ninguna ideología debería ser capaz de quitarnos la humanidad.
Hoy necesitamos reconstruir casas, hospitales, escuelas, carreteras y pueblos.
Pero necesitamos reconstruir algo todavía más importante:
la confianza entre nosotros.
Colombia tendrá que levantarse de los escombros.
El Tolima tendrá que levantarse de las cenizas.
Y las familias que sobrevivieron tendrán que aprender, poco a poco, a reconstruir sus vidas.
No será fácil.
Habrá días de lágrimas.
Habrá noches de miedo.
Habrá recuerdos que dolerán durante muchos años.
Pero también habrá nuevos amaneceres.
Porque después del terremoto, después del incendio y después de la noche más oscura, siempre existe la posibilidad de volver a empezar.
Y yo quiero creer.
Quiero creer en Colombia.
Quiero creer en su gente.
Quiero creer en quienes sirven sin preguntar quién eres.
Quiero creer en quienes todavía se conmueven ante el dolor de un desconocido.
Y, sobre todo, quiero confiar en Dios.
Porque nuestra fuerza humana tiene límites, pero nuestra esperanza no tiene por qué tenerlos.
Que Dios consuele a quienes perdieron a sus seres queridos.
Que abrace a quienes todavía buscan a alguien.
Que proteja a nuestros rescatistas.
Que cuide a nuestros animales.
Que mande lluvia sobre el Tolima.
Que dé sabiduría a quienes tienen en sus manos las decisiones de esta reconstrucción.
Y que nos recuerde a todos que, cuando dejamos de mirarnos como enemigos y comenzamos a mirarnos como hermanos, Colombia puede ser mucho más fuerte que cualquier tragedia.
Porque Colombia no está muerta.
Colombia está herida.
Y un país herido puede levantarse.
Puede reconstruirse.
Puede volver a florecer.
Colombia puede levantarse de las cenizas.
Y quizás, cuando todo esto pase, descubriremos que entre los escombros no solamente encontramos muerte.
También encontramos algo que creíamos perdido:
un solo corazón latiendo por Colombia.



