Opinión

Por la reconstrucción del alma

Adriana Bermúdez

Adriana Bermúdez

Creyente en que con la verdad, todo se puede. Comunicadora social, Magíster en Administración.

Han pasado dos semanas desde el terremoto de 7,4 grados en la escala de Richter, que afectó gran parte del país el pasado 10 de agosto. Hemos visto de todo alrededor de este hecho: un presidente, alcaldes y gobernadores volcados a la solución de la tragedia; a unos políticos buscando sacar rédito de lo que otros hacen, mientras otros viven quejándose de todo lo que se hace desde la institucionalidad, a pesar de que ellos no hacen mucho; manos por doquier que quieren ayudar en los puntos de acopio y hasta ladrones que, aprovechando el desorden que ocasiona un hecho como este, buscan sacar partido en medio de los escombros.

Y todo eso, es Colombia. Esta hermosa patria que, con esfuerzo y sacrificio hemos levantado y que, de nuevo, debemos levantar. Como lo hicimos en Cali cuando, el 7 de agosto de 1956, una bomba borró la que era casi la mitad de la ciudad. Como lo hicimos a partir del terremoto de Popayán o el de Armenia, o por la tragedia de Armero. Porque, para quienes acabamos de vivir el terremoto, todo no se quedó en el remesón, en la difícil experiencia de sentir que la tierra se movía.

El verdadero movimiento es el que está por venir, el que debemos construir unidos para ser capaces de llevar a buen término la reconstrucción de viviendas, de negocios, de sueños, de la esperanza misma, sin dejarnos enfrascar en conflictos y discusiones que no nos van a llevar a nada, más allá de likes en redes sociales.

Porque, si prestamos atención, la mayor parte del ruido que está consumiendo las redes, lo hacen personas que tienen diferencias políticas con los líderes que están trabajando día a día, para solucionar la emergencia y, lo único que buscan, es entorpecer el trabajo que nos va a beneficiar a todos, porque, si somos honestos, los quejosos no están haciendo nada. Y no podemos abrirle la puerta a la mezquindad que sólo quiere ganar batallas inventadas que traerán votos.

La fuerza y la unión que nos han caracterizado, deben ser nuestra principal carta de presentación en estos momentos. Evitemos desgastarnos siguiendo el patrón de la quejadera de aquellos que no aportan, pero creen que, a punta de quejas, van a cambiar el país. Lo que necesitamos es construir.

Porque no es posible que, en medio de semejante crisis, haya gente para la que todo tenga un ‘pero’: los saludos del presidente a la gente en los lugares que visita; la barba del alcalde de Cali, de la que dicen, se la dejó crecer para hacer creer que trabaja, cuando todos hemos sido testigos de su entrega; los balones llevados al Chocó, propuesta maravillosa para unos pequeños que no tienen por qué asumir la realidad de semejante manera tan cruda, perdiendo su inocencia; los rescatistas, que llegaron a ayudar y salen de todos lados a acreditarse la invitación.

Como colombianos, lo primero que tenemos que entrar a reconstruir y reparar, antes de empezar a poner ladrillos, cemento y varillas para edificar hogares, es el alma. Dejamos que se contaminara demasiado y esta, es la oportunidad precisa para hacer que eso cambie. Enfoquémonos en agradecer las ayudas recibidas, en dar las gracias a todo aquel que ha destinado algo de lo que tiene o de sí mismo para ayudarnos a resolver la situación que padecemos y, por qué no, agradezcamos por estar vivos un día más. Cuando seamos capaces de eso y de pasar de largo ante los agravios, los insultos y las mentiras que cargan en las redes, demostraremos ser capaces de reconstruir nuestra propia historia.

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