Opinión

De Abelardo y otros demonios

Sara Moreno Ruiz

Sara Moreno Ruiz

Columnista Invitada

A mí no me gustó Abelardo nunca. Ni como abogado, ni como cantante, ni como “filipichín”, y menos, mucho menos, como candidato a la presidencia. Ni me gusta como presidente, pero tampoco lo considero un demonio. El título de esta columna es solo una exageración para ilustrar los problemas que le veo al excéntrico mandatario.

Abelardo es un hombre talentoso. Como cualquier otro ser humano. Pero ha usado sus talentos mal. Como también suele pasar. Lo he expresado en otras columnas.

Abelardo es un hombre desparpajado, con una enorme simpatía. Cuando olvido que es el primer mandatario de los colombianos, me lo imagino con amigos en una parranda vallenata.

Se expresa con facilidad y de manera auténtica. Lo que dice es, de cierta manera, lo que piensa. Quizás no se crea el cuento de que Colombia se pueda resolver a “tiro ventiaó”, pero no dudo que le gustaría.

Demuestra seguridad en su tono de voz y mueve las manos y los brazos de una manera que llama la atención. No es casualidad que le guste la ópera y sería un gran cuentero. Sin ninguna duda, mantendría cautiva a su audiencia. De ahí le viene su destreza en el litigio. Abelardo tiene un cuento para todo. Ya lo dije: ese es uno de sus talentos.

El problema es que, como nació en un pueblo pequeño, que casi siempre es infierno, ser cuentero no hubiera sido bien recibido en la familia. Mucho menos teniendo un apellido del que, aunque no venga de la cuerda más pura de la descendencia, como es bien sabido por la élite cartagenera, se esperan menesteres de más prestigio. Como los de un abogado, por ejemplo.

En efecto, en lugar de volverse cuentero, Abelardo se volvió abogado. Pero en los infiernos caribeños, donde, además de las carreteras sin pavimentar, también arden las lenguas de los curiosos y los envidiosos que, según ellos, todo lo saben: cuánto mejor, si el prestigio del título se aliña con dinero y fama.

Aquí fue donde se juntaron el hambre con las ganas de comer, y el encantador Abelardo se dedicó al negocio de defender a grandes delincuentes. Quienes bien merecían una defensa, claro; pero una defensa justa, que apelara a preservar la dignidad humana a pesar de los delitos, o la inocencia, si así aplicaba. No a entramados de declaraciones y pruebas falsas, y ofrecimientos negociados en el Congreso. Es decir, una especie de impunidad, o delito, como ha sido documentado por la prensa.

Los casos son conocidos y van desde el empresario David Murcia, acusado de captación masiva e ilegal de dinero, hasta el testaferro de la dictadura venezolana, Alex Saab, de quien Abelardo dijo ser amigo personal mientras se ocupaba también de su defensa.

Sobre Abelardo recaen acusaciones de presunto enriquecimiento ilícito asociadas a estos y otros casos en los que hay denuncias de falsedad, corrupción y abuso de poder. En un país cuya pobreza monetaria alcanza el 28 %, el enriquecimiento ilícito produce aún más indignación. A mí, por lo menos.

Pues bien, ese es el actual presidente que tenemos. Otrora famoso por las excentricidades de su estilo millonario de vida. Con el cual cumplía con el requisito de la fama. Porque no hay nada que llame más la atención entre ciertas élites del Caribe y de todo Colombia, en realidad, que vestirse, ya no solo de punta en guayabera blanca, sino de punta en sombrero, corbata, maletín y zapatos de Louis Vuitton (con pantalón corto).

Es bien sabido ya por la psicología y la neurociencia, que aquel ser humano que no logre poner sus talentos al servicio de los otros buscará remediar, sin éxito, el vacío que ello deja. De allí resultan los abusos y los excesos. En el consumo de sustancias; en actividades como el juego; en el ejercicio del poder; o en cualquier cosa.

Abelardo, lamentablemente, no parece haber llegado a la presidencia preocupado por el bienestar de los colombianos, sino en busca de más poder y fama. Donde se refugian sus abusos y sus excesos por no haber cumplido, en mi opinión, con su verdadera misión de ser, por ejemplo, un cuentero en su pueblo.

Hemos sido testigos de su búsqueda en varias de sus apariciones públicas. En la manera como abre las puertas de su camioneta para saludar, de medio cuerpo, a las multitudes que especulan que allí viaja el presidente. Y les manda besos.

En la manera como se pasea entre los cadáveres de una guerra cuyo combustible, paradójicamente, es la misma miseria de la que hablamos. Originada por distintas circunstancias, en individuos que no pueden servir a los demás con sus talentos y derivar de ello vidas dignas y saludables. Jovencitos que no hubieran acabado sin vida en una bolsa de haber nacido en otras circunstancias.

Lo vimos en la exhibición que hizo de un rehén que, por cierto, había estado colaborando con la justicia antes de ser extraditado. Y, en general, en la arrogancia de sus apariciones públicas, que hace poco lo llevaron a ofrecerle mil millones de pesos a un gestor cultural para un festival en una plaza de San Juan del Cesar.

En su manera autoritaria de gobernar. No extraña, pero en cambio preocupa mucho, que Abelardo esté reemplazando, en varias plazas, a reconocidos funcionarios con legítimas capacidades técnicas por amigos suyos, cuyas capacidades, como lo ha reconocido él mismo, tienen que ver con hacer dinero.

Hay, sin embargo, una esperanza: que esa manera exhibicionista y autoritaria de ser, y el mandato de encarcelar o dar de baja a todos los “bandidos” sin ninguna contemplación, reduzca la violencia y, supone uno, los negocios ilegales de los cuales esta se deriva.

¿Y será, me pregunto yo, que cuando eso pase y, en manos de sus amigos buenos para los negocios, Colombia sea un país con un desarrollo justo de su riqueza, todos los bebés que nazcan podrán descubrir, desarrollar y poner al servicio de los demás sus talentos y convertirse en adultos dignos y saludables?

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