Opinión

De las otras historias en el paraíso

Luis Carlos Rojas García

Escritor

Un par de semanas después de haber llegado por estas tierras comencé a escuchar ciertas historias que, para ser sincero, me parecían poco creíbles porque uno se imagina que en el “paraíso” no pasa nada de eso. Me hablaron por ejemplo de mafias, desde la italiana hasta la rusa, de trata de blancas, prostitución, drogas, pedofilia, violencia, violaciones y hasta de problemas mentales y suicidios. Como lo digo anteriormente, resulta difícil creer que en un lugar como estos existan cosas así, pero, no tiene nada de raro ya que no es más que una sociedad repleta de gente que desarrolla comportamientos tales como los que uno está acostumbrado a ver en el país de origen.

No estoy diciendo que los temas de delincuencia, por ejemplo, se puedan comparar con un país latino o que existan guerrillas o que se vean cosas dementes como las que solemos ver a diario en los noticieros o que las injusticias estén a la orden del día; ni siquiera puedo decir que exista una desigualdad tan abrumadora como la de nuestro país ya que hasta el salario mínimo permite que se viva medianamente bien y el sistema de ayudas, de salud y en general funciona, funciona de manera sorprendente. Por supuesto, hay críticas y demás por parte de los nativos; sin embargo, a uno le causa un poco de gracia porque realmente aquí no tienen ni idea de lo que es pasar necesidades o no poder conseguir un trabajo aunque se tenga títulos y experiencia y así sucesivamente; aquí no, pero, que reclaman, reclaman y tienen sus buenos argumentos.

Como sea, la primera vez que escuché un caso como el que voy a exponer a continuación sentí escalofríos ya que precisamente esas son las cosas que uno jamás desearía que le pase a un hijo o a una hija, mas, cuando la violencia contra la mujer es una constante de donde uno viene. Conocí a Gabriela, nombre ficticio, en un curso de conversación de inglés al que asistí hace unos meses. Me contó con angustia la situación que había vivido, según ella, la hija de una amiga suya; sin embargo, el relato fue tan desgarrador que a la fecha todavía pienso que se trataba de la historia de una de sus hijas. Inmigrante, mexicana de unos cuarenta y tanto de años, con tres hijas adolescentes, llegó junto con su esposo hace más o menos unos cinco años.

Mirándome a los ojos y casi alarmada cuando le dije que tenía una hija de dieciséis años, me dijo que tuviera cuidado, que a la hija de su vecina la habían llevado a una fiesta de chicos de su colegio, la habían drogado y abusado sexualmente entre varios muchachos. Mi sorpresa fue enorme, tuve que preguntarle muerto de la vergüenza que si lo que me estaba diciendo era en serio, se supone, como ya lo dije antes, que en el paraíso no ocurren esas cosas, pero Gabriela insistió en que debía tener cuidado, que las cosas no son como las pintan y que los chicos son inclusive más atrevidos que los mismos adultos.

No obstante, la historia no terminó ahí. A la chica no solo la violaron, también le comenzaron a hacer matoneo en el colegio, la trataban de puta y su vida se convirtió en una verdadera miseria. Por supuesto, no falta el ignorante que dice cosas como: “en Colombia es peor”, y no se trata si aquí o allá es peor, el abuso sexual no es un chiste ni una discusión absurda de género, es una realidad, una desastrosa y monstruosa realidad. Para fortuna, países como estos tienen todo tipo de ayudas y leyes que intentan, y digo intentan porque muchas veces no lo logran, proteger a los niños, niñas y adolescentes, incluso a los adultos hombres o mujeres que sufren el abuso. Sin embargo, es muy difícil controlar estas situaciones. De hecho, tiempo después de escuchar esta historia seguí escuchando otras más, todas por el mismo estilo. Para la muestra un botón:

https://www.elobservador.com.uy/nota/caso-de-violacion-ciberacoso-y-suicidio-indigna-a-canada-201341114460

Y la lista es larga, lo que sucede es que como pasa en nuestro país, la gente no se atreve a denunciar, algunas por miedo a perder su estatus, otras porque desconocen la ley y la proyección que esta les brinda. De hecho, si una persona sufre de abuso o está en peligro, dice la ley, su estatus no se verá afectado. Por supuesto, eso es lo que uno espera.

Como sea, y no se trata de caer en la paranoia, aquí o allá, es importante fortalecer los lazos de confianza con los hijos, hombres o mujeres por igual. Es fundamental que exista un apoyo real y sincero entre los padres y los hijos porque no es cierto que en el paraíso todo sea color de rosa y si nos vamos para otros lados la cosa es igual, basta nada más con echar un vistazo a la casa del Tío Sam y nos daremos cuenta de lo abrumador del asunto, desde que exista humanidad, existirá la barbarie, la crueldad, la maldad y se necesita de mucha malicia, sabiduría, espiritualidad, tenacidad y hasta psicología para poder proteger a nuestros chicos sin caer en la sobreprotección. Sobre todo, se necesita, no solo ayudarlos a que aprendan a cuidarse físicamente, también, que se cuiden la cabeza porque la salud mental no es broma, es de sumo cuidado y nuestra actual sociedad así lo requiere. Aquí, como dice la frase popular: “el que no corre vuela”.

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