Opinión

Después del dolor, la vida

Diana María Castillo Trujillo

Diana María Castillo Trujillo

Comunicadora Social – Esp en Política, Cultura y Educación – Master en Dirección de Recursos Humanos.

Hay ausencias que no se acostumbran. Uno simplemente aprende a caminar con ellas.

Hace un año pensé que mi vida se había detenido para siempre. Cuando mi mamá fue diagnosticada con cáncer de páncreas en etapa terminal, en enero de 2025, jamás imaginé la magnitud del camino que tendría que recorrer. No solo estaba a punto de despedirme del amor más grande que Dios me había regalado en esta tierra, sino que también estaba a punto de descubrir cuánto dolor, cuánta fortaleza y cuánta esperanza puede habitar en el corazón de un ser humano.

Durante mucho tiempo creí que esta columna sería para hablar de su muerte. Hoy entiendo que no. Esta columna es para hablar de su vida, de su legado y de todo lo que Dios hizo en mí después de su partida.

Mi mamá fue, sin lugar a dudas, el privilegio más grande que Dios me concedió. Si pudiera volver a elegirla mil veces, la elegiría mil veces más. No fue perfecta, porque nadie lo es, pero fue la mejor mamá que pude haber tenido. Su amor, sus enseñanzas y su presencia marcaron mi vida de una manera tan profunda que ni siquiera la muerte ha podido arrebatármelas.

Porque hay algo hermoso que he aprendido en este proceso: el amor verdadero tiene una maravillosa costumbre, se niega a morir.

Este año ha sido, probablemente, el más difícil de mi vida. Ha estado lleno de lágrimas, incertidumbre, enfermedad, pérdidas, preocupaciones económicas y momentos en los que pensé que no tendría fuerzas para seguir adelante. Hubo días en los que no sabía cómo iba a pagar mis cuentas, otros en los que mi salud me obligó a detenerme y muchos en los que extrañé profundamente escuchar la voz de mi mamá.

También hubo momentos en los que sentí que el dolor me había robado la capacidad de volver a sonreír.

Pero Dios tenía otros planes.

Si hoy puedo escribir estas líneas con paz en mi corazón, es porque Cristo fue quien me sostuvo cuando sentía que me estaba derrumbando. No fueron mis fuerzas las que me sacaron del hueco. Fue Dios. Fue el Espíritu Santo consolándome en las madrugadas más difíciles y regalándome esa paz que sobrepasa todo entendimiento, de la que habla Filipenses 4.

No puedo hablar de mi proceso de duelo sin hablar de Dios, porque Él ha sido el protagonista de mi reconstrucción.

También aprendí que Dios suele responder nuestras oraciones a través de las personas que pone en nuestro camino. A lo largo de este año me sostuvo por medio de amigos, familiares y personas maravillosas que me ayudaron cuando más lo necesité. Algunos me abrazaron con sus oraciones, otros con su tiempo, otros con su generosidad y otros simplemente permanecieron allí cuando yo pensaba que estaba sola.

A todos ellos, mi gratitud será eterna.

A mis gatitos Tábata, Mimi y Ginger, mi amor eterno porque fueron quienes me rescataron de no caer en depresión y desesperanza.

El duelo me enseñó muchas cosas. Me enseñó que no tiene un calendario. Que pedir ayuda no es una debilidad. Que llorar no significa que uno no tenga fe. Que la muerte no tiene la última palabra cuando existe la esperanza de volvernos a encontrar.

Pero, sobre todo, me enseñó que honrar la memoria de quienes amamos también significa decidir seguir viviendo.

Durante mucho tiempo sentí culpa por volver a reír, por volver a hacer planes y por volver a tener sueños. Hoy entiendo que mi mamá jamás habría querido que yo me quedara viviendo en el dolor.

La mejor manera de honrar su vida no es quedarme detenida en su ausencia. Es vivir plenamente, amar profundamente, servir a otros, perseguir mis sueños y continuar el propósito que Dios tiene para mi vida.

Si hoy pudiera pedirte una sola cosa después de leer estas líneas sería esta: no esperes a que la ausencia te enseñe el valor de la presencia.

Abraza más.

Perdona más.

Ama más.

Llama a tu mamá si todavía puedes hacerlo. Dile cuánto la amas. Tómate ese café pendiente con tu papá. Pídele perdón a quien debas hacerlo. No sigas postergando aquello que tu corazón sabe que es importante.

La vida es profundamente frágil y no nos debe un minuto más del que ya nos regaló.

Hace un año pensé que mi historia había terminado. Hoy puedo decir que estaba equivocada. Después del dolor, la vida también florece.

Extraño a mi mamá todos los días y probablemente la extrañaré hasta mi último suspiro. Pero ya no la recuerdo únicamente con lágrimas. Hoy la recuerdo con gratitud, con amor y con la certeza de que volveré a verla.

Mi esperanza tiene un nombre: Jesucristo.

Y si hoy estás atravesando un duelo, quiero decirte algo desde el fondo de mi corazón: no te rindas. Permítete llorar, pedir ayuda, abrazar a quienes te aman y buscar a Dios. La vida no termina con la pérdida de quienes amamos. Se transforma.

Hoy quiero vivir. Quiero seguir adelante. Quiero amar más. Quiero servir más. Quiero cumplir el propósito que Dios tiene para mi vida y honrar la memoria de la mejor mamá que pude haber tenido.

“No pude evitar el dolor, pero sí pude decidir qué clase de persona quería ser después de atravesarlo.”

Porque después del dolor, aunque hoy te parezca imposible creerlo, la vida también vuelve a florecer.

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