Opinión

Diario de un comprador compulsivo

Luis Carlos Rojas García

Escritor

“En una sociedad de consumo, de ofertas, de tentaciones,

la idea del saqueo puede transformarse en una gran fiesta.”

(Fernando Savater)

El que diga que no ha sentido un enorme placer comprando una Pony Malta con Chocorramo en la tienda de doña María es un mentiroso. El que niegue que no le gusta ir a vitriniar a los centros comerciales los domingos falta a la verdad; ahora, el que asegure que no ha comprado una sola cosa en su vida que no le sirva para nada es un falso; peor aún, el que no se haya gastado lo que tenía por quedar bien con su pareja o amigos, que tire la primera piedra.

Comprar, derrochar o invertir hace parte de los deleites de nuestra sociedad. Sin embargo, la gente siempre se queja del sistema, critican el consumo, lo satanizan, pero, consumen todo el tiempo. No es un secreto que nos regocijamos cada vez que escuchamos el sonido de la máquina diciendo que nuestra compra fue aprobada. Nos sentimos alucinados cuando vemos el carro lleno y antes de llegar a la registradora miramos a nuestro alrededor para confirmar si podemos llevar algo más. Nos sentimos magnos cuando llamamos al mesero para que nos traiga la cuenta o cuando pedimos el combo más grande en el cine. ¡Oh! ¡Qué maravilloso es comprar! Placer de placeres, manjar para nuestra mente, nuestro bolsillo y nuestro paladar.

Querido diario.

Mi doctor dice que tengo problemas con la Oniomanía o adicción a las compras que llaman, que es un problema emocional, un vacío generado tal vez por carencias afectivas durante mi niñez, madurado a través de los años por las malas relaciones y por la misma sociedad que me obliga a comprar y comprar y me crea una falsa ilusión de placer y felicidad. Dice además que los medios y su bombardeo publicitario influyen en gente como yo, pero… pero yo creo que miente… yo creo que se equivoca porque todo el mundo compra, incluso él.

Sí, hoy lo pude comprobar. Durante más de dos meses y veinte días de encierro he estado atento a las noticias, esperando a que den la orden de salir y hoy, por fin, la espera terminó. No Exagero cuando digo que me ha vuelto el alma al cuerpo. De nuevo estamos en la calle recorriendo cada lugar, cada sitio, buscando la mejor oferta, la mejor promoción. Dicho en otras palabras: ¡Estamos de regreso carajo!

Aunque, debo confesarte diario mío que durante el confinamiento estuve comprando algunas cositas por internet, nada del otro mundo, lo que pasa es que el listado se ve un poco exagerado, sobre todo por los lapiceros especiales, las cremas antiarrugas con el 20% de descuento y los envíos gratis para todas las compras que superaron los 35 dólares; pero, no es lo mismo, las plataformas solo juegan con nosotros, nos ponen a esperar, algunas incluso se dan el lujo de corrernos las fechas de entrega y no faltan las que nos roban el dinero; aunque, la espera es lo realmente molesto.

De ahí que yo no cambio por nada del mundo la compra inmediata, más ahora que toca hacer esas filas interminables para entrar al almacén; es todo un espectáculo ver el desespero en el rostro de la gente, los niños que gritan y piden más, los ojos que brillan, las parejas declarándose amor eterno con la tarjeta de crédito en la mano, la saliva espesa en los labios y las billeteras que borbotean como si se quisieran salir de los bolsos y bolsillos. Se siente tan bien, tan placentero, tan emocionante. Comprar es lo mejor de lo mejor, nuestro gran triunfo, llegar a la meta, alcanzar los sueños antes de que los estantes queden vacíos.

En mi última sesión con mi médico intenté explicarle que la pandemia lo único que ha logrado en mí es reforzar mi amor por mi adorado sistema económico; me ha permitido entender que mi gobierno me necesita, que las grandes empresas también ¿Qué sería de esta sociedad sin mí? Le dije ¿Qué sería de todos esos empleados que dibujan esas enormes sonrisas debajo de sus tapabocas cada vez que me ven sacar alguna de mis tarjetas de crédito? Le reiteré ¿Qué sería de nuestras vidas sin ese plástico adorado que nos une, que nos acerca a todo, que pone al mundo a nuestros pies? Le insistí, pero él solo dijo que eran excusas mías para seguir comprando.

Por esta razón, esta mañana cuando entré a mi almacén chino favorito y caminé por los pasillos atiborrados de artículos que me gritaban al unísono para que me los llevara conmigo a casa y lo vi, justo en la sección de cortinas, comprendí que todo ese discurso sobre la Oniomanía es pura y física envidia, él solo quiere comprar sus cortinas en promoción pero no quiere que personas como yo tengamos la oportunidad de llevarnos un juego de sábanas nuevas, una porcelana antigua, un par de guantes o los cuadritos de marco en madera con pinceladas de paisajes que adornan la sala o la habitación.

Él no quiere que yo tenga la oportunidad de comprar los vasos de colores que brillan en la oscuridad o las orejeras para invierno, aunque estemos en verano. Mi doctor es un farsante, me da medicamentos para que yo deje de comprar mientras él compra lo que quiere. Es tan hipócrita. Observarlo mientras hablaba con la servicial Mei-yin, la vendedora de la sección de cortinas, me revolvió el estómago ya que recordé que en alguna ocasión me dijo, a manera de chascarrillo, que los chinos tenían que pagar por el coronavirus.

Por todo esto, pienso que por culpa de personas como mi doctor estamos como estamos. Aunque eso ya no importa, seguiré con mi vida, que mi médico diga lo que quiera, que mi familia me critique porque no me alcanza el sueldo, que los bancos me sigan llamando para cobrar las cuotas atrasadas; la última vez les dije que si ellos sabían cómo soy yo, para qué me mandaban más tarjetas, al día siguiente recibí un plástico con un súper cupo y sin cuota de manejo.

Bueno mi querido diario, ya para terminar tengo que contarte que estuve revisando mi casa y hace falta una guacamaya de colores en el patio que haga juego con los nomos y el pozo de los deseos de cerámica. Lo bueno es que la semana próxima tendremos nuevas promociones, más almacenes abiertos, más sitios en donde podremos ser libres y felices de verdad.

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