Opinión

El Libro Egipcio de los Muertos y la preparación para el Más Allá

Sandra Liliana Pinto Camacho

Ingeniera Industrial PUJ & Administradora Hotelera AH&LA

En estos días en que nos resulta inevitable evadir las noticias de la partida de famosos, conocidos, amigos y, en el peor de los casos, de seres queridos, y en el que sentimos que la pandemia está lejos de terminar debido a los ineficientes esfuerzos para que la vacuna llegue lo más pronto posible al país, reseñan los informativos que  en la necrópolis de Saqqara, en el lejano Egipto, se encontraron los restos de un templo, más de 50 ataúdes y el capítulo 7 del “Libro de los Muertos” así como la tumba de una reina faraona.

A pesar de que el reinado del Faraón Teti es, posiblemente, uno de los menos conocidos, éste fue el máximo mandatario de Egipto entre el año 2.322 y el 2.313 a. C. Al perder su vida en el 2291 a.C., su viuda Nearit mandó a construir un templo para resguardar sus restos y tesoros de tal manera que pudieran llegar intactos al inframundo. Poco tiempo después ella misma sería enterrada allí, para luego ser descubierta la semana pasada, más de 4 mil años después.

Entre los descubrimientos no solo había un gran número de artefactos y de estatuas con formas de deidades, sino que apareció un elemento único que puede ser considerado como uno de los más valiosos de la historia de la civilización egipcia: un papiro de cuatro metros de largo por uno de ancho en el que se encontraba, de manera íntegra, el capítulo 7 del Libro de los Muertos. Según explican estos expertos, la inclusión de este documento en este espacio funerario no tenía otro objetivo más que permitir que el fallecido pudiera superar el juicio de Osiris, asistiéndolo en su viaje al inframundo hasta alcanzar la otra vida.

Para los egipcios antiguos, el tránsito por la vida terrena era pasajero ya que su esperanza de vida no llegaba a los treinta años, por lo que, lo verdaderamente relevante, era prepararse para trascender al otro mundo, tema al que dedicaban gran parte de la vida cotidiana y razón por la cual los ritos religiosos giraban en torno a la cercanía de la muerte.

El Libro de los Muertos fue una obra fundamental de la cultura del antiguo Egipto. Era un texto muy extenso: algunos ejemplares conservados en rollos de papiro alcanzan cuarenta metros. También era un producto caro, por el que se podía pagar un deben de plata, la mitad de la paga anual de un campesino. Pero, para los egipcios, el valor de este texto era incalculable, ya que sus fórmulas permitían a los difuntos alcanzar el Más Allá.

Tales fórmulas se inscribían en rollos de papiro y en las vendas de lino de las momias, las paredes de las tumbas, los sarcófagos y los elementos del ajuar funerario del difunto. Sin ellas, la persona fallecida podía sufrir una segunda muerte que significaría su total aniquilación.

Sarcófagos de madera de la época del Imperio Nuevo (siglos XVI a XI antes de Cristo) en la necrópolis de Saqqara

Era el sacerdote quien recitaba las primeras fórmulas del Libro durante la ceremonia funeraria, cuando se trasladaba el sarcófago a la tumba. Una vez allí, se practicaban rituales para revitalizar los sentidos, entre los que se contaba el de la apertura de la boca, por el que se abrían mágicamente los ojos, las orejas, la nariz y la boca del difunto, quien, una vez recuperados los sentidos, emprendía su viaje al Más Allá. Para los egipcios éste era un momento de esperanza con efectos similares al de los oficios que acompañan los sepelios de nuestros tiempos modernos.

Los egipcios creían que el difunto emprendía un viaje subterráneo desde el oeste hacia el este, como Re, el sol, que tras ponerse vuelve a su punto de partida. Durante ese trayecto el fallecido, montado en la barca de Re, se enfrentaría a seres peligrosos que intentarían impedir su salida por el este y su renacimiento. ¿Podríamos compararlo con las creencias actuales, cada vez más generalizadas en la reencarnación?

El peor de ellos era Apofis, una serpiente que trataba de impedir el avance de la barca solar con el objeto de romper el Maat, la justicia y el orden cósmico, y forzar el caos. Apofis cada día amenazaba a Re durante su viaje subterráneo. El Libro de los Muertos incluía una fórmula para salir avante en el encuentro con el temible reptil.

Finalmente, el difunto llegaba a un laberinto que tenía veintiuna puertas, aunque otro pasaje del Libro dice que son siete. Ante cada una de ellas, el difunto debía pronunciar un texto determinado, mencionando el nombre de la puerta, del guardián y del pregonero. En cada ocasión, la puerta le decía: «Pasa, pues eres puro».

Una vez pasado el laberinto, el difunto llegaba a la Sala de la Doble Verdad para que un tribunal formado por 42 jueces y presidido por Osiris evaluara su vida. Ante los dioses hacía la «Confesión Negativa», en la que citaba todas las malas acciones que no había cometido: «No he causado sufrimiento a los hombres, no he matado ni ordenado matar, no he blasfemado de los dioses» entre otras.

Es inevitable asociar la Confesión Negativa a los Diez Mandamientos de Moisés ya que hacía parte del clima moral de la cultura en la cual, según la propia Biblia, se formaron los líderes hebreos -y Moisés en particular- previamente a que protagonizara el Éxodo de su pueblo y su Pacto con Yahvé, el único Dios.

Tras la confesión, llegaba el momento culminante del juicio, aquél en que se procedía a pesar el corazón del difunto. En un plato de la balanza, sostenida por Anubis, dios chacal de la momificación, se colocaba una pluma de avestruz, la pluma de Maat, que simbolizaba la justicia; en el otro plato se depositaba el corazón, que simbolizaba las acciones realizadas por cada persona. El difunto se salvaba cuando la pluma y el corazón quedaban en equilibrio.

Aquellos cuyos corazones hubieran pesado demasiado en la balanza eran considerados impuros y condenados.

Tanta importancia se atribuía al pesaje del corazón que los egipcios elaboraban un amuleto específico, el escarabeo del corazón, que, como su nombre lo indica, se colocaba sobre el corazón del difunto durante el proceso de momificación. En el reverso del amuleto se inscribía siempre la fórmula incluida en el Libro.

Finalmente, los dioses proclamaban su veredicto. Aquellos cuyos corazones hubieran pesado demasiado en la balanza eran considerados impuros y condenados a toda clase de castigos: sufrían hambre y sed perpetuas, eran quemados al atravesar un lago o cocidos en un caldero, una bestia salvaje los devoraba… Los justificados, en cambio, tenían motivos para felicitarse ya que ante ellos se abría el paraíso de los egipcios.

Momento en el que el difunto hace su descargo ante el dios Osiris, que pesa su corazón en una balanza.

Este juicio de los tiempos egipcios ha sido considerado el antecedente del juicio final de la cultura judeocristiana, en el cual, las almas que no se encuentran preparadas tendrán que ir a un sitio llamado el “purgatorio” en donde también sufrirán castigos por las malas obras realizadas durante la vida. Así como también las almas preparadas y que han tenido una vida justa y correcta llegarán al cielo, en donde disfrutarán de la “vida eterna”.

El mundo de ultratumba en el que vivirían los difuntos virtuosos se conocía como Campos de Ialu o Campo de Cañas. Los egipcios lo imaginaban como un lugar muy parecido a Egipto, con ríos, montañas, caminos, cuevas y campos muy fértiles, en los que crecía la cebada hasta los cinco codos de altura. El difunto, sin embargo, debía preocuparse por obtener su sustento. Aun siendo un «glorificado», según decía una fórmula del Libro de los Muertos, tenía que «arar y segar, comer y beber, y realizar todas las cosas que se hacen en la tierra». Eso sí, para ello podía contar con la ayuda de un ejército de sirvientes, representados en unas características estatuillas, los ushebtis, siempre presentes en el ajuar funerario y que por el poder de la magia se convertían en criados.

Tal vez algo que no ha perdurado a través del tiempo ha sido la última preocupación del difunto en el antiguo Egipto, mantener intacto su cuerpo. La momificación permitía que éste se conservara, pero no estaba de más la ayuda de la magia. Por eso era frecuente que las vendas que envolvían la momia llevaran inscrita la fórmula del Libro para prevenir la descomposición.

Hoy en día son más las personas que eligen la cremación como la forma en que desean sea dispuesto su cuerpo posteriormente a su muerte.  En mi caso, he solicitado ser embalsamada y enterrada para que mi cuerpo y tal vez, lo que quede de mi alma, tengan tiempo de pasar al más allá sin el afán de que sean destruidos antes de lograrlo.

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