Infantino está destruyendo el fútbol

Gianni Infantino no está haciendo el fútbol más global, está borrando la identidad del deporte más grande del mundo.
Lo que está haciendo el presidente de la FIFA es una reestructuración impulsada por una lógica donde el dinero, la política y el control importan más que los jugadores, el espectáculo, los aficionados y el juego en sí.
El fútbol ya es el deporte más global del planeta y no necesita que nadie lo lleve a nuevos mercados; la globalización del mundo se encargará de eso por sí sola.
Este era el único deporte donde lo importante no era cuánto tenías en el bolsillo, sino cuánto te importaba el juego. Donde un barrio, una ciudad o un país entero podían verse reflejados en una camiseta. Donde los aficionados seguían a su selección a donde fuera porque la pasión y el amor por un escudo estaban por encima de todo.
El Mundial no es solo un torneo, es el mayor espectáculo del mundo, el único que permite a una nación entera mostrar su identidad y cultura en un solo lugar, y compartirla con el resto del planeta a través del fútbol.
Y eso es exactamente lo que se está perdiendo.
No porque el fútbol haya cambiado por sí solo, sino porque la FIFA lo está empujando en esa dirección para su propio beneficio.
El Mundial 2026 será de los peores de la historia, no por espectáculo sino por logística
El Mundial de 2026 hará historia: 48 equipos, más de 100 partidos, tres países anfitriones.
En el papel, suena positivo. Pero cuando conectas todo lo que ha estado pasando alrededor, la imagen cambia. Un torneo más grande, sí, pero también más costoso, más saturado, sin una identidad clara, sin condiciones mínimas garantizadas para el espectáculo, y cada vez más moldeado por factores externos al juego.
A tres meses del torneo, organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch ya han advertido sobre riesgos reales para los aficionados: políticas migratorias restrictivas en Estados Unidos, posibles limitaciones a los fans y fuertes operativos de seguridad en torno a los eventos.
Pero esto no solo es en Estados Unidos.
En México, otro país anfitrión, las preocupaciones por la seguridad también han estado en primer plano, con despliegues masivos y tensiones constantes en ciudades sede debido a conflictos internos con cárteles.
Esto no significa que el Mundial no pueda realizarse, pero sí deja claro que el entorno está lejos de ser ideal.
Y lo más preocupante es la respuesta de la FIFA… o bueno, la falta de ella.
No hay un mensaje claro que tranquilice a los aficionados, no hay garantías firmes sobre condiciones, acceso o seguridad. Pero siempre hay espacio para la política.
La cercanía de la FIFA con Donald Trump crea una contradicción evidente en medio de un contexto internacional complejo.
Ahí es donde empiezas a cuestionarte cuáles son las verdaderas prioridades de la FIFA.
Porque mientras existen dudas sobre si los aficionados podrán viajar con seguridad, si los campos cumplen con estándares adecuados o si las condiciones climáticas permitirán que el juego se desarrolle en su mejor nivel, la FIFA parece más enfocada en gestionar relaciones políticas que en proteger el fútbol, la única razón de su existencia.
El fútbol siempre ha sido el deporte más accesible del mundo. No solo para jugarlo, sino para vivirlo. Para muchos, el Mundial era la oportunidad de estar cerca de su selección, de su país, de su identidad.
Hoy, hacer eso posible ya no es una prioridad para la FIFA.
Precios dinámicos, entradas a costos absurdos, viajes extremadamente caros entre ciudades, sedes lejanas, un modelo donde el acceso depende de cuánto puedes pagar, no del espectáculo en sí.
El Fútbol es el deporte del mundo, y la FIFA se lo está arrebatando
Después de la Copa América 2024, la FIFA entendió cuánto dinero podía generar con eventos de fútbol en Estados Unidos y comenzó a replicar el modelo del entretenimiento estadounidense: maximizar ingresos, priorizar clientes premium y convertir la experiencia en un producto.
La FIFA escogió como sede principal un país donde el fútbol no es la prioridad principal, donde no existe una identidad futbolística profundamente arraigada, pero sí un enorme poder económico que convierte el consumo deportivo en algo corporativo.
Y por eso los deportes estadounidenses funcionan principalmente solo dentro de su propia cultura; están diseñados para ese modelo, no para el resto del mundo.
Pero el fútbol no es el deporte de un solo país, es el deporte de todo el mundo.
La magia del fútbol es que cualquiera puede vivirlo. El dinero no importa, cualquiera que sienta este deporte debería tener la oportunidad y las condiciones mínimas garantizadas para disfrutarlo.
Porque el fútbol no es algo que compras… Es algo que sientes.
La Copa América y el Mundial de Clubes han mostrado los mismos problemas: acceso limitado, estadios sin ambiente o medio vacíos, calor extremo, campos adaptados más no diseñados para fútbol que aumentan el riesgo de lesiones.
Y lo más preocupante es que la FIFA no está actuando; al contrario, sigue sumando incoherencias políticas.
La FIFA expulsó a Rusia por razones políticas tras la invasión de Ucrania. Pero al mismo tiempo, mantiene y fortalece relaciones con gobiernos ampliamente cuestionados a nivel internacional, incluso reconociendo a sus líderes con premios simbólicos de paz después de haber amenazado públicamente la soberanía de otros países, promoviendo todo menos la paz.
No hay una línea clara, no hay un estándar objetivo.
Lo que antes eran principios firmes ahora son decisiones estratégicas.
Y mientras todo esto sucede, el juego en sí pasa a un segundo plano.
Más dinero, más política, menos fútbol
El calendario es el ejemplo más claro.
Un Mundial ampliado, más torneos, más partidos, más viajes. Nuevas competiciones como el Mundial de Clubes y calendarios cada vez más saturados.
El resultado es evidente: la FIFA llena sus bolsillos mientras los jugadores son llevados al límite.
Menos descanso, menor intensidad, rendimiento en descenso, más fatiga, más lesiones; un impacto directo en el espectáculo.
El mismo fútbol que la FIFA dice proteger y que en realidad es la única razón de su existencia, es lo primero que se deteriora cuando todo lo demás se vuelve la prioridad.
Qatar ya lo mostró.
Un Mundial jugado en condiciones inusuales, con un calendario alterado, rodeado de controversias y violaciones de derechos humanos, pero sostenido por capacidad económica.
Y ese patrón se está repitiendo.
La FIFA habla de crecimiento, inclusión, globalización. Pero esta narrativa se está usando para justificar decisiones que sirven más a los intereses de la organización que a las necesidades del deporte.
El dinero y la política están pesando más que el fútbol.
Infantino probablemente está llevando a la FIFA a su era financiera más fuerte. Pero eso no significa que el fútbol esté mejorando, significa que está cambiando.
Y la verdadera pregunta no es si el modelo funciona. La pregunta es si es el modelo que el fútbol realmente necesita. Porque este deporte no llegó a donde está por su estructura, llegó por lo que representa para el mundo.
El fútbol no necesita ser más global, ya lo es.
No necesita más partidos, necesita mejores condiciones.
No necesita más dinero, necesita mejor inversión.
Lo que está pasando no es una evolución natural del deporte, es una transformación directa. Y en esa transformación, el riesgo no es que el fútbol deje de crecer…
Es que deje de ser fútbol.



