El debate: ¿decidirá al nuevo presidente de Colombia?

Un emplazamiento hecho a las seis de la mañana del día siguiente a las elecciones por Iván Cepeda a Abelardo de la Espriella retrata con precisión el clima de esta contienda presidencial: una elección que se parece cada vez más a un duelo en el que solo uno saldrá en pie.
Tan solo tres horas después, el candidato de la derecha respondió afirmativamente y señaló el escenario: la sede de la revista *Semana*, lugar que nunca ha negado sentir como propio. La cita quedó fijada para el martes 9 de junio a las siete de la noche, con una invitación adicional a que participen las fórmulas vicepresidenciales, que sin duda jugarán un papel determinante en la elección del próximo domingo 21 de junio.
Estas elecciones ya representan, de por sí, un triunfo para la democracia colombiana. Haber superado los récords históricos de participación no solo derrota el tradicional abstencionismo, sino que también refleja una ciudadanía que, en medio de profundas diferencias ideológicas, decidió acudir masivamente a las urnas para definir el rumbo del país durante los próximos cuatro años.
El candidato de la izquierda llega a esta última etapa rumbo a la Casa de Nariño con una votación superior a la que llevó a Gustavo Petro a la segunda vuelta en 2022 y con el doble de los votos obtenidos por su partido el pasado 8 de marzo, cuando alcanzó la mayoría de curules en el Congreso de la República.
Por su parte, aunque “el Tigre” logró la mayor votación seduciendo al electorado uribista que optó por abandonar anticipadamente a Paloma Valencia para impedir una victoria en primera vuelta de su rival, cuenta apenas con cuatro curules en el Senado. Esa realidad supone una desventaja evidente en la recta final: le resultará mucho más difícil convertir en hechos buena parte de lo prometido durante la campaña.
Aunque en Colombia los debates presidenciales pocas veces cambian por sí solos el resultado de una elección, sí han funcionado históricamente como puntos de inflexión al reforzar percepciones que se consolidan en medio del desgaste de las campañas.
Uno de los ejemplos más recordados ocurrió en 2010, durante el debate entre Antanas Mockus y Juan Manuel Santos.
Mockus, líder de la llamada “ola verde”, había llegado a ese momento impulsado por una ola ciudadana que parecía imparable. A finales de abril, las encuestas del Centro Nacional de Consultoría, Datexco e Invamer lo mostraban como un serio aspirante e incluso como eventual ganador en una segunda vuelta.
Sin embargo, una sola pregunta alteró la percepción que muchos colombianos tenían sobre quién estaba realmente preparado para gobernar.
Era el 17 de junio de 2010. Faltaban apenas tres días para la segunda vuelta presidencial.
Juan Manuel Santos representaba la continuidad de la entonces popular política de seguridad democrática del presidente Álvaro Uribe Vélez. Llegaba además con logros de alto impacto como ministro de Defensa, entre ellos la Operación Jaque, que permitió el rescate de quince secuestrados —incluida Ingrid Betancourt y tres contratistas estadounidenses— sin que se disparara una sola bala.
Antanas Mockus, por su parte, venía de una trayectoria académica y política singular: de la rectoría de la Universidad Nacional pasó a la Alcaldía de Bogotá, donde convirtió la cultura ciudadana en su principal bandera y demostró que una ciudad tan grande y diversa podía convivir mejor, con una reducción significativa de homicidios y un aumento voluntario en el pago de impuestos.
Aunque la primera vuelta ya mostraba una ventaja clara de Santos, hubo momentos en los que algunas mediciones publicadas por Reuters y retomadas por *Semana* llegaron a registrar un empate técnico que mantuvo viva la ilusión de que el académico pudiera llegar a la Presidencia.
En ese contexto —marcado además por la creciente tensión institucional entre el Ejecutivo y las altas cortes tras la frustrada posibilidad de una segunda reelección de Uribe— la pregunta formulada por Claudia Gurisatti sobre la conveniencia de que la Corte investigara a congresistas era cualquier cosa menos irrelevante.
La respuesta de Mockus fue sincera: reconoció no conocer el detalle con precisión.
Pero aquello que él probablemente entendió como honestidad intelectual fue leído por muchos televidentes como una señal de falta de preparación para ejercer la Presidencia. Minutos después, Vicky Dávila amplió la explicación del tema para la audiencia y terminó de fijar una imagen que resultó devastadora para la campaña del candidato verde.
Aunque Mockus fue coherente con su estilo —no improvisó, no fingió saber y no respondió desde una seguridad vacía—, en un país donde entonces, como ahora, la seguridad, la institucionalidad y la autoridad del Estado ocupan un lugar central en las preocupaciones ciudadanas, esa imagen terminó apagando el impulso que lo había puesto a las puertas de la Presidencia.
Hoy varios analistas sostienen que la alta votación de Abelardo de la Espriella en primera vuelta solo se explica por haber conectado con ese elector volátil: el que va y viene, el que busca algo distinto, el que suele moverse más por el impacto que por las estructuras tradicionales de la política.
Ese mismo fenómeno impulsó a Rodolfo Hernández en 2022. Y, como ocurrió con Antanas Mockus en 2010, el temor a que Colombia quedara en manos de un candidato percibido como insuficientemente preparado terminó favoreciendo tanto a Juan Manuel Santos como a Gustavo Petro.
Porque si algo han demostrado las elecciones presidenciales en Colombia es que, al final, más allá de las tendencias ideológicas, una parte decisiva del electorado termina inclinándose por quien transmite menos dudas, mayor dominio técnico y la autoridad ejecutiva que exige gobernar un país que, por momentos, parece ingobernable.
Por eso el debate de la próxima semana podría ser mucho más que un intercambio de posiciones. Podría convertirse, otra vez, en el momento en que millones de colombianos definan quién está realmente preparado para ocupar la Presidencia de la República.




