No nos vayan a robar la ilusión

Hoy Colombia enfrenta una de esas jornadas que marcan la historia de una nación. Hoy millones de ciudadanos saldremos a las urnas con la esperanza de hacer escuchar nuestra voz, con la convicción de que la democracia sigue siendo el pilar que sostiene nuestra convivencia y nuestras diferencias.
Sin embargo, no puedo ocultar un sentimiento que me acompaña desde hace semanas: el temor.
Temor de que la voluntad popular no sea respetada. Temor de que la polarización que ha dividido familias, amistades y comunidades termine contaminando lo más sagrado que tiene una democracia: el voto libre de sus ciudadanos. Temor de que, una vez más, los intereses políticos estén por encima del bienestar colectivo.
Lo digo con dolor de patria. Porque Colombia merece algo mejor que la confrontación permanente. Merece algo mejor que los discursos incendiarios que alimentan el odio y la desconfianza. Merece líderes capaces de aceptar la victoria con humildad y la derrota con dignidad.
Por eso hoy mi llamado es claro. Le pido al presidente Gustavo Petro, a sus seguidores y a quienes defienden su proyecto político, que respeten las decisiones que se expresen en las urnas. Pero también le pido al expresidente Álvaro Uribe Vélez, a sus seguidores y a quienes respaldan sus ideas, que hagan exactamente lo mismo.
La democracia no puede depender de si gana el candidato que nos gusta o pierde el que rechazamos. La democracia se fortalece cuando todos aceptamos las reglas del juego, incluso cuando los resultados no coinciden con nuestras expectativas.
Hoy siento impotencia al ver cómo la sospecha se ha instalado en buena parte de la sociedad. Escucho a ciudadanos convencidos de que les van a robar las elecciones antes incluso de que se cuente el primer voto. Esa desconfianza es una herida profunda para cualquier democracia.
Pero también creo que todavía hay razones para mantener la esperanza. Esa esperanza está en la gente común, en quienes madrugan para votar, en quienes cuidan las mesas, en quienes participan con civismo y respeto. Está en los millones de colombianos que, más allá de las ideologías, quieren un país donde la voluntad popular sea respetada.
Hoy solo nos queda actuar con firmeza. Acudir masivamente a las urnas. Votar. Participar. Defender la democracia con nuestra presencia y con nuestro compromiso ciudadano.
Que nadie nos robe la ilusión. La ilusión de creer que nuestro voto cuenta. La ilusión de pensar que Colombia puede resolver sus diferencias en paz. La ilusión de seguir construyendo una democracia donde la última palabra la tengan los ciudadanos y no los extremos.
Porque al final, más importante que quién gane, es que gane Colombia.




