Opinión

El olvido de las grandes plazas: la ingratitud de Ángel, Dávila y Cadena con las hinchadas del Quindío, Unión y Cúcuta

Juan David Rincón Galindo

Juan David Rincón Galindo

Comunicador Social y Periodista
Especialista en Periodismo Deportivo
Socio ACORD – Tolima
Director Tolima Online

Hace más de una década, los hinchas del Deportes Quindío, Unión Magdalena y Cúcuta Deportivo viven un calvario del que parecen no poder salir, no por falta de pasión, historia o identidad futbolera, sino por culpa de una dirigencia mezquina, indiferente y profundamente ingrata. Hernando Ángel, Eduardo Dávila y José Augusto Cadena han sido, en sus respectivos clubes, más que directivos: han sido verdugos del amor propio de miles de aficionados que siguen creyendo, contra toda lógica, en un retorno digno a la máxima categoría del fútbol colombiano.

Lo que sucede con estas tres instituciones no es solo un fracaso deportivo. Es una tragedia social y cultural. Estamos hablando de equipos con hinchadas fieles, con estadios que alguna vez vibraron al ritmo de tardes históricas, con jugadores que dejaron huella en el país y más allá. Sin embargo, desde hace más de diez años, lo que domina en estos clubes es el estancamiento, la frustración y la burla constante de sus propios dueños hacia sus comunidades.

¿Dónde están los empresarios que quieran salvar a estas plazas futboleras? ¿No hay nadie que sienta vergüenza de ver cómo los equipos de sus regiones se pudren en la segunda división o, peor, sobreviven como zombis administrativos? ¿O será que el negocio de tener equipos en la B, sin mayores pretensiones, pero con ingresos constantes por fichajes, patrocinios y derechos de formación, es demasiado rentable como para soltarlo?

Todo parece indicar que Hernando Ángel no quiere al Quindío. Que Eduardo Dávila no valora lo que significa el Unión Magdalena para Santa Marta. Y que José Augusto Cadena no siente ningún compromiso real con una ciudad como Cúcuta, que respira fútbol como pocas en Colombia. Lo peor es que estos personajes actúan como dueños absolutos de instituciones que deberían estar al servicio de su gente, no al capricho de sus intereses personales.

El fútbol profesional colombiano no solo pierde competitividad con la ausencia de estos equipos históricos en la A, también pierde identidad. Porque no es lo mismo una liga sin el colorido de la hinchada del Cúcuta, sin el arraigo regional del Quindío o sin el sentimiento caribeño del Unión. Son vacíos que ni los proyectos más modernos pueden llenar.

Es hora de que la Dimayor y el país futbolero exijan un cambio. No se trata solo de resultados en la cancha, sino de respeto por los hinchas, por la historia y por el papel social que cumplen estos clubes. Si sus actuales dueños no están dispuestos a devolverles la grandeza, que den un paso al costado y permitan que otros lo intenten. Porque el fútbol no se hereda, se honra. Y lo que han hecho Ángel, Dávila y Cadena es todo lo contrario.

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