Opinión

Frágiles

Luis Carlos Rojas García

Escritor

“La letra con sangre entra”

Francisco de Goya

Quién no ha escuchado la expresión: “La letra con sangre entra”, imagino que la gran mayoría de personas de nuestro país y de otras partes del mundo; no obstante, dudo mucho que quienes la hayan utilizado o escuchado, recuerden que es nada más y nada menos el nombre que le dio Francisco de Goya a una de sus obras pintada entre 1780 y 1785. El óleo es una clara crítica al sistema educativo violento y abusivo de la época.

Aunque la utilización de la violencia como método de enseñanza se extendió hasta muchos años después, en la actualidad muchas personas afirman que esa infancia plagada de maltratos, insultos y humillación fue la mejor, llegando al punto de añorar al rejo, la chancla, el palo o lo que utilizaran los adultos para castigarles. Dicen, además que, gracias a ese maltrato, que es más una suerte de caricia en el tiempo, hoy en día son hombres y mujeres de bien. Lo que a mí me causa escozor ya que me da la impresión, cada vez que escucho a alguien decir algo así, que estoy hablando con una especie de masoquista consagrado.

Por supuesto, de los abusos sexuales que sufrieron durante años estas pasadas generaciones por parte familiares, amigos y hasta religiosos, nadie habla, nadie dice nada, solo recuerdan lo bonito que era salir a la calle a jugar, a montar bicicleta, las tertulias hasta largas horas de la noche con los amigos, los programas de televisión en familia, incluso con el abusador al lado, pero, como ya se ha demostrado en el mundo de la psicología, las personas víctimas de abusos, simplemente bloquean esos recuerdos y recrean otros mundos, unos en donde todo es aparentemente bueno para no tener que enfrentar la realidad: la violencia, el maltrato o cualquier tipo de abuso, no es sano para la salud de nadie y mucho menos una forma de educar.

Con lo anterior no estoy diciendo que todas las personas de dichas generaciones hayan sido abusadas sexualmente, pero, no hay duda que la gran mayoría fueron víctimas de maltrato por parte de los adultos y también, que ese panorama de abusos sexuales continúa hoy por día, lo mismo los relacionados con el maltrato físico o verbal y lo que es peor, la complicidad, el silencio y la mala costumbre nos han hecho insensibles o unos simples sensacionalistas.

De otro lado, debo decir que pasamos de una generación abusiva a una generación permisiva. Pasamos de maestros violentos a maestros que se desmoronan por no saber manejar la internet. Pasamos de padres extremadamente violentos y autoritarios a padres que no saben qué hacer si el chico no se quiere levantar de la cama. Simple y llanamente, pasamos de la generación que aguantaba de todo a una generación de frágiles.

Podríamos decir además que esta fragilidad es única y exclusivamente de los niños y jóvenes de ahora; sin embargo, la fragilidad ya no reconoce generaciones, hasta los más bravos se derrumban frente a un comentario en Facebook o un mensaje de WhatsApp. Para ensombrecer el panorama y como parte de las ironías de la vida, el Covid-19 ha estado sacando al deprimido que más de uno lleva dentro y por eso no es raro escuchar que fulanito está internado porque no aguantó el encierro, que fulanita entró en crisis por la cantidad de teletrabajo que le dejaron y así sucesivamente van saliendo casos que en antaño se solucionaban con un par de azotes, un grito y la amenaza de: “chille para darle más duro”.

Como sea, todas estas problemáticas emocionales que afectan a unos y otros en los tiempos modernos, no es más que el resultado de años y años de maltrato, abusos y violencia, no importa cuánto quieran romantizar el asunto, somos una sociedad fragmentada, golpeada y maltratada que añora sentir la letra correr por sus cuerpos y sus mentes, pero, con sangre, porque la letra con sangre, como lo pintó Goya, entra.

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