Opinión

Grato recuerdo mundialista

Andrés Currea H.

Comunicador Social

El pasado fin de semana el Canal Caracol, retrasmitió el mítico partido del mundial de Italia 1990, en el cual la Selección Colombia, empató a un gol ante la poderosa Alemania Occidental (que se unificó en 1990, tras la caída del muro en 1989), que a la postre fue la campeona del mundo.

Ver de nuevo la inteligencia plasmada en el fútbol de Carlos Alberto el “Pibe” Valderrama, en el estadio Giuseppe Meazza, de la bella ciudad de Milán, observar con detenimiento la fuerza y potencia de Fredy Eusebio Rincón, las locuras y grandes atajadas del gran arquero René Higuita, la serenidad y estilizado juego del inmolado Andrés Escobar, la velocidad del “Bendito” Fajardo, los desbordes del “Chonto” Herrera, las gambetas de Estrada, la pata dura de Leonel Álvarez y el “Barrabas” Gómez, el temperamento de Gildardo Gómez y el orden táctico de Luis Carlos “El Coroncoro” Perea, fue gratificante en estos días de pandemia.

Toda esta sinfonía, dirigida por el gran Francisco Maturana, un técnico adelantado para la época, que mucho se ha criticado, pero que tiene un valor inmenso en la evolución futbolística del país.

Ese partido fue como pocos, muy pocos, una selección bien ordenada, con buen tratamiento del balón, con paciencia y resistencia, para aguantar la andanada alemana, que vale la pena decirlo, fue bien neutralizada.

Para la época, hace 30 años, Colombia, sufría el azote del narcotráfico que permeaba todo y que atemorizaba con carros bomba, la guerrilla despiadada, los brotes del temido paramilitarismo con las poco célebres convivir en Antioquia, el extermino de la Unión Patriótica y el asesinato de líderes políticos, sociales y periodistas tenían acorralada la sociedad. Como efecto lógico la economía no avanzaba, la pobreza crecía con preocupante velocidad y el panorama no se veía claro. El movimiento de la Séptima Papeleta, se avizoraba como una esperanza, que se cristalizó con la Asamblea Nacional Constituyente, que se instaló un año después (1991)

Así las cosas, ese partido representó un escape a la cruda realidad, un bálsamo para calmar las profundas heridas que la violencia causaba todos los días y que mantenía al país en una peligrosa involución.

Pero volvamos al fútbol. La selección Colombia que regresaba a una cita orbital después de su aparición en el mundial de Chile 1962, recordado por el empate ante Rusia y el gol olímpico (único convertido en mundiales) del ya desaparecido Marcos Coll, afrontaba este nuevo reto. Tras vencer 2 x 0 a Emiratos Árabes y perder ante Yugoslavia (0 x 1), tenía la obligación de no perder para soñar con la siguiente fase del mundial. Y se dio lo inesperado, tras un entretenido partido ante Alemania, que en sus primeros dos partidos sumaba 9 goles, Colombia logró un gran empate a un gol, tras una magistral jugada colectiva, que orquesta “El Pibe” Valderrama y que deja mano a mano a Fredy Rincón, con el gran arquero alemán Bodo Illgner, que tras un galope inolvidable lanzó la esférica por el medio de las piernas del portero y marcó el gol inolvidable.

Ese grito de gol que estremeció a nuestro país, liberó las presiones y permitió olvidar por un instante los ríos de sangre y las injusticias sociales que apaleaban a millones de compatriotas. Ese gol, cambió los titulares de prensa, nos cambió el tema de conversación y nos permitió emerger por un momento de las aguas turbias que nos cubrían como nación, para tomar una bocanada de aire, y con abnegación seguir soportando todo lo que pasaba y lo que estaba por llegar.

Gracias fútbol.

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