Había una vez

Cuenticos para los que desean algún día comunicar
Había una vez un periodista muy reconocido en una ciudad muy, pero muy lejana. A este periodista le gustaba gritar con todas sus fuerzas lo que otros no se atrevían a decir sobre la administración del momento. Este periodista era un “ejemplo” a seguir para muchos jóvenes que estudiaban comunicación social. Su fuerza, su tono, sus denuncias, todo él, en verdad, era de admirar. Sin embargo, cuando la administración que tanto atacaba se terminó y entró el reemplazo, a nuestro querido periodista le dieron un jugoso espacio en una emisora gubernamental y a algunos miembros de su familia los acomodaron en los puestitos que no había querido darle la administración anterior. Fue así como nuestro protagonista no volvió a gritar por recomendaciones del doctor.
Había una vez un joven que estudiaba comunicación social y soñaba con defender a su región y luchar contra la corrupción. Era un joven apuesto y muy profesional en sus cosas, hasta que un día, y luego de alcanzar sus sueños, comenzó a celebrar contratitos que ni el mismo podía explicar.
Había una vez un periodista de esos que se hacen a pulso en las viejas escuelas, sin estudiar y sin ética profesional, a quien le gustaba más el dinero que comunicar; por esta razón solía llamar a funcionarios para sacarles el billetico con la consigna que él, podía darles un uso bien especial a los micrófonos; dicho en otras palabras, si no le daban el dinero él les podía demostrar que sí le gustaba comunicar.
Había una vez grupos, muchos grupos de empresas radiales muy famosas que gustaban de las invitaciones de esos señores que, en aquellos días, andaban con sujetos bien armados, que ponían bombas y demás. No obstante, las reuniones en sus haciendas eran tan buenas que nuestros amigos, hombres y mujeres por igual, no se podían resistir a la francachela y la comelona que les solían invitar.
Había una vez un periodista envuelto en escándalos de acoso sexual y pornografía, el mismo que durante mucho tiempo decía que lo iban a secuestrar, pero, que delinquía como si nada porque sabía que en ese lugar hacerlo era como ir a la tienda a comprar una arepa y cien de salchichón nada más.
Había una vez una periodista que convirtió su noticiero en la casa de citas de la administración de turno y nunca, por más que pasaran cosas relacionadas con la corrupción, se le escuchaba protestar.
Había una vez una universidad, dos universidades, tres universidades, veinte universidades, privadas, públicas y de garaje y otras más, en donde se formaban a los futuros extorsionadores sociales del país, los futuros irresponsables, mediocres y faltos de criterio que levantarían sus voces sin saber realmente por qué, ni para qué, ni cómo, ni cuándo.
Me refiero a esos lugares en donde unos no estudian con juicio por pereza de estudiar, otros por creerse el cuento de la revolución revolucionaria del país que supuestamente van a salvar y, otros, porque no encontraron qué más estudiar.
Había una vez un estudiante de comunicación social que estaba en la política y soñaba con fusionar el periodismo con sus ideologías chocarreras. El muchacho intentaba sobornar a los maestros con favores, ya que no cumplía con sus responsabilidades académicas. Comenzó dando pequeños discursos, muy al estilo de su partido y un día, después de mucho insistir, encontró que no todos tienen un precio, pero, también aprendió que los que tienen precio son más.
Había una vez un periodista que sobornaba a sus colegas para que “comieran callados” con los actos de corrupción de la ciudad. A este personaje lo vendieron sus colegas, pero, como suele suceder, su voz nunca se ha querido apagar.
Había una vez la periodista amante del amigo, del hermano, del primo, del sobrino, del alcalde del gobernador, del administrador, del dueño de la emisora y del señor director.
Había una vez un joven aspirante a periodista amante del fulano, del político, del dueño del negocio, primo hermano de los mismos de siempre, quien amasó unos pesos y olvidó su profesión por su actuar de dama de compañía o prepago posmoderna.
Había, ha habido y hay, una vez y otra vez y muchas otras veces más, hombres y mujeres que venden su dignidad por un contrato, una lechona o un tamal. Personajes muy famosos, otros no tanto, pero, que actúan igual.
Me refiero a todos aquellos a quienes los intereses personales les pueden y están por encima de la verdad; son todos aquellos que inventan la noticia, que venden al amigo, al vecino, que buscan siempre el color amarillo porque es el que indudablemente vende más.
Me refiero a toda esa gente que se hace llamar locutor, periodista o comunicador social, pero, que por culpa de ellos la profesión se prostituyó y ahora vemos cómo, desde el que está arriba, hasta el que está abajo, tienen el mismo modo de operar.
El tiempo sigue su curso y dentro de poco tendremos una nueva promoción de comunicadores sociales. Jóvenes y jovencitas que, imagino yo, los cambios harán. Bueno, eso quiero imaginar, o será que vale la pena preguntarnos:
¿Qué podemos esperar?




