La historia de Mauricio: Cuando el semáforo se volvió escenario

Mauricio alguna vez fue un joven como tantos otros en Ibagué: matriculado en la facultad de Ingeniería, alcanzando la nota suficiente para pasar y con un futuro “seguro”. Sus padres estaban tranquilos y todo seguía un curso normal, pero mientras resolvía fórmulas y analizaba estructuras, su corazón latía al ritmo de algo más profundo, más inquieto, más incierto: el arte.
Durante un tiempo, intentó llevar las dos vidas: por las mañanas, la universidad; por las tardes, su show en el semáforo. Se decía a sí mismo que lo hacía para pagar sus estudios, pero en el fondo sabía que era una excusa para acercarse a lo que verdaderamente lo hacía feliz. Al principio, no tenía más que unas pelotas que llenó de arena para improvisar sus primeros malabares. Temblaba cada vez que el semáforo cambiaba a rojo y debía salir con su espectáculo silencioso, apenas sostenido por la mirada apurada de los conductores.
No fue fácil. Mauricio era tímido y no sabía mirar al público a los ojos ni recibir un aplauso sin sonrojarse. Pero algo pasó, los malabares comenzaron a fluir, los trucos se volvieron parte de su cuerpo y el miedo se convirtió en un impulso para hacer eso que siempre había deseado. Empezó a observar a otros artistas, a admirarlos, a preguntar y aprendió de ellos con humildad y dedicación. Luego llegaron los zancos, las clavas, el fuego. Sí, el fuego. Aprendió a escupirlo con una precisión casi poética, como si al hacerlo expulsara también sus miedos y su antiguo plan de vida seguro.
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Un día, sin más vueltas, decidió dejar de estudiar ingeniería. Se inscribió en talleres de teatro, se metió de lleno en el arte callejero y se dejó llevar por la pasión que siempre había callado. Pero no todo era color de rosa. Muchas personas aún no veían su trabajo como algo serio. “¿Y usted qué hace?” le preguntaban con condescendencia. Él sonreía, como quien sabe algo que los demás todavía no han comprendido.
Hasta que un día, en un semáforo del centro, mientras ofrecía su rutina, una mujer bajó el vidrio del carro y le dijo: “No te voy a dar nada porque no tienes uniforme. Cada oficio tiene su uniforme. El tuyo, si es en serio, debería tener uno también. Como los policías, los médicos, los bomberos. El uniforme muestra el respeto por lo que uno hace.”
Mauricio se quedó pensativo, no se sintió ofendido, se sintió retado. Esa noche, al llegar a casa, buscó entre sus cosas y comenzó a crear. Días después apareció en el semáforo con su primer vestuario hecho a mano. Luego vinieron otros, con más colores, más detalles y más carácter. No lo hacía solo por estética: era un símbolo, un mensaje. Su trabajo era tan digno como cualquier otro. El escenario podía ser la calle, pero el respeto empezaba por cómo él mismo se asumía como artista.
Hoy no vive del azar. Mauricio forma parte de colectivos artísticos, trabaja en eventos y espectáculos, y ha sido parte del elenco de distintas obras y musicales como El Rey León. También ha enseñado su arte a grupos de niños y ha viajado con su arte por toda Colombia y fuera del país. El tímido que apenas podía alzar la voz, hoy baila con fuego frente a multitudes, vestido con la dignidad de quien encontró su lugar en el mundo.
Mauricio es prueba viviente de que no hay mayor apuesta que la que se hace por uno mismo. Que vale la pena arriesgarse por lo que se ama, incluso si eso significa soltar la seguridad y abrazar lo incierto. Porque al final, la felicidad también se entrena, como un truco nuevo, como un equilibrio sobre el monociclo: con práctica, con caídas, y con la fe absoluta de que el próximo intento saldrá mejor.





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