Opinión

Las Cortesanas y el precio de la libertad femenina

Sandra Liliana Pinto Camacho

Ingeniera Industrial PUJ & Administradora Hotelera AH&LA

Cortesana, establece la RAE (Real Academia Española), “Dicho de una mujer: Que ejerce la prostitución, especialmente si lo hace de manera elegante o distinguida. Una dama cortesana”. Sin embargo, al consultar Cortesano aparece “Perteneciente o relativo a la corte”.

En la distinción de la aplicación del adjetivo de acuerdo con el género se ha definido un estigma que ha permanecido a través del tiempo, antecediendo lo logrado por estas valientes mujeres, generalmente de pensamiento libre, por el juicio social sobre su comportamiento, sin el cual no les hubiera sido posible el maravilloso desarrollo de su personalidad.

Las cortesanas más famosas de la historia se caracterizaron por ser beldades que encandilaban con su agudeza e ingenio y, no pocas, con sus dotes artísticas, pero todas son mujeres que lucharon a su manera por empoderarse en la sociedad que las vio nacer.

Así, las cortesanas, cuya capacidad de brillar en la conversación, las artes y la cultura, las distingue de la definición dada por la RAE como prostitutas, existen desde la antigüedad en civilizaciones muy dispares: desde las “hetairas” griegas a las “oiran” japonesas o las “odaliscas” turcas.

Las cortesanas de la Antigua Grecia y el juicio de Friné

La primera cortesana de la antigua Grecia fue Aspasia de Mileto: “Dominaba a los hombres de Estado más influyentes”; “Tenía una rara sabiduría política”; “Le escribía los discursos a Pericles”. Estos y otros elogios dedicaron autores griegos y romanos a este personaje de enorme influencia en la Atenas helenística del siglo V a. C.

Las mujeres como ella llamadas hetairas, eran una clase de cortesanas profesionales e independientes de la Antigua Grecia que, además de cuidar su atractivo físico, cultivaban sus mentes y talentos en un grado mucho más alto de lo que se le permitía a la mujer ática promedio. Eran extranjeras de gran atractivo a las que se entrenaba desde la infancia para alegrar los banquetes, que entonces eran el sumun de la diversión de los varones. Sus servicios incluían el intercambio sexual, pero aportaban también sus dotes como inteligentes conversadoras y sus habilidades en la música y la danza. Estas cortesanas extranjeras eran las únicas mujeres que gozaban de libertad de movimientos y vida social en la sociedad Ateniense, que era muy opresiva con la mujer, permitiéndoles incluso, poseer muchos bienes.

En la Antigua Grecia estaban prohibidos los abogados por el temor de que la persona hábil en el arte de la oratoria pudiera seducir a los jueces. Los hombres tenían que defenderse a sí mismos de acuerdo con la Ley de Solón. Cuando las mujeres eran las acusadas, podían requerir el servicio de un “orador”. Fue el caso de Friné, una bellísima hetaira acusada del delito de “impiedad”. La impiedad consistía en no respetar los ritos que se debían realizar por los dioses y fue una de las razones por las que el gran filósofo ateniense Sócrates había sido sentenciado a morir tomando cicuta.

El Tribunal estaba compuesto por ciudadanos elegidos por sorteo y el espacio en el que se celebraban los juicios era el Areópago, que era considerado un lugar sagrado, por ello, antes de cada audiencia, era regado con agua limpia con el fin de recordar a los jurados y a los litigantes que en él sólo debía entrar lo que era puro y nada más.

Friné pidió ayuda a su amigo y amante Hipérides -uno de los mejores oradores del momento- para que la representara ante el Areópago quien a pesar de que se preparó a fondo y de que fue una de las mejores intervenciones de su vida, no consiguió convencer al jurado con su conmovedor discurso, que le había escrito el profeso Anaxímedes deLampsacus.

«…como no conseguía nada con su discurso y era probable que los jueces la condenaran, tras conducirla hasta un lugar bien visible y desgarrarle la túnica interior, dejándole el pecho desnudo, declamó sus lamentaciones finales ante la visión que ella ofrecía…», cuenta el escritor Ateneo de Náucratis en «Banquete de los eruditos».

«…y consiguió que los jueces sintieran un respeto reverencial hacia la ministra y sierva de Afrodita, concediendo por piedad religiosa que no se le diera muerte», dice Ateneo.

Aristóteles cabalgado, tallado en la sillería de la catedral de Zamora hacia 1500.

Aristóteles y la Cortesana

A comienzos del siglo XIII Henri d’Andeli publica su lai d’aristote en donde, de manera burlesca e imaginativa narra un supuesto evento ocurrido en la expedición a la India en que Aristóteles acompaña a Alejandro Magno como su preceptor y le recomienda que abandone la compañía de Filis, una joven y bella cortesana de la que el rey se ha enamorado.

La cortesana, enterada del consejo del filósofo promete venganza. Una mañana, la joven comienza a bailar de manera sensual y a entonar canciones de amor en el jardín contiguo al estudio de Aristóteles. La belleza de su canto hace que el filósofo sienta un ardiente deseo por la joven y abra su ventana para poder verla y requerir sus servicios.

Ella, preparada para la propuesta, promete saciarlo con una única condición: debe fingir ser un caballo y dejarla montar sobre su espalda mientras la pasea por el jardín. Aristóteles consiente. En el momento en que está cumpliendo el capricho de la hetaira, Alejandro los ve desde una altura superior del castillo y exige a su maestro una explicación. La respuesta es clara: si un viejo como él se ha visto enredado en tal situación por causa del amor, ¿qué no le pasaría a un joven inexperto como Alejandro?  he ahí la razón de prevenirlo contra el deseo erótico, que ni atiende a edad, ni a reputación, ni a conocimiento. Alejandro, complacido con la respuesta, perdona a su maestro, y queda libre para reunirse con su amiga sin recibir ningún tipo de reprimenda.

Verónica Franco de Tintoretto, 1575, Worcester Art Museum, Worcester

Las cortesanas en el medievo y Verónica Franco, la reina de todas

En el Imperio bizantino encontramos a una cortesana que llegó a emperatriz: Teodora (500-548), hija de una familia circense –su padre era domador de osos; y su madre, bailarina–, se casó nada menos que con Justiniano, quien cambió las leyes para beneficiar a su favorita; en este caso, con el objetivo de facilitar el matrimonio.

En el Japón medieval en el siglo X, las mujeres participaban de forma activa en la vida de la corte imperial de Heian –actual Kioto–, en la que se permitía una notable liberalidad. El nivel cultural de ellas era tan alto que surgió un notable círculo literario femenino, en el que destacó la aristócrata Murasaki Shikibu, que escribió Historia de Genji, el mayor clásico japonés.

En la Venecia del siglo XVI, Verónica Franco no sólo se destacó por su belleza, sino también por su cultura –llegó a ser una famosa poeta– y su moderna visión de los derechos de las mujeres.

Nacida en una familia veneciana de clase media (cittadino de la República Veneciana), su padre fue Francesco María Franco y su madre, Paola Fracassa, una cortesana que, al casarse, abandonó su antiguo oficio, lo que la permitió dar a Verónica una buena educación y concertar su matrimonio con Paolo Panizza en 1563, un médico aficionado al juego y a la bebida. Ante la vida insoportable que le daba, en 1564 y aun estando embarazada, decide reclamar su dote y separarse.  Tras esta separación, recurrió a su madre para que la enseñara e introdujera en su propio oficio de cortesana honesta (cortigiane oneste) para mantener a su familia.

En poco tiempo, Verónica llegaría a ser la más exitosa de las cortesanas honestas de Venecia, teniendo relaciones con los personajes más importantes de la ciudad como senadores, cardenales, académicos e incluso tuvo una breve relación con el rey Enrique III de Francia.

Verónica escribió y publicó dos poemarios: Terze rima en 1575, apoyado por Doménico Venieri, un poeta seguidor de Petrarca y Lettere familiari a diversi (Cartas íntimas y variadas) en 1580, editado por ella misma, donde se recoge su correspondencia con personajes de la época y que hoy constituye un testimonio privilegiado de los usos y costumbres de aquella Venecia. Publicó colecciones de cartas y recopiló obras de otros escritores en diversas antologías. Gracias a su éxito, dispuso de los medios necesarios para fundar una beneficencia para cortesanas.

Es la historia misma la que reivindica el papel que las cortesanas jugaron en el desarrollo de las libertades que aún hoy son tan esquivas a las mujeres, quienes continuamos luchando por que nuestros talentos sean valorados adecuadamente dentro de una sociedad cada vez menos inequitativa e injusta.

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