Reconstruir no es solo levantar muros

Colombia todavía cuenta sus pérdidas. El terremoto del pasado 10 de agosto dejó un dolor que ninguna cifra alcanza a expresar: vidas que no volverán, familias sin techo, ciudades heridas. Pasado el primer momento de la emergencia, el país entra ahora en una etapa larga y difícil, la de la reconstrucción. Y conviene decir, desde el principio, algo que el afán a veces olvida: reconstruir no es solo levantar muros.
Entre los daños del sismo hay uno que compromete el futuro de manera silenciosa. Más de tres mil sedes educativas resultaron afectadas. Detrás de ese dato hay niños sin aula, jóvenes con su formación interrumpida y comunidades que perdieron, junto con sus casas, el lugar donde se construía su porvenir. Asegurar y reponer esos espacios no es un asunto secundario frente a la vivienda o los hospitales: es parte del mismo esfuerzo por devolverle a la gente la posibilidad de seguir adelante.
Aquí es donde quiero detenerme, porque suele pasarse por alto. Una reconstrucción seria no la hacen únicamente los ladrillos y los subsidios; la hace, sobre todo, el conocimiento. ¿Quién diseña edificaciones que resistan el próximo temblor? ¿Quién planifica un territorio para que la tragedia no se repita en el mismo lugar? ¿Quién forma a los ingenieros, los médicos, los maestros y los gestores que una región necesita para ponerse de pie? La respuesta, casi siempre, pasa por sus universidades. La educación superior pública no es un espectador de la reconstrucción: es una de sus herramientas más poderosas.
Lo es de tres maneras. Primero, porque forma el talento humano que reconstruye: los profesionales que calculan estructuras, atienden la salud física y mental de los damnificados, y coordinan la logística de una obra que tomará años. Segundo, porque produce el conocimiento que evita repetir la historia: investigación sísmica, ordenamiento del territorio, gestión del riesgo. Reconstruir mejor, no solo reconstruir, exige ciencia, y la ciencia se hace en buena parte desde la academia. Y tercero, porque las universidades son anclas de continuidad y de esperanza en sus regiones: sostienen la formación cuando todo lo demás se tambalea y acompañan a las comunidades con su saber y su presencia.
Como economista, no puedo dejar de señalar una dimensión adicional. La reconstrucción será, muy probablemente, la mayor decisión de inversión pública que el país tome en años. Miles de millones destinados a viviendas, escuelas, hospitales y vías. Invertir esa suma bien, con criterios técnicos, evaluación de impacto, transparencia y planeación de largo plazo, o invertirla mal marcará la diferencia entre un país más resiliente y una oportunidad desperdiciada. En esa tarea de pensar el gasto con rigor, la universidad tiene mucho que aportar y el deber de hacerlo.
Ninguna de estas ideas reemplaza la urgencia de la ayuda inmediata, ni pretende hacerlo. Pero mientras llegan los materiales y se levantan las primeras casas, vale la pena recordar que hay una reconstrucción que no se ve y que sostiene a todas las demás: la de las capacidades de un pueblo para volver a empezar. Esa se cultiva mucho antes de que tiemble la tierra y se sigue cultivando mucho después, en las aulas y los laboratorios.
Al final, los muros que hoy caen se pueden levantar de nuevo. Lo que de verdad hace resistente a una sociedad no es la solidez de sus edificios, sino la de su conocimiento y su gente formada. Reconstruir el país es, también y, sobre todo, seguir apostando por ellos.




