Historias

Teodora del Prostíbulo

Sandra Liliana Pinto Camacho

Ingeniera Industrial PUJ & Administradora Hotelera AH&LA

Sentada en la esquina del salón observaba como llegaban una tras otra, las bandejas de deleitosos manjares que excedían la cabida de los estómagos de los asistentes al banquete, teniendo, muchos de ellos, que desocuparla frecuentemente para poder disfrutar de las tiernas carnes de avestruz o los exquisitos talones de camello, que, como muchos platos más, se servían desde la temprana tarde.

Ya habían pasado las recitaciones poéticas, las audiciones musicales acompañadas por la lira y los juegos de azar divertidos por los bufones para hacer reír a los comensales.

Al tiempo que se escondía el sol en el horizonte, comenzaba el esperado espectáculo de danza. Como salidos de un acto de magia, un grupo de preciosas esclavas sirias y africanas acompañadas por hermosos jóvenes (algunos erómenos de los honorables invitados al evento) comenzaron la interpretación de “Los amores de Marte y Venus”. Al final de la obra, Titán (Dios del sol) delata a los amantes con el marido ofendido, Vulcano, quien captura a los ofensores con una red y los exhibe ante los Dioses entre saltos y contorsiones acrobáticas, desnudándolos frente al público.

Desde la esquina, Teodora contempla el acto mientras recuerda los tiempos de trabajo en Constantinopla cuando con 15 años, era apenas una niña. Hija de un domador de osos y una bailarina, su origen chipriota la señalaba como meretriz, destino que se cumplió cuando a la muerte de su padre, tuvo que trabajar como actriz en un burdel realizando indecentes exhibiciones en el escenario y otorgando servicios sexuales fuera de él, ganándose la vida combinando sus habilidades teatrales y eróticas.

Auguste Clésinger: Leda y el cisne (Léda et le cygne, 1864). Museo de Picardía (Amiens).

Su belleza, ingenio y carácter espontáneo la habían hecho famosa en estos tiempos en el hipódromo, siendo memorable su representación de “Leda y el Cisne”, en donde yacía desnuda en el escenario mientras algunos asistentes le esparcían granos sobre el cuerpo que eran picoteados por ocas, simulando una violación que la obligaba a contorsionarse sensualmente bajo la vista y el deleite del público.

Su fama llegaría a propagarse por el imperio con gran celeridad por lo que era invitada de honor a banquetes y festines de los más altos niveles sociales que incluían de manera especial a los oficiales gubernamentales de alto rango, quienes tenían prohibido socializar con actrices, término que era sinónimo de prostituta en la época, así ésta se hubiera reformado.

No poder socializar no era impedimento para que en las conversaciones de estos comandantes se infiltraran historias reales y ficticias de sus hazañas con mujeres, especialmente actrices, que por su naturaleza prohibida resultaban aún de mayor interés.

Las anécdotas, adornadas con detalladas descripciones y acompañadas del vino cada vez más frecuente, calentaba el ambiente e invitaba a querer repetirlas.

Las primeras en ser abordadas con tales fines eran las hermosas esclavas desnudadas durante la ejecución de la danza (y sin distinción, los jóvenes bailarines que no tuvieran benefactor) comenzando lo que era el final común de las celebraciones, una orgía.

Teodora anticipaba el inicio del desenfreno y antes de que empezara se deslizaba por entre los invitados en búsqueda de la salida.

Había decidido hacía algunos años que prefería la tranquila ocupación de tejer lana a continuar con su oficio de meretriz y era así como todas las tardes abría su puerta dejando a los rayos del sol entrar mientras se concentraba en su labor.

Una calurosa tarde de primavera la joven hilaba con una rueca en su humilde portal cuando llamó la atención de un joven militar que pasaba por el frente de su casa quien quedó deslumbrado por tan maravillosa belleza. No atreviéndose a conversar con ella, cada tarde bajaba a ver tejer a Teodora desde cierta distancia tratando de mantener su anonimato, lo que le resultaba cada vez más difícil.

Cuando los vecinos reconocieron al heredero al trono, Justiniano tuvo que armarse de valor y dar el primer paso para conocer a la joven.

Ella era hermosa, segura de sí misma y aguda; él, reservado, poco dado a sonreír y no tan agraciado. Sin embargo, en cada visita él se enamoraba más de ella, y ella igual de él.

Petrus Sabbatius había nacido en una pequeña aldea​ en el seno de una familia humilde. De no haber sido por su tío Justino I, quien lo adoptó, habría sido granjero.

Aunque para él, el mayor temor era que lo rechazara por su diferencia de edades (ella tenía 21 y él 40), para ella era que lo hiciera cuando descubriera su pasado.

Teodora entendía que, si ella no le contaba su oficio en Constantinopla, de igual manera Justiniano lo iba a descubrir interpretándolo como un engaño de su parte.  Fue así como escogió el momento oportuno y con lágrimas en sus ojos le contó a su amado su pasado sombrío.

Tal historia dejó atónito a Justiniano, quien siendo un hombre erudito legaría a la humanidad la compilación del derecho civil romano.

En aquel momento era el heredero al trono de su tío, Justino I, y como jurista, conocía muy bien la Ley Romana que prohibía el matrimonio de las actrices con oficiales gubernamentales.

Aunque intentó no volver a visitarla ni volver a hablar con ella, ya era demasiado tarde.  Estaba enamorado y su corazón no le permitiría olvidarla. Era cuestión de tiempo para que la invitara a vivir con él en el palacio y así lo hizo.

El desparpajo, simpatía y la belleza de Teodora impresionaron al tío quien pudo entender porque su sobrino la había elegido, tomándole también mucho cariño.

Sin embargo, Eufemia, esposa de Justino I, a quien le caía bien Justiniano y nunca le negaba nada, estuvo en contra de este matrimonio por tratarse de una actriz; por lo que esta unión representaba para la ley romana y especialmente, porque se veía reflejada en Teodora, pues su pasado también era vergonzoso.

No fue sino hasta cuando Eufemia murió que Justino I pudo eliminar esta ley, y su sobrino casarse con Teodora siendo coronada como emperatriz a los cuatro años de haber contraído nupcias, en el mismo lugar en que había desarrollado su carrera como actriz, el hipódromo.

Como emperatriz, Teodora gobernó hombro a hombro con su esposo siendo el camino transitado lo que le permitió mostrar a su marido que la prostitución era un asunto de justicia social y no un problema moral personal; que la pobreza era lo que llevaba a las mujeres a esta ocupación y que era menester de ellos, como gobernantes, garantizar los derechos de las meretrices cerrando burdeles en los que fueran violentadas y creando casas de protección mientras que con su poder político lograban la aprobación de leyes que prohibieran la prostitución forzada.

Restos del hipódromo de Constantinopla, uno de los principales escenarios de la revuelta.

Su rol como consejera cercana del emperador, la única en hablarle al oído, había dado a Teodora un poder inusitado que hacía temblar a quienes, en su juventud, le habían causado daño. Nunca pudo olvidar que, tras la muerte de su padre y estando en precarias condiciones económicas, ella y sus hermanas fueron rechazadas por el partido de los «verdes» quienes no quisieron dar a su padrastro el puesto de su padre, como adiestrador de osos, lo que a la postre las llevaría a tenerse que prostituir.

Aunque de los “verdes” hacían parte los artesanos, comerciantes, arrendatarios y las clases menos favorecidas, fueron los «azules» quienes la aceptaron en sus filas siendo además la facción en la que estaba el emperador, ya que de la misma formaban parte los aristócratas y terratenientes.

A medida que pasaba el tiempo la profunda rivalidad política y religiosa entre los verdes y los azules estaban suscitando un enfrentamiento civil alentado, entre otros, por Hipatio, sobrino también de Justino I quien consideraba tener derecho al trono.

En enero del año 532 d.C., en una desafortunada e ingenua decisión, el emperador organizó una carrera de coches en el hipódromo para intentar calmar los ánimos caldeados de ambos bandos tras un incidente en el que habían muerto varios de sus miembros.

Fue esta la oportunidad que advirtió Hipatio quien aprovechó la contienda deportiva para infiltrar a sus seguidores para que, desde distintos frentes, incitaran al público que se encontraba en el hipódromo a abuchear al emperador quien, al verse acorralado por el pueblo, ordenó cancelar la carrera y huyó como pudo del estadio por un pasadizo que conectaba con el palacio imperial.

Plano de Constantinopla con el Hipódromo y el Palacio.

Ante esa reacción, la gente se enfadó aún más, y salieron del hipódromo, dirigiéndose directamente hacia la residencia del emperador sin dejar de entonar el grito de Nika (victoria en griego).

Justiniano y sus oficiales, incapaces de controlar a las masas, se preparaban para huir sin embargo Teodora, a quien su dura vida le había otorgado la virtud del coraje, recordó a su marido que era mejor morir como un emperador que lucha para defender y conservar su trono, que huir asustado y vivir en el exilio: «la púrpura es una excelente mortaja», dijo.

Como resultado, Justiniano ordenó a sus tropas leales, lideradas por sus dos más cercanos oficiales, Belisario y Mundus, que atacaran a los manifestantes en el hipódromo matando aproximadamente a 30.000 rebeldes y posteriormente, por solicitud expresa de su esposa, ajusticiar a Hipatio, quien había sido el incitador.

Fue el carácter de Teodora, cultivado durante años de duras luchas, lo que salvó el reinado de Justiniano, quien nunca olvidó que fue ella quien protegió su trono, guardándole gratitud y aprecio hasta el último día de su vida.

Teodora murió a los 48 años y Justiniano la sobrevivió 18 años más. Se dice que lo vieron llorar amargamente en su funeral.

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