Opinión

Terremoto en Colombia: No necesitamos más odio, necesitamos más hermanos

Diana María Castillo Trujillo

Diana María Castillo Trujillo

Comunicadora Social – Esp en Política, Cultura y Educación – Master en Dirección de Recursos Humanos.

Hay días en los que un país entero debería guardar silencio.

No porque dejemos de tener diferencias. No porque de repente todos pensemos igual. No porque las discusiones políticas hayan desaparecido.

Sino porque hay momentos en los que la vida humana debería estar por encima de cualquier ideología.

El lunes 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, la tierra volvió a recordarnos lo frágiles que somos.

Un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, sacudió buena parte de Colombia y dejó una estela de destrucción y dolor especialmente fuerte en Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Caldas y otras zonas del país.

Las cifras todavía están cambiando mientras continúan las labores de búsqueda. El último balance nacional que pude verificar reporta 188 personas fallecidas, 1.677 heridas y 243 estructuras colapsadas, además de más de un centenar de réplicas. Algunas autoridades locales han reportado cifras diferentes, por lo que el número definitivo de víctimas todavía está en consolidación.

Pero detrás de cada número hay un nombre.

Hay una madre.

Un hijo.

Un abuelo.

Un hermano.

Una familia que espera una llamada.

Y hay también animales que quedaron atrapados, perros que buscan a sus familias y gatos que, como tantos seres indefensos, quedaron separados de quienes los aman.

Por eso esta tragedia me ha tocado de una manera particularmente profunda.

Yo tengo tres gatos.

Cuando la tierra se movió, sentí miedo. Mucho miedo.

Pensé en cómo podría atraparlos si tuviera que salir rápidamente. Pensé en los guacales, en las puertas, en cuál de ellos alcanzaría primero.

Y entonces recordé algo todavía más doloroso.

Hace apenas un año, mi mamá estaba postrada en una cama.

Y me pregunté:

¿Qué habría hecho yo si este terremoto hubiera ocurrido entonces?

¿Cómo habría sacado a una mujer que no podía caminar?

¿Cómo habría protegido a mis gatos?

¿Cómo habría logrado hacerlo todo mientras la tierra se movía?

La respuesta es sencilla y aterradora: habría hecho lo que miles de colombianos hicieron estos días.

Lo que pudieron.

Con miedo.

Con desesperación.

Con las manos.

Con lágrimas.

Con esperanza.

Por eso me conmueven tanto las imágenes de los rescatistas entrando a los escombros. Los bomberos, los perros de búsqueda, los voluntarios, los vecinos y todas aquellas personas que, en medio del peligro, decidieron ayudar.

Y también me conmueve profundamente saber que todavía hay historias de vida.

Daniela Largo, de 32 años, fue rescatada con vida después de permanecer aproximadamente 35 horas bajo los escombros en Pereira. En Cali también se han producido rescates de personas y animales.

En medio de tanta muerte, cada vida recuperada es una victoria.

Cada ladrido que vuelve a escucharse.

Cada gato que vuelve a los brazos de su familia.

Cada niño que sale de entre los escombros.

Cada padre encontrado.

Cada madre que vuelve a abrazar a su hijo.

Eso también es Colombia.

Pero hay historias que nos rompen el corazón.

Durante estos días, el periodista José Fernando Patiño vivió una angustiosa carrera contra el tiempo buscando a su padre, Darío Patiño Rivera, atrapado entre los escombros de Torres del Limonar, en Cali.

Hoy sabemos que Darío fue encontrado sin vida.

Y detrás de esa noticia no hay solamente el nombre de una víctima más.

Hay un hijo que tuvo que esperar.

Una familia que tuvo esperanza.

Una familia que finalmente recibió la noticia que nadie quisiera recibir.

También conocimos la dolorosa historia de Violeta Guerrero, de apenas siete años, y su abuela Amparo Jaramillo, de 71, quienes fueron encontradas sin vida en Cali.

Y mientras escribo esto pienso:

¿Cómo puede alguien mirar estas historias y todavía encontrar espacio para el odio?

¿Cómo puede un país que está llorando a sus muertos seguir peleando como si estuviéramos en una campaña electoral?

No.

Hoy Colombia no es de izquierda.

Hoy Colombia no es de derecha.

Hoy Colombia no debería ser petrista, uribista, de ningún partido ni de ninguna corriente.

Hoy Colombia es Colombia.

Somos los que están debajo de los escombros.

Somos los que están buscando.

Somos los que están esperando.

Somos los que llevan agua.

Somos los que donan comida.

Somos los que prestan una máquina.

Somos los que cargan una camilla.

Somos los que rescatan un perro.

Somos los que buscan un gato.

Somos los que lloramos a nuestros muertos.

Somos los que todavía esperamos encontrar con vida a alguien que amamos.

Somos un mismo pueblo.

Una misma nación.

Un mismo país.

Podemos discutir mañana.

Podemos exigir explicaciones mañana.

Podemos cuestionar al Gobierno, al presidente, a los alcaldes, a los gobernadores y a cualquier funcionario mañana.

La democracia precisamente sirve para eso.

Pero hoy hay gente que necesita nuestra ayuda.

Y lo que ocurrió con el alcalde de Cali, Alejandro Eder, debería hacernos reflexionar profundamente.

El mandatario fue agredido mientras recorría una de las zonas afectadas por el terremoto. En medio de los reclamos y los insultos, tuvo que ser retirado del lugar por su esquema de seguridad y recibió el impacto de una piedra.

Podemos estar en desacuerdo con un alcalde.

Podemos cuestionar su administración.

Podemos reclamarle.

Podemos protestar.

Pero agredirlo mientras está atendiendo una emergencia no puede convertirse en la respuesta de una sociedad que pretende reconstruirse.

No podemos convertir el dolor en violencia.

No podemos utilizar una tragedia para profundizar las heridas que ya tenemos como país.

Porque mientras unos lanzan piedras, otros están levantando escombros.

Mientras unos insultan, otros están buscando sobrevivientes.

Mientras unos convierten la tragedia en una pelea política, otros están intentando salvar una vida.

Y ahí es donde deberíamos preguntarnos qué clase de país queremos ser.

Si queremos ayudar, hagámoslo con responsabilidad.

No entreguemos dinero a cuentas personales que aparecen en cadenas de WhatsApp.

No compartamos números de cuenta sin verificar.

No difundamos fotografías viejas como si fueran de esta tragedia.

No inventemos cifras.

No anunciemos supuestos desaparecidos sin confirmar.

No compartamos audios que aseguran que “viene un terremoto peor”.

En una tragedia, una noticia falsa también puede hacer daño.

La solidaridad debe canalizarse por organismos oficiales, autoridades territoriales, organizaciones reconocidas y centros de acopio debidamente identificados. Las alcaldías de varias ciudades y organismos como la Cruz Roja han habilitado mecanismos para recibir ayuda.

Y tampoco necesitamos una avalancha de voluntarios improvisados llegando por cuenta propia a las zonas de desastre.

Necesitamos ayuda organizada, capacitada y coordinada.

La solidaridad internacional también es bienvenida cuando llega por los canales establecidos y puede integrarse adecuadamente a las operaciones de emergencia.

Ayudar también significa saber cómo, dónde y cuándo hacerlo.

Y no olvidemos a los animales.

Ellos también son víctimas.

Necesitan alimento, atención veterinaria, agua, refugio y, muchas veces, simplemente que alguien los busque.

No dejemos que la emergencia humana nos haga olvidar que hay cientos de animales que también están sufriendo.

También quiero mirar hacia mi tierra.

Mientras Colombia intenta levantarse de este terremoto, el Tolima enfrenta su propia emergencia.

El departamento atraviesa una situación crítica por los incendios forestales. Este martes se reportaban 26 incendios forestales activos, con San Luis y Ortega entre los municipios más afectados.

Y el problema no es solamente de hoy: la Corporación Autónoma Regional del Tolima, Cortolima, había reportado que agosto comenzó con 40 incendios forestales y cerca de 484 hectáreas afectadas.

Nuestros bosques están ardiendo.

Nuestros animales están perdiendo su hábitat.

Nuestros ecosistemas están sufriendo.

Y frente a todo esto necesitamos nuevamente menos pelea y más responsabilidad.

No hacer quemas.

No arrojar colillas.

No dejar vidrios ni elementos que puedan provocar incendios.

Reportar inmediatamente cualquier conflagración.

Proteger nuestra fauna.

Cuidar el agua.

Ayudar a quien lo necesita.

Y, sobre todo, recuperar algo que parece que estamos perdiendo:

La capacidad de mirarnos como seres humanos antes que como adversarios políticos.

El alcalde que llora también es un ser humano.

El presidente al que algunos insultan también es un ser humano.

El ciudadano que piensa diferente también es nuestro compatriota.

El bombero que entra a un edificio colapsado no pregunta por quién votaste.

El perro que espera que lo rescaten no sabe qué partido gobierna.

La mujer atrapada bajo los escombros no pregunta si quien viene a salvarla es de izquierda o de derecha.

La vida no pregunta por quién votamos.

Entonces, ¿por qué nosotros sí?

Hoy quiero pedirle a Colombia algo que quizá parezca ingenuo, pero que en medio de esta tragedia considero urgente:

Dejemos de atacarnos.

Por unos días, al menos, bajemos el volumen del odio.

Dejemos de utilizar una tragedia para fabricar propaganda.

Dejemos de convertir cada imagen en una oportunidad para culpar al adversario.

Dejemos de compartir mentiras.

Y hagamos algo mucho más difícil y mucho más valioso:

Ayudemos.

Ayudemos al que piensa como nosotros y al que piensa diferente.

Ayudemos al que votó por nuestro candidato y al que votó por otro.

Ayudemos al que tiene dinero y al que perdió todo.

Ayudemos a los niños.

A los adultos mayores.

A las familias.

A los animales.

A los rescatistas.

A quienes hoy están buscando a un ser querido.

Porque quizás algún día seamos nosotros quienes necesitemos que alguien nos tienda la mano.

Hoy miro mi casa y doy gracias a Dios porque no tiene una sola grieta.

Miro a mis tres gatos y agradezco que estén conmigo.

Y al mismo tiempo miro a Colombia y tengo el corazón roto.

No sé por qué a unos les tocó perderlo todo y a otros no.

No tengo una respuesta para eso.

Pero sí sé algo:

Si la tierra nos recordó el lunes que todos somos vulnerables, nosotros deberíamos demostrarle hoy que también somos capaces de ser solidarios.

Que podemos levantarnos.

Que podemos abrazarnos.

Que podemos reconstruir.

Que podemos llorar juntos.

Y que, por encima de cualquier bandera política, todavía somos capaces de reconocernos en una sola:

La bandera de Colombia 🇨🇴

Que Dios bendiga a quienes están sufriendo, acompañe a quienes buscan a sus seres queridos, fortalezca a nuestros rescatistas y permita que todavía haya vidas por encontrar.

Y que de esta tragedia, además de casas y edificios, no tengamos que reconstruir también nuestra humanidad.

“Por una vez, dejemos de preguntarnos quién tiene la culpa y preguntémonos quién necesita nuestra ayuda”.

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